La fuente de Aganipe

L

Sentada en el borde de su fuente y arropada por la exuberante hierba del campanario, Aganipe recitaba de memoria una fábula de Esopo ante los ojos atentos de sus pequeños alumnos, sentados en corro sobre el suelo del patio interior. Acostumbraba a terminar las clases de este modo; los niños disfrutaban intentando adivinar la moraleja y a ella le llenaban de vida sus ocurrencias, que unas veces le decían mucho de la personalidad que estaban formando, y otras tantas le hacían reflexionar sobre la mentalidad y el comportamiento de los adultos, de la sociedad, y de ella misma.

—Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vio el imposible ya de fijo.
Entonces fue cuando la zorra dijo:
«¡No las quiero comer! ¡No están maduras!»

Aganipe se saltó el final, que le disgustaba un poco y además podía condicionar las respuestas. Apoyó las manos sobre sus muslos y se inclinó, observando con atención los ojos impacientes de los retoños. Sabían que siempre terminaba con la misma fórmula, y que hasta que ella no la pronunciara, aquel que levantara la mano expondría su conjetura en último lugar. La mano de Julio temblaba con la tensión del resorte de su impaciencia. Rubén y Elena habían aprendido a dominarla gracias a los ejercicios respiratorios que les enseñó. Diana contaba los segundos de inspiración, reposo y espiración balanceando ligeramente la cabeza. Mario miraba el suelo con el ceño fruncido. Por fin, Aganipe relajó el escrutinio, sonrió y se llevó la mano derecha a la oreja.

—Ahora es una servidora la que os ofrece su oreja,
contadme pues, amigos míos, ¿cuál es la moraleja?

Como era de esperar, Julio levantó la mano el primero, y empezó a hablar casi sin darle tiempo a su profesora a tenderle la mano en su gesto habitual de cesión de la palabra.

—Porque las uvas maduras son las que están más abajo. Las que están más altas no están maduras, están… están… están…

Elena le susurró a Julio la palabra que el pobre tenía en la punta de la lengua, pero el pistolero más rápido de la escuela estaba tan nervioso que no advirtió su ayuda. Rubén levantó la mano, aunque en su expresión corporal había más soberbia que empatía ante el mal trago que pasaba su compañero. Mario negaba con la cabeza.

—¿Puedes ayudarle, Rubén?
—¡Verdes! —contestó en seguida.
—Ya lo sabía —dijo Julio—. Solo me he atrancado un poco. Pero es eso, ¿no, seño?
—No es eso, alu. ¿Te gusta que te llame alu, Julio? —los demás alumnos rieron por lo bajo.
—No.
—Pues deja esa costumbre para las maestras del colegio, si es que a ellas no les importa. Me llamo Aganipe, y me gusta que mis amigos, como tú, me llamen Aga.
—¿Pero he acertado, Aga?
—Frío, frío. Lo siento, Julio. ¿Diana?
—Yo creo que quiere decir que hay que ser paciente, que hay que esperar a que la fruta madure para poder comerla.
—No está mal. Podría ser una enseñanza secundaria de esta fábula, pero no es la principal. No es la más importante. ¿Elena?
—No… no sé. Es que no creo que sea eso.
—No pasa nada, Elena, es mucho mejor equivocarse que ni siquiera haberlo intentado. Cuéntanos lo que se te ha ocurrido.
—Pues… Yo creo que las uvas son el amor. —Elena hablaba con la mirada gacha, tímida. Cuando Aganipe mandó a callar las risitas de los demás, continuó—: Creo que la zorra tuvo problemas con un amor que no estaba maduro, que es así como distante, y se dio cuenta de que es mejor quedarse con el amor más cercano, que es el amor maduro.
—No es mala idea, pero creo que Esopo no estaba hablando del amor, y aunque las uvas fueran el amor, la enseñanza seguiría siendo la misma. ¿Nadie más?

Mario se encogió de hombros. Había estado todo este tiempo con el ceño fruncido, negando con la cabeza cada palabra de sus compañeros. Estaba claro que tenía alguna hipótesis, o al menos creía saber cual no era la moraleja.

—¿No? ¿Mario? —Mario respondió apretando los labios y arqueando las cejas. Parecía como si jugara con ella, como si fuera su cómplice. Aganipe, sin embargo, no sabía lo que pasaba por su ingeniosa cabecita, de modo que continuó—: Pues voy a dar una pista. Las uvas no son importantes. Podría ser cualquier otra cosa. Pensad en la relación entre la zorra, que quiere algo, ya sean uvas, un conejo…
—O el amor —intervino Rubén con gesto pomposo. Elena se fundió con el suelo del patio cuando entre las risas cómplices escuchó la de Julio.
—O el amor, no os riáis, Elena tiene parte de razón, las uvas podrían ser el amor. Pero lo crucial es lo que pasa cuando la zorra no las consigue. Y recordad que la zorra no siempre dice la verdad. Es una mentirosilla cuando le conviene. —A Mario se le incendiaron las mejillas y la cejas se le incrustaron aún más en el puente de su nariz respingona—. ¿Mario? Cuéntanos ya, que no queremos verte explotar aquí en medio.
—¡Es que es eso! —soltó Mario en tono iracundo, algo impropio de él. Estaba tan excitado que no se detuvo, a pesar del rostro enojado de su profesora—: ¡La zorra habla demasiado! ¡Para decir tonterías o mentirse a uno mismo, mejor callarse! Y ya me callo. Es que yo creía que la respuesta correcta era callarse.


A media mañana del día siguiente, Aganipe barría el patio con gesto mecánico. Seguía dándole vueltas al exabrupto de Mario. Sabía que era un crío complicado, muy inteligente; quizás demasiado para soportar el ritmo sosegado del resto. Solía terminar los ejercicios individuales mucho antes que sus compañeros, y ella entonces le ofrecía lecturas para niños de dos o incluso tres cursos por encima del suyo, que él absorbía con entusiasmo. Rara vez le preguntaba dudas sobre esas materias avanzadas. A Aganipe le frustraba no conseguir que se integrara con el resto de sus alumnos, y no podía evitar sentir que, a pesar de estar contribuyendo a saciar su enorme sed de conocimiento, las situaciones como las del día anterior eran pequeños fracasos en su esfuerzo por hacer que sus relaciones con los demás niños fueran menos incómodas. Porque esa era la parte que le preocupaba de Mario. Tenía que encontrar un equilibrio entre su educación aventajada y su aceptación social. Si fallaba en lo primero, abandonaría por simple aburrimiento; si fallaba en lo segundo, su vida se haría cada vez más complicada. Ayer pudo ver cómo las miradas de los que deberían ser sus amigos gritaban con desprecio: «bicho raro».

Apoyó la escoba y el cogedor en el borde de la fuente y se sentó en él, dejando caer su cuerpo con un sonoro suspiro. ¿Se estaba haciendo mayor? ¿Cuándo fue la última vez que no veía a alguien, aparte de a los niños o a sus padres? Era viernes. Hoy, después de las clases particulares de violín con Mario, quizás debería arreglarse, llamar a Esther e irse de fiesta a la ciudad. Ella estaría encantada de acogerla allí el fin de semana, y el cambio de aires le vendría muy bien para despejarse y afrontar la semana siguiente con más energías. Sí, estaba decidido, un poco de marcha le sentaría fenomenal. Además, nadie le iba a echar de menos en el pueblo hasta el lunes. Ese último pensamiento le bajó por la garganta secando y agrietando todo a su paso.

Sin mirar atrás, llevó su mano a la fuente y la agitó suavemente por la superficie. Aunque ella la llamara así, en realidad no era una fuente, sino más bien un manantial rodeado de un grueso escalón circular de piedra, como una enorme muela de molino que hubiera abierto su ojo de par en par. La casa parecía construida en torno a la fuente, y la fuente construida para Aganipe. Por el suelo, también de piedra, se dibujaban intrincados laberintos que en sus tiempos llevarían el agua, que no paraba de manar ni en las peores épocas de sequía, a todas las estancias de la casa. Ahora solo irrigaba las abundantes plantas del patio, refrescaba el cálido ambiente, y se marchaba por debajo de la puerta trasera, pueblo abajo. Una antigua relación pasajera con un senderista empedernido le descubrió aquella población remota; el rumor del pequeño río que corría por las calles les condujo hasta la vieja casa, y por fin, hasta su fuente. El viejo cartel de «Se vende» les invitó a saltarse la verja para investigar y les hizo soñar con una vida apacible lejos de la ciudad. No se lo pensó dos veces: aunque significara conducir más de cien kilómetros cada día, quería vivir en esa casa, junto a esa fuente. Eso fue hace muchas primaveras. Y la vida no resultó tan apacible como esperaba; el que fuera su marido durante diez largos años nunca llegó a adaptarse a la vida rural. Ella, por el contrario, disfrutaba de cada momento de paz. Ya estaba tan acostumbrada al incesante arrullo del discurrir del agua que apenas lo distinguía. Distraída, chapoteó un poco más con la mano, cerró los ojos, y trató de recordar la sensación que le invadió la primera vez que se sentó allí.

Eran tiempos mejores en los que ella rezumaba juventud y vivía sin muchas preocupaciones, a pesar de su prudente forma de ser. Había conseguido un buen trabajo como bibliotecaria al terminar la carrera, uno de esos que ahora son difíciles de encontrar; uno que le dejaba tiempo libre y le llenaba la cartera y el alma. Sabía que su relación con Ernesto no tenía futuro pero no le importaba, disfrutaría de ella mientras durase. Qué muchacho. Su vitalidad solo podía compararse con su falta de madurez. Echó la vista atrás, recordando otras parejas olvidadas, otras vidas pasadas. Francisco Javier y sus interminables fiestas; Alfonso, tan salvaje en la cama como insoportable en las reuniones de amigos; su devaneo con Sandra, que ahora no le parecía tan tóxica como cuando el drama lo echó todo a perder; llegó incluso hasta su primer amor, si podía llamarse así a lo que sintió por Dionisio en el orfanato con apenas cinco años. Tuvo que detenerse al llegar de forma inevitable a Mirtoesa, su propia hermana. Ahora se le antojaba ridícula aquella promesa infantil que se hicieron la una a la otra. Nunca jamás volver a verse, pues sus vidas serían otras distintas y dejarían de ser hermanas al convertirse en hijas de padres diferentes. Pero por mucho que le pareciera un disparate cruel y autolesivo para ambas, no había hecho nada desde entonces por violar esa promesa. Y ella tampoco. No sería difícil para ninguna de las dos encontrar a su hermana gemela; no en estos tiempos. El juramento debía estar tan grabado a fuego en su conciencia que requería de un esfuerzo titánico incumplirlo, siquiera en su imaginación. Apretó los párpados en un intento de evocar su rostro. Mirtoesa. Su infructuoso ejercicio mental se detuvo de improviso. De forma involuntaria, su mano se había cerrado atrapando un anillo que flotaba sobre el agua.


—¿Aganipe, estás bien?

Mario paró de tocar en mitad del presto del concerto nº6 del L’estro armónico de Vivaldi. Aganipe estaba apoyada con una mano sobre la cómoda, de espaldas al niño. Con los ojos cerrados, golpeteaba el puño de la otra mano contra su frente, despacio y con suavidad. La voz preocupada de su alumno la sacó del trance. Se dio la vuelta y le sonrió. «No me equivoco con él», pensó, «no es tan insensible como pretenden pintarlo todos, incluso sus padres».

—Sí, Mario, es solo que hoy ha pasado una cosa que me tiene desconcertada y no paro de darle vueltas a la cabeza buscando una explicación. ¿Puedes guardarme un secreto?

El pequeño asintió y apartó el violín a un lado. Aganipe volvió a sonreírle, agarró una silla y se sentó junto a él. Refrenó el gesto instintivo de llevar su mano al regazo del crío para hablarle mirándole a los ojos. Sabía que le incomodaba el contacto físico.

—Verás, yo he estudiado más incluso de lo que me gustaría; he leído incontables libros y he tenido toda una vida para hacerlo. —Mario la miró con gesto preocupado—. No es eso. ¡No soy tan vieja! Aún me quedan muchos años por delante, no te preocupes. Lo que quiero decir es que he tenido mucho, mucho más tiempo que tú para aprender. Pero tú eres un chico inteligente. Diría que más que yo. —El chico se removió en su silla; cuando los adultos comenzaban las frases así, la cosa no solía terminar bien—. Y necesito que me ayudes a resolver un… enigma.

Los ojos de Mario se encendieron de ilusión. Si había algo que le gustara más que aprender cosas nuevas, era resolver acertijos. Y era muy bueno descifrándolos, le duraban un suspiro. La maestra hacía tiempo que no le planteaba más, y no porque le disgustaran, sino porque ya no encontraba ninguno que él no conociera. Abrió la palma de su mano y le mostró su contenido.

—Este anillo que hay en la palma de mi mano es de oro macizo. Toma, cógelo. Pesa bastante para ser tan pequeño, ¿verdad? —El niño lo sopesó, y al segundo ya estaba escrutando la superficie interior—. Veo que no pierdes el tiempo.
—Es un anillo de bodas. Pone «A y M, 28/5/1997».
—Eso no nos dice mucho, ¿verdad?
—No, solo que unos tales «A» y «M» se casaron en esa fecha.
—Correcto. Pero, ¿y si te digo que ese anillo estaba en la fuente?
—En la fuente, ¿donde?
—En el agua.
—Pero tu fuente no tiene fondo, nos lo has advertido muchas veces para que tengamos cuidado.
—Estaba flotando.
—Eso es imposible. El oro no flota en el agua. Tiene una densidad de diecinueve mil trescientos kilogramos por metro cúbico.
—Y sin embargo, flotaba cuando lo encontré.
—Pues o me estás mintiendo, o te has vuelto loca. Y si te has vuelto loca, no sería mentira, pero seguiría siendo falso.
—Bueno, vamos a dejarlo en que me lo he encontrado en la fuente, ¿vale?
—En el borde, vale, o enganchado en la pared interior. Pero flotando es imposible. ¿Es tuyo?
—No. Pero casi.
—Eso no tiene sentido. O es tuyo o no lo es.
—Espera un momento y lo entenderás.

Aganipe lo dejó con el anillo y salió de la estancia. Volvió poco después con una caja menuda y sencilla. Se sentó, la abrió y se la ofreció a Mario.

—¿Este es tu anillo? «M y A, 28/5/1997» Es la misma fecha, pero las iniciales están al revés. Entonces el anillo de… la fuente, es el de tu exmarido.
—No. El de mi exmarido tiene la misma inscripción que el mío, y además, me quedaría holgado. Déjame el de la fuente. —Se lo colocó en el anular, y efectivamente, le quedaba perfecto—. ¿Ves?
—Mmm… pues se me ocurren dos cosas. O es pura casualidad, o quizás el joyero se equivocara y tuviera…
—Espera, espera. Hay una cosa más que todavía no te he contado.
—¿El qué?
—Pero no puedes enfadarte otra vez.
—Antes no me he enfadado —contestó frunciendo el ceño.
—Está bien, te lo cuento. No es la primera vez que me pasa esto.
—¿El qué? ¿Encontrarte un anillo mágico que flota en el agua?
—No, Mario. Te juro que es la primera vez que me encuentro un anillo mágico que flota en el agua.
—¿Entonces qué?
—Una llave.
—¡¿Flotando en la fuente?!
—Me prometiste que no te enfadarías.
—No he prometido nada. Y no estoy enfadado.
—¿Podemos dejarlo como el anillo?, ¿en que me le encontré… por la fuente?
—Vale, pero si vas a seguir inventando cosas espero que el acertijo valga la pena.
—Fue hace unos diez años, más o menos un año antes de la fecha de la boda. Lo recuerdo porque me resultó muy curioso. Justo ese mismo día yo acababa de tirar una llave al río Guadalmasir. Una muy parecida a esa, pero que no era la misma.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque volví al puente de los enamorados a comprobarlo.
—Ah, uno de esos candados. Es una costumbre odiosa.
—Bueno, yo era joven, y estaba enamorada.
—Ya. Eso no es excusa. Si todos los enamorados pusieran candados en los puentes, se llenarían todos de candados. Y tirar la llave al río no es de ser muy amables con el medio ambiente.
—Tienes razón. No lo volvería a hacer, pero la cuestión es que lo hice, y por eso recuerdo que el incidente de la llave ocurrió cuando Martín y yo éramos novios.
—Martín es tu exmarido.
—Sí.
—Aganipe y Martín. Vale. Con esos datos, lo único que puedo decir es que ha sido todo fruto de la casualidad.
—Vale, pues agárrate que vienen curvas.
—¿Otra cosa que no puede flotar pero que flota?
—No. Tengo una hermana gemela.
—¿Y qué?
—Se llama Mirtoesa.
—Vale, ¿y?
—No la veo desde que abandonamos el orfanato.
—¿Eres huérfana?
—Sí.
—Lo siento. Debe ser duro no tener padres. Pero no veo como puede ayudarnos eso a resolver el enigma.
—Sí que tengo padres, solo que me acogieron cuando tenía seis años. El mismo día que a mi hermana, pero a ella se la llevaron muy lejos. Los suyos eran extranjeros. ¿No crees que la llave y el anillo podrían ser de mi hermana?
—¿Por qué? ¿Porque su nombre empieza por eme? Menuda tontería.
—No sé. Tal vez tengas razón y sea una tontería. Cuando apareció la llave tardé poco tiempo en olvidarlo. Pensé que solo era una curiosidad, cosas del azar. Pero el anillo… Esto es distinto, y además ya es la segunda vez. Puede que haya alguna conexión entre nosotras dos, y la fuente…
—Y la fuente hace magia, claro. —Mario hizo un aspaviento, agarró el violín sin ningún cuidado y empezó a guardarlo—. ¿Sabes lo que pienso? Que estás obsesionada con tu hermana y en vez de ir a buscarla te estás volviendo loca y me estás volviendo loco a mí con tus tonterías. ¡Me voy! ¡Adiós!


Aganipe se resistía a que la ayudaran. Por suerte para ella, y en contra de sus consejos, Mario nunca se marchó del pueblo para estudiar en la universidad, y abandonó lo que ella divisaba como un futuro lleno de promesas para cuidar de su familia. También a pesar de sus quejas, la visitaba cada día. Sabía que lo hacía porque temía que en cualquier momento se cayera por las escaleras o se diera un golpe en el baño que acabara en tragedia. Eso la enfurecía y la enternecía a partes iguales. De manera que en cada visita le obligaba a aceptar contra su voluntad cantidades ingentes de croquetas, empanadas, gazpacho, torrijas, o cualquiera de las otras especialidades que preparaba como muestra de cariño y venganza. Le encantaba verle aceptar sus obsequios con resignación y vergüenza. Hoy tocaban pestiños.
Como cada tarde, Mario llamó a su puerta tres veces y gritó: «¡Soy yo, Aganipe, no te escondas!». Como cada tarde, ella le esperaba leyendo un libro en su mecedora. Y como cada tarde, ella respondió: «¡Ya voy! ¡Y no grites que todavía no estoy sorda!». Se levantó con más trabajo del que querría reconocer, y ayudada del bastón de acebuche que el padre de Mario le regaló sin disimular en absoluto sus intenciones de cortejarla, se acercó a la puerta trasera. Era mucho más fácil acceder por la puerta principal, pero Mario insistía en usar la otra, como siempre había hecho desde que era niño.

—Pasa, pasa. Hoy tampoco me he muerto, soy así de puñetera.
—¿Te has enterado de lo de Justina?
—¡Cómo no me voy a enterar, si está todo el pueblo con lo mismo! A ver si hacen la misma fiesta cuando alguien del pueblo se saque un doctorado.
—¡Cinco millones! ¡Si me tocaran a mí, poca fiesta sería esa! —contestó Mario, ignorando la pulla.
—Tonterías. ¿Para qué ibas a querer tanto dinero? ¿Te gustan los pestiños?
—De verdad, Aga, no hace falta…—Mario no terminó la frase.
—¿No hace falta qué?, ¿eh? Te tengo dicho que las frases hay que terminarlas. Es igual, ya sé a qué te refieres. Tampoco hace falta que vengas todos los días, y vienes de todas formas. Tú me fastidias con eso, pues ahora te fastidias. ¿Qué haces ahí parado? Te trae recuerdos la fuente, ¿verdad? Venga entra, que se va a enfriar el café. ¿Mario?

Mario no daba crédito a lo que estaba viendo. Prefería que fuera real. La otra posibilidad le aterraba más aún. Cogió el cuaderno que flotaba en la fuente entre sus manos, se acercó a la anciana y se lo mostró.

—Aganipe, ¿qué es esto? —dijo con voz temblorosa.
—Parece un cuaderno. Espera que me ponga las gafas de cerca, tenme el bastón. Sí, parece un diario de una tal Mirtoesa. ¿Dónde lo has encontrado?
—En la fuente, Aganipe. Estaba en la fuente.
—Se lo habrá dejado ahí la chica esta. Gracia, la asistenta social.
—Estaba dentro de la fuente, Aganipe, no estaba en el borde. Estaba flotando en el agua.
—Pues vaya descuidada. Ya te he dicho yo que esa chica no es muy competente que digamos.
—Aganipe, escúchame. El libro ni siquiera está mojado.
—Estos materiales modernos. ¡Lo que avanza la ciencia! Venga, vamos a por ese café. ¿Sigues con la manía esa de no echarle azúcar? Tengo sacarina si quieres.
—Pero…

Mario la siguió como un zombi mientras hojeaba el diario. Su rostro perdía color por momentos. Aganipe puso la leche a calentar en su viejo microondas y Mario se sentó en una de las sillas de la cocina, dejándose caer a plomo, sin parar ni un solo momento de leer. No podía creer que todo aquello saliera de la mente perturbada de su amiga. Había demasiados detalles. Pormenores sobre su compañeros de trabajo, obras de teatro de las que disfrutó, sentimientos que afloraban y se desvanecían. Demasiadas particularidades de su vida en Nueva Zelanda sobre los que ella se tendría que haber documentado de forma exhaustiva. Hizo una búsqueda rápida en su móvil. Se negaba a pensar en Aganipe buscando en internet cuál era la línea de autobús que unía Taurapa y Tirau para escribir «IC3102» en ese maldito libro. ¡Si le tuvo que enseñar a sujetar el teléfono de forma que no lo colgara sin querer en mitad de una llamada!

Por otro lado, si todo aquello eran algo más que las fantasías seniles de su amiga, las últimas páginas auguraban un funesto final para alguien que no lo merecía.

—Aganipe, por favor. Dime que esto no es lo que…
—Vamos al salón. Toma, coge tú los cafés, que yo llevo los pestiños.
—Aganipe, para un momento. —Mario dejó las dos tazas en la encimera, le quitó el plato de pestiños a la anciana, y los colocó al lado. Lloraba—. Este diario es muy realista.
—¿Y cómo quieres que sea un diario?, ¿fantástico? Por cierto, leer el diario de otra persona es una falta de respeto poco propia de ti, Mario.
—Aganipe, ¿sabes si los padres de tu hermana eran neozelandeses?
—¿Hermana? ¿Qué hermana? Si yo soy hija única. ¿Y cómo es eso de «los padres de mi hermana»? ¿Estás llorando? ¿Qué te pasa? Ven aquí hijo mío. Pobre. Eres tan bueno.

Mientras se fundían en su abrazo, y si alguno observara la fuente, podría verla bullir. El cuerpo de ella emergería primero. Después la cal cubriría la fuente como un manto de nieve. Posteriormente, llegarían la tierra y las piedras, borboteando como alubias en una olla. Y con un poco de suerte, aparecerían una linterna, una pala, y por último, el cadáver de su verdugo, Airón, desesperado al ser incapaz de cegar el pozo. Pero entonces alguno de los dos debería creer firmemente que aún existía la magia, allí, en la fuente de Aganipe.

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