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Relatos cortos

Cuenta hasta cien

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«Te voy a marcar un golazo. ¡Ay! Eso no vale, me he resbalado. Espera, que te vas a enterar, papá. Te la voy a colar por toda la escuadra. Carrerilla y… ¡toma! Ja, ja, ahora tienes que ir a por ella. ¿Cómo que alta? No ha sido alta, ha sido por toda la escuadra. Mamá tiene razón, papá es tonto. Bueno, sabe un montón de cosas, pero no como Santiago, que tiene un montón de libros en casa. Pero su habitación huele fatal. A humo y a viejo. Y papá huele bien, y es mucho más fuerte y más bueno que Santiago. Así que si es un poco tonto tampoco pasa nada. Cuando sea mayor y tenga un móvil buscaré lo que significa lo otro que mamá dijo que era papá. Pero sin que ella se entere, que todavía me acuerdo del guantazo que me dio cuando le pregunté. Y me entra pipí. Tiene que ser una palabrota mala. ‘Putero’. Tengo pipí. Es como el que vende fruta, el frutero. Será un trabajo. Pipí. Pero tiene que ser un trabajo muy malo. Pipí, pipí. Me da igual lo que diga mamá, Santiago huele mal. Y si papá es tonto mejor para mí, así le puedo ganar hoy al escondite. Pipí, pipí, pipííí».

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Coronavirus: cómo ha cambiado nuestras vidas

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Tras los primeros días de incertidumbre desde que el gobierno decretara el estado de alarma, la mayoría de los ciudadanos se ha adaptado a esta nueva y curiosa forma de convivencia con responsabilidad y valentía. Hoy repasamos cómo les ha cambiado la vida a algunos de los protagonistas anónimos de esta crisis y responderemos a sus dudas sobre la pandemia con la ayuda del doctor en virología Javier De la Calle.

En Madrid, el parque de El Retiro es, hoy por hoy, uno de los lugares más concurridos del país. Alfredo fue de los numerosos vecinos agraciados en el sorteo de parcelas, así que, por suerte, su familia no ha tenido que alejarse demasiado de su vivienda. No suele pasar mucho tiempo con ellos en su nuevo hogar por motivos de trabajo, así que no ha sido fácil conseguir reunirles a todos en el parque para este artículo: Alfredo es soldador, y en sus profundas ojeras se evidencia la falta de sueño.

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Cena capital

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Resulta que ahora la moda en el Capitolio son los menús forenses. Se supone que la gracia está en adivinar la causa de la muerte de tu plato a medida que lo diseccionas y te lo vas zampando. Por suerte, mi experiencia con los gatos en el sótano me está facilitando las cosas: la cubertería parece sacada de la mesa de instrumental de un quirófano.

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Primer aviso (segunda parte)

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[Segunda parte de «Primer aviso». Lee la primera parte aquí.]

Para Shitala, secarse en el muelle con la ayuda de una toalla de algodón formaba parte de una ceremonia que seguía cada vez que se veía obligada a estar presente en una interconexión neural como Supervisora Técnica. Las habilidades sociales no eran su fuerte, y flotar en el lago la ayudaba a disminuir la tensión que le provocaban esos encuentros. El acto posterior de secarse ella misma con un producto tangible y sencillo, además de reportarle una sensación placentera, la devolvía a su mundo, a su rutina, y a su hogar. Repitiendo ese ritual, totalmente en desuso desde hacía siglos, notaba como se desprendía del estrés y lo depositaba en la agradable felpa, como las gotas de agua que hacía un momento salpicaban su piel dorada. En esta ocasión, sin embargo, no estaba surtiendo el efecto habitual. Le devolvió la toalla húmeda a su asistente, que se la echó al hombro. Este, al notarla agitada, le dedicó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.

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Primer aviso (primera parte)

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Un tercio de la conciencia de Shitala Ratti flotaba en el lago Kardhan; contemplaba el lento transcurrir de las nubes mientras adivinaba retazos de la megalópolis de TauSeti Central entre los tenues jirones de blancura fantasmal que se mecían bajo las fuerzas de Coriolis del hábitat. Desde la enorme distancia, vislumbraba la descomunal urbe como si se tratara de un mosaico de diminutas y coloridas teselas. Los otros dos tercios de su conciencia asistían en calidad de supervisora técnica a la reunión de crisis que se estaba celebrando en la matriz de inteligencia colectiva de la federación.

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El fin de Arquímedes

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Recostado en su tumbona, Simplicio alargó la mano en busca del cóctel de la mesilla, sin dejar de seguir con la mirada la línea por la que danzaba sin avanzar realmente del sesudo tratado que leía con avidez inusitada: “Principia Absurde”. Se llevó la séptima copa a los labios, cuando una sensación extraña le hizo detenerse antes de beber; algo le faltaba al movimiento ritual que llevaba horas repitiendo. El gesto debía venir acompañado del aroma de la ginebra, el frescor de las gotas de condensación en la yema de sus dedos… y algo más. El sonido. Eso era, el sonido del entrechocar de los hielos y el cristal se había sentido apagado, amortiguado. Apartó el libro y miró el recipiente. El hielo no estaba donde debía, flotando como pequeños barcos mercantes que transportaban el frescor del ártico hasta su bebida y su acalorado gaznate. En lugar de eso, parecía haberse depositado en el fondo, junto a las especias.

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Opera Claudendo

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Úrsula estaba acostada en uno de los cubículos más centrados. Tan cerca del eje imaginario del cilindro, la fuerza centrífuga que hacía las veces de gravedad tiraba de ella con mucha menos fuerza que en la cama de la casa junto al lago en la que Garú la había hospedado. Era una sensación agradable. Mientras esperaba a su anfitrión, se deleitaba con el espectáculo holográfico que se desplegaba ante sus ojos y los de millones de extraños espectadores. Las imágenes contaban la épica historia de su civilización, acompañadas de lo que debería ser música a la altura de las fastuosas escenas. Para ella, sin embargo, no eran más que una amalgama de sonidos solapados un tanto molestos. Por suerte, el dispositivo que llevaba acoplado a una de sus muelas le traducía al menos los tonos y los acordes de su lenguaje, que de otra forma resultarían indistinguibles para ella del fondo musical.

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La felicidad viene en frasco pequeño

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“ÚLTIMA NOTIFICACIÓN previa a desahucio: Sr. Perfecto Quepo Bretón, […] Cantidad demandada: 666€ […]”.

Perfecto hizo una bola con la carta, la tiró a la basura y se dirigió al cuarto de baño a llorar un rato. No sabía qué razón le impulsaba a enterrar la cabeza en el lavabo y derramar las lágrimas en el seno, apoyado con los codos en los bordes y con la frente en el grifo. No podía imaginarse que era un mecanismo de supervivencia de su subconsciente. Invariablemente, cuando pasaba a la acción, determinado ante lo injusto de su infortunio, levantaba la vista para abrir el armario camerino, se enfrentaba a su propia imagen en el espejo; esta le miraba extrañada por una enorme marca roja, como un tercer ojo bajo el flequillo despeinado, y entonces le entrara la risa floja. Si no le diera ese ataque de risa histérica cada vez que llegaba a ese punto, hacía tiempo que habría abierto el pequeño frasco y le habría puesto fin a su dramática historia.

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Coronavirus de Wuhan: un Simulacro Operativo de Falsa Falsa Bandera

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[N. del E.: Sé que un blog no es el mejor medio para publicar este tipo de información, pero me parece relevante su difusión en vista de la actual emergencia sanitaria provocada por el coronavirus de Wuhan. El siguiente texto lo recibí en mi bandeja de correo y parece ser el típico mensaje en cadena, aunque de ser así los destinatarios se encontrarían en copia oculta. Siento ocupar este espacio con una temática tan diferente a la que les tengo habituados, pero creo que esta filtración debe ser expuesta al público. Les dejo con el cuerpo del correo electrónico. Juzguen ustedes mismos si obro de forma acertada o no.]

[N. del T.: El texto que leerán a continuación fue enviado a la lista de correo de un foro de inteligencia de acceso restringido al personal colaborador de la red SSEUR. El original está redactado en inglés por un usuario reconocido de dicho foro, activo desde septiembre de 2001, y que a fecha 02/02/2020 fue dado de baja. Desde entonces ha dejado de mantener contacto con la comunidad. Las siglas se mantienen en el inglés original. Ruego disculpen los posibles errores de traducción.]*

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Día de rebusco

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Hank y Cloe tenían ojo para encontrar diamantes en bruto entre los desechados. Si no diamantes, al menos alguna que otra perla. No en vano llevaban cinco años sin que les desterraran, gracias al sobresueldo que conseguían cada mes vendiendo los mutantes que pescaban. Todo un logro. Pagaban a duras penas el alquiler de su reducido cubículo en el interior de la cúpula. Ni por asomo les daba para vivir en la superficie, y si dejaban de pagar una de las desorbitadas cuotas de arrendamiento, serían expulsados al extrarradio con los despojos.

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