Coronavirus: cómo ha cambiado nuestras vidas

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Tras los primeros días de incertidumbre desde que el gobierno decretara el estado de alarma, la mayoría de los ciudadanos se ha adaptado a esta nueva y curiosa forma de convivencia con responsabilidad y valentía. Hoy repasamos cómo les ha cambiado la vida a algunos de los protagonistas anónimos de esta crisis y responderemos a sus dudas sobre la pandemia con la ayuda del doctor en virología Javier De la Calle.

En Madrid, el parque de El Retiro es, hoy por hoy, uno de los lugares más concurridos del país. Alfredo fue de los numerosos vecinos agraciados en el sorteo de parcelas, así que, por suerte, su familia no ha tenido que alejarse demasiado de su vivienda. No suele pasar mucho tiempo con ellos en su nuevo hogar por motivos de trabajo, así que no ha sido fácil conseguir reunirles a todos en el parque para este artículo: Alfredo es soldador, y en sus profundas ojeras se evidencia la falta de sueño.

«Me siento afortunado. No me puedo quejar». A pesar de su evidente cansancio, da gracias de poder estar algunas horas a la semana con su familia. «La verdadera luchadora es mi mujer, que no sé cómo lo hace para dominar a los niños entre todo este caos. Yo me limito a hacer mi trabajo, aunque echando muchas más horas y con un cambio fundamental, claro». Alfredo soldaba rejas para puertas y ventanas de viviendas particulares, y el cambio al que se refiere es al del producto que su empresa fabrica ahora en su lugar, casi en exclusiva. «Estoy como Georgie Dann, que me cago en la barbacoa. Muchos no lo saben, pero tiene una canción en la que se caga en ‘tó’, y en el trabajo estamos todo el día canturreándola», bromea. Echando un vistazo alrededor es más que evidente que a Alfredo no le falta el trabajo. Las barbacoas salpican el parque de El Retiro como si de setas se tratase; casi cada parcela cuenta con una. Incluso ahora, con el sol despuntando, ya hay alguna encendida y el olor a carne a la brasa empieza a invadir el ambiente y a abrir el apetito. María Luisa, la mujer de Alfredo, que antes del estado de alarma trabajaba para una empresa de limpieza a domicilio, comenta con recelo: «No sé si es bueno para los niños tanta cocina al carbón, a ver cuando nos ponen la luz y puedo encender el hornillo eléctrico». El doctor De la Calle nos explica: «No es el momento ahora de preocuparnos por la dieta. Lo importante en estos momentos es quedarse fuera de casa».

«Ya nadie se acuerda de las minas, pero yo en mis tiempos trabajé en el Pozo San Nicolás. Y menos mal que nos cambiamos a la madera, porque ahora con el Coronavirus no creo que nos dejaran bajar». Tras un corto y agradable viaje en AVE, Fernando nos recibe en la central de tratamiento de Manosa en Mieres, Asturias. Nos muestra con orgullo la planta en la que trabaja, a la que le han retirado el tejado en tiempo récord. «Al principio solo podíamos entrar para incidencias en la línea de producción, y claro, no estábamos preparados. Aquí los robots tenemos dos manos, dos ojos, dos orejas y dos…», bromea Fernando, «así que quitamos el techo, tapamos las cosas que no se pueden mojar cuando llueve, y listos». La central de tratamiento de Manosa procesa a diario toneladas de madera para su transformación en el carbón vegetal que usamos en las barbacoas y que ya empieza a escasear en los mercados al aire libre. Fernando y sus compañeros trabajan a destajo para evitar que nos quedemos sin existencias. «Aquella otra planta de allí era para pellets, y están los ingenieros como locos reconvirtiéndola; creo que para el lunes se puede abrir. La idea es que fabricaremos el carbón con nuestros propios pellets, porque ahora no hay demanda para combustible de calderas». El doctor De la Calle observa: «Es algo que ya vimos con el antiguo Coronavirus, y que con el COVID-29 está volviendo a pasar. Las empresas se esfuerzan en adaptarse para atender la demanda de productos de primera necesidad».

Desde la flamante terminal 2 del Aeropuerto de Asturias, subimos al avión justo a tiempo. Durante el trayecto, el doctor De la Calle nos explica los efectos beneficiosos de este medio de transporte, y qué hay de cierto sobre algunos millonarios que, según dicen, prácticamente viven en el aire. «No sé que hay de cierto sobre esos rumores, pero lo que sí está constatado es que los rayos cósmicos son el único agente que conocemos que es capaz de aplacar el virus, y la incidencia es mayor con la altitud. De la misma forma que los techos de nuestras casas, y en especial las múltiples plantas de edificios de viviendas, la atmósfera detiene gran parte de los rayos cósmicos. En cierto sentido, actúa como un escudo, pero es un escudo que no queremos tener encima nuestra, porque los rayos cósmicos matan al virus. Por eso en las ciudades que se encuentran a considerable altura hay tan poca incidencia». En la ciudad de La Paz, a 3625m de altura sobre el nivel del mar y con casi un millón de habitantes, no se ha registrado ni un solo caso autóctono de COVID-29. La capital boliviana es además un ejemplo de solidaridad en la lucha contra el Coronavirus: desde el principio de la pandemia abrió sus puertas a enfermos de todo el mundo que necesitaran disfrutar de las propiedades curativas de su aventajada posición geográfica. «En los aviones», continúa De la Calle, «el efecto de la atmósfera es aún menor, así que un viaje en avión puede ser muy benficioso para el organismo por el baño de rayos cósmicos que significa. Por eso las mejores UCIs son aviones medicalizados que están la mayor parte del tiempo en vuelo». El doctor no puede despejar nuestras dudas, pero al escuchar sus palabras no se nos antoja nada extraño que aquellos privilegiados propietarios de jets privados hayan decidido pasar la mayor parte de su tiempo en un eterno viaje de altos vuelos.

Desde el aeropuerto Josep Tarradellas bordeamos la costa de Barcelona hasta las instalaciones del Forum, que dan cabida al que hoy día es el mayor hospital a cielo abierto de España y el segundo más grande de toda Europa. Por el camino podemos ver balcones moteados de lazos amarillos y pancartas de «Referèndum ja». Parece que este año tampoco podrá ser. Por desgracia, el taxi autónomo no nos puede ofrecer la opinión tajante sobre el tema político que nos habría dado un miembro humano de su gremio. Con un taxista autónomo, en cambio, habríamos tenido para rato.

Llegamos al Forum. Como tantas otras cosas que diferencian a este COVID-29 del COVID-19, en esta ocasión el riego de contagio no resulta ningún problema. Mientras paseamos entre los enfermos, principalmente niños, sus familiares les hacen compañía y hacen una vida lo normal posible en el interior del recinto descubierto y De la Calle conversa con Florinda, enfermera del Hospital Forum de Barcelona. «Pensábamos que habíamos pasado lo peor con el COVID-19, pero esto es horroroso», se queja ella, «acabamos todos infectados, el virus quedó latente, y ahora es todo al revés. En vez de en casa tienen que estar en la calle. Y claro, la mayoría son niños pequeños y a la familia se les deja acompañarles. Se traen de todo. Mira esos, se han traído una nevera, pero no una de las de plástico, una combi». De la Calle le pregunta por la situación del centro. «Dentro de lo que cabe estamos bien, hay poquísimas defunciones porque aquí solo tratamos a los pacientes con Coronavirus y mientras están al aire libre no surgen muchas complicaciones. En otros hospitales de la ciudad me cuentan que hay más casos críticos, ya sabe, por el aumento de accidentes, problemas respiratorios por la contaminación, insolaciones… Aquí el problema es la logística. ¿Usted se cree que esto es un hospital, con este cachondeo? Hemos tenido que prohibir los patinetes porque ya habido más de un porrazo. De momento nos toca atender a los irresponsables que se han quedado en casa en contra de la petición de las autoridades, y esperar a que llegue pronto la vacuna antes de que esto sea insostenible. ¡Ah! Necesitamos medidores de rayos cósmicos. No es urgente, pero nos vendrían muy bien».

Nos marchamos con buen sabor de boca de vuelta al aeropuerto. «Parece que la experiencia de la anterior pandemia, aunque haya tenido unos efectos diametralmente opuestos, nos ha hecho estar más preparados contra el COVID-29. La escasez de los medidores de rayos es un problema, pero no sé si recuerda lo que sucedió con el COVID-19, cuando faltaron respiradores. Entonces murió mucha gente», reflexiona De la Calle.

Tras menos de dos horas de vuelo aterrizamos en Jerez, desde donde nos dirigimos en un corto trayecto en taxi hasta Cádiz. La milenaria tacita de plata es el vivo ejemplo del tono jovial con el que el sur de España se toma el estado de alarma. Aquí, al #SalDeCasa y al #QuédateEnLaCalle se ha sumado otro hashtag que ya causa furor y atrae multitudes que llegan desde todo el territorio nacional en busca del buen tiempo y el ambiente festivo. Se trata del #CarranzaInfinito.

La noche está a punto de caer y en las playas de Cádiz ya no cabe un alfiler. Aquí eso de preparar parcelas en la arena para reservar su espacio ya lo conocían antes del Coronavirus. A medida que nos acercamos, el bullicio aumenta hasta convertirse en un clamor. Juan Miguel nos espera en su puesto ambulante de venta de hielo en el paseo marítimo, junto a una de las entradas a la playa. Sin parar de atender a los clientes, mantenemos la conversación a voz en alto. «Esto no se pue aguantar, niña», me dice con una sonrisa de oreja a oreja, «yo hacía mi agosto con el trofeo Carranza, pero eso era una noche y yastá. Y ahora mira, llevo así una semana entera sin parar. Pero vamos, que yo soy un mindundi, los que se tienen que estar forrando son los del Decartón, con las sombrillas, las tiendas de campaña, los sacos… una pasta gansa. Lo mío es un negocio familiar. Mi Miguelito me trae hielo cada tres cuartos de hora más o menos, y mi Toñi me avisa si vienen los pitufos». La presencia de la policía en esta macroconcentración es testimonial. A pesar de las decenas de denuncias de pequeños hurtos y altercados leves, se reduce a meros paseos de un único coche patrulla del que rara vez se bajan los agentes. Parece que las autoridades hacen la vista gorda con tal de que la gente no se quede en casa. A De la Calle le preocupan las condiciones de salubridad. «Aquí se mea en la playa de toa la vida, pisha. Que si lo que quieres es lo otro, allí tienes los baños públicos, pero llévate unas pinzas porque apesta desde aquí. ¡Ah! Y papel higiénico, que no hay», contesta Juan Miguel con sorna.

No, papel higiénico no hay. Ni en los baños públicos del #CarranzaInfinito, ni en las grandes superficies, ni en los mercados al aire libre. Porque a pesar de todas las diferencias entre la pandemia del COVID-19 y este COVID-29 que nos toca superar, por razones que no llegamos a comprender, a la gente le ha invadido la misma necesidad compulsiva y estúpida de comprar rollos y rollos de papel higiénico sin medida alguna hasta acabar con todas las existencias.


❓ El docor Javier De la Calle responderá a todas vuestras dudas sobre el Coronavirus. Deja tu pregunta en el cajón de comentarios de aquí abajo ⏬

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