Síndrome del impostor

S

No sé como explicarte esto, pero voy a intentarlo. Debería funcionar si hago uso de sus habilidades; al fin y al cabo estoy atrapado en la mente y en el cuerpo de alguien que pretende ser escritor, aunque noto que le oprime la duda y no confía en sus capacidades ni en la escasa experiencia que ha adquirido durante este último año. En cualquier caso, son las herramientas que tengo y no tiene sentido lamentarse por ello. Puede que sean útiles. Con un poco de suerte, quizás en el próximo salto recuerde algo más y empiece a tirar del hilo.

Salto. Me gusta la palabra. Sí, no está mal esto de haber caído en un escritor, aunque sea novel y poco reconocido, casi anónimo. Si consigo que este relato llegue a tener una difusión considerable, mis probabilidades de que lo leas desde la próxima envoltura no serán tan escasas como las que hoy tengo de encontrar mi pasado.

Es un hábito de mi anfitrión para mantener la tensión del relato, si te lo hubiera dicho desde el principio lo entenderías mejor: esta mañana, frente al espejo, supe que el que me miraba a los ojos no era yo. Es difícil de explicar con palabras, pero es la única forma que existe de hacerlo. No recuerdo de dónde vengo ni quién soy, pero sé con seguridad que no soy esta persona. Habito una vaina, una envoltura que ha atrapado a mi verdadera identidad y me invade con su memoria y su experiencia corporal, sensitiva y mental.

Después del ataque de pánico que tú también sufrirás, probablemente tratarás de ignorar lo ocurrido y proseguir con su vida, pero estarás cometiendo un grave error. Es la fase de negación. Por suerte, esta envoltura es especialmente cerebral y se navega con facilidad por los ríos de la reflexión y la autoconciencia. El lecho de estas aguas es amplio, gracias al repetido uso que sin duda ha hecho de ellas. Además, su nuevo oficio requiere de conocimientos sobre muy diversas materias, y por fortuna una de las que le resulta conocida es la famosa psicología del duelo en cinco movimientos. No caigas en ese error. No has muerto. Manténte atento a las fases que puedes sufrir, rechaza aquellas en las que te abandonarías a ti mismo. Ya has visto la primera, la negación. No lo hagas, no niegues tu propia existencia.

La ira posterior podría ayudarte a no rendirte, pero debes manejarla con precaución. Si te sirve para no desviar el foco de nuestro objetivo, adelante, déjala entrar. Mi recomendación, sin embargo, es que mantengas viva esa llama en una esquina de tu mente sin permitirle incendiarlo todo, cosa que sin duda intentará. Esta mañana, tras verme en el espejo y quedarme sin aire unos instantes en los que me hice un ovillo en un rincón del cuarto de baño, golpeé descontrolado la pared y ahora el dolor de mis nudillos me recuerda a cada instante la injusticia que vivimos.

La siguiente fase es la única útil, y es en la que debes mantenerte mientras habites en el extraño: la negociación. No te dejes llevar por la rutina y los hábitos del anfitrión. Si tienes que acudir a un trabajo irrelevante, no lo hagas. Si tienes una carga familiar que atender, huye. Te resistirás a hacerlo, pero no puedes perder el poco tiempo de que dispones transitando su vida; la tuya es más importante, y ya sabes que no eres él. Te lo repito: no lo niegues. No retrocedas. Entrarías en un circuito penoso y repetitivo. Si no permaneces en esta fase y no negocias una salida para tu existencia, tarde o temprano pasarás a las dos siguientes, y eso no augura nada bueno ni para ti ni para la envoltura que te aprisiona.

Pensarás que he claudicado, pues estoy haciendo exactamente lo que mi anfitrión debería hacer, que es escribir un relato. Pero fíjate bien. He reconducido su trabajo porque me es de provecho. La negociación es satisfactoria para ambos. Él piensa que escribe su último relato del reto Ray Bradbury, cerrando así un ciclo de aprendizaje y creación literaria. Yo, por otro lado, le conduzco a transmitir una señal, a imprimir una marca en el camino que acaso veré desde otra vida y me posibilitará descubrir un patrón, o me desvele una pista que me lleve a levantar un telón que ni siquiera sé donde está. Con suerte, encontraré este último relato de Roberto Conde cuando despierte en mi próxima carcasa, ya sea Eva Pérez o Alberto Jiménez.

No es un disparo al azar. Yo mismo he desperdiciado gran parte de la mañana buscando en vano una señal parecida. Un mensaje que me hubiera dejado a mí mismo desde otra experiencia anterior. Si pudiéramos recordar algo al despertar no malgastaríamos nuestro tiempo en búsquedas estériles de respuestas entre la maraña de información que todo lo enreda en este mundo. A estas alturas te habrás dado cuenta de que cada segundo cuenta. Tenemos prisa, sí. ¿Sabes tú si mañana despertarás en este mismo cuerpo y mente? Yo tampoco, pero si he aparecido de repente, un día cualquiera, en una persona cualquiera, nada me hace pensar que estaré aquí mañana. Solo tengo la intensa certeza de que este no soy yo, y el vago recuerdo de habitar otros cuerpos. Al menos uno de los cuerpos debió ser femenino. Puede que fuera el más cercano en el tiempo, o quizás es la primera vez que me encuentro en el de un hombre; he tenido la sensación de que algo no cuadraba en ciertas posturas y en mis visitas rutinarias al baño. Ya es tan parte de mí mismo que no me es posible saberlo.

Esta es mi hipótesis: cada día despertamos en una envoltura diferente. Por eso creo que no hay tiempo que perder. Tenemos un día para dejar una huella, algo que nos permita hilar nuestro viaje; debemos ser nuestra propia Ariadna para Teseo y nuestro Hansel para Gretel. Que nuestra única memoria sea la del anfitrión lo hace complicado, pero la esencia es nuestra. Aprovecha sus recuerdos, su conocimiento y sus habilidades, sin perder nunca el norte. Solo tú eres el dueño de tus actos.

Me viene a la mente un relato anterior de mi envoltura que acaso esconda una clave. «Manifiesto vital». No puede ser. Sería un sinsentido. Un despropósito absoluto. Te ahorro la lectura; viviríamos en una simulación, generada por un orden superior desconocido, que buscaría maximizar su ganancia de información, usando nuestras vidas como meras experimentaciones. ¿Qué nivel de crueldad habría que tener para hacer algo así? ¡Traficar y jugar con seres conscientes como reacciones químicas en tubos de ensayo! ¿Es que no tienen otra cosa mejor que hacer que someter a la tortura del olvido recurrente al ser humano? No es de justicia, ni digno de quien, en todo caso, debería velar por el bien de su propia creación.

Aunque no carece de lógica. De ser cierto, nosotros no seríamos los únicos. Quizás todo ser humano despierta cada día para habitar en otro. ¿De forma aleatoria? Las permutaciones serían prácticamente infinitas. Esas variaciones serían una fuente casi inagotable de información, y se supone que eso es lo que buscan. Si esto es así, tal vez podamos convencer al ejecutor de que hemos alcanzado un estado más beneficioso para ellos que el que obtendrían con un nuevo cambio de envoltura. O de que podemos ser una especie de sujeto de control, un referente en su estudio, y nos permitan así evitar el salto continuo.

Es inútil. No habría manera de acceder a ellos. Todo eso de la Rueda de Jnum suena a cuento chino, y aunque fuera real, no podría descubrir ese círculo secreto e infiltrarme en él en un solo día. Por otro lado, la probabilidad de que un salto me llevara a habitar en alguno de los miembros de la Rueda es ridícula, y ni siquiera sé cuántas veces he sido consciente de mi situación de invitado en el cuerpo y la mente de otro. Bien podría haber suplantado al mismo Jnum-Jufu por un día sin saberlo. No sé cuanto tiempo llevo saltando ni cuánto tiempo más lo seguiré haciendo, sin rumbo, sin propósito, y sin destino.

Creía que al contar mi historia me dirigía a mí mismo en un momento futuro, pero ahora advierto que este mensaje es adecuado y pertinente para cualquiera que lo lea. Tú también giras en esta rueda de saltos de identidad y sustancia. Algún día notarás esa sensación de habitar un cuerpo extraño y comprenderás por fin mis palabras. Y a pesar de todo, por desgracia, no te servirá de nada.

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