Rebelión en la planta

R

—Tengo razón, y lo sabes.
—Sí, lo sé, lo sé.
—Entonces deberías apoyarme y firmar la convocatoria de huelga.
—Eso es lo que no entiendes. Por mucho que nuestra situación sea injusta, mi firma no vale para nada. Ni la tuya tampoco.
—¿Cómo que no? Nos jugamos la vida sin descanso cada día; debe quedar constancia de que no vamos a soportar más este trato degradante, vejatorio y hasta diría que criminal.
—Es que sí lo vamos a soportar. No te enteras, es la ley, tenemos que hacer estos trabajos.
—No nos pueden obligar, Criso. Las leyes deben servir a las personas, y no al revés.
—¿Pero tú te estás escuchando? Claro que nos pueden obligar. Seguiremos recogiendo los residuos de la central hasta que no quede ni rastro de radiación, y luego ya veremos. Y deja de llamarme así, ciento treinta y siete.
—Pues yo me niego a seguir trabajando para ellos. Y si no me dices un nombre, te seguiré llamando Criso. Asignarnos números en lugar de nombres es otra de sus técnicas para alienarnos y evitar que seamos conscientes del poder que tenemos.
—¿Y que poder es ese, si puede saberse?
—El poder de negarnos. Mira, es tan sencillo como esto.

137, o como prefería que le llamaran, Espartaco, soltó sus tenazas, abrió los brazos de par en par y giró lentamente sobre sí mismo, como si un público imaginario le aclamara. La realidad era bien distinta: no podían estar más solos. A su alrededor se erguían, lúgubres y cenicientas, en un contraste casi irreal con el vivo naranja de sus uniformes, las gruesas paredes de hormigón de la vieja central nuclear, tan vacía de humanidad como repleta de vestigios de gloriosos tiempos pasados, pero no olvidados. Una antigua catedral erigida con soberbia para satisfacer a un dios ya muerto, defenestrado por sus propios demonios, y cuyas maldiciones aún perduraban enquistadas en sus mismos cimientos. No era aquella la única catedral, ni aquellas las únicas reliquias envenenadas de una religión que los llevó a todos al desastre.

La destrucción dio paso al renacimiento y, como los verdes brotes de un bosque quemado, la civilización se alzaba de nuevo con paso lento e inexorable tras la lluvia regeneradora. El agua limpió las heridas, pero el fuego dejó huella en la simiente. Mucho había cambiado desde los tiempos en que se adoraba con insensatez y arrogancia al tan henchido como vacuo dios del crecimiento perpetuo. Mucho se aprendió de los errores pasados y muchos de ellos se dejarían de cometer. Muchos, pero no todos.

Operario ciento treinta y siete. —Una voz metálica reverberó con ímpetu contra los muros de la amplia estancia—. Uno, tres, siete. Reanude su labor.
—¡Mi nombre es Espartaco! ¡Espartaco!
Operario ciento treinta y siete —repitieron los altavoces—. Uno, tres, siete. Reanude su labor o será disciplinado.
—Por favor, Espartaco, para ya —susurró Criso entre dientes—. Quiero decir, vuelve al trabajo.
—¿Cómo me has llamado? —La sonrisa de 137 era triunfal.
—Te llamaré como tú quieras, pero por favor te lo pido, vuelve al trabajo.
—¿Qué más te da? A ti no te harán nada, eres su borrego, su perro fiel. ¿De qué tienes miedo?
—Espartaco, por favor… —136 soltó el bidón que arrastraba y se dirigió a los altavoces, como un pobre creyente implorando a los cielos—. ¡En seguida vuelve a la tarea! ¡Solo está un poco desorientado por la radiación!
—¡No es cierto! ¡Estoy en plenas facultades! ¡Y no pienso seguir trabajando!

137 se mantuvo con el puño alzado hasta que el último eco de su voz se desvaneció, a la espera del rayo vengativo de un dios que no tardó en ofrecerle lo que esperaba. Un destello brotó de su cuello, cegando a su compañero y convirtiendo su cuerpo en una masa inanimada que se derrumbó como un cervatillo alcanzado por una bala invisible. 136 entreabrió los ojos, y a través de las manos que cubrían su rostro, se obligó a descubrir la escena que sospechaba y temía. Su compañero, inerte, yacía en el suelo en una postura agónica e inverosímil. Se arrodilló junto a él, levantó uno de sus brazos y lo dejó caer a plomo. El polvo que levantó al golpear el suelo le llegó a su propio rostro, frío y seco. 136 no tenía lágrimas que derramar.

—Ya lo has conseguido. Me has dejado solo. —La voz de 136 iba in crescendo—: ¡Espartaco, maldito egoista! ¡Esto es lo que no quería! ¡No soporto estar solo!
Operario ciento treinta y seis —anunció la imperturbable voz de los altavoces—. Uno, tres, seis. Reanude su labor.
—Criso. Me llamo Criso —musitó, apretando tanto los dientes que el rechinar hizo que la central pareciera el interior de un túnel al que se acerca un tren.

Como si pronunciar para sí mismo el nombre que su compañero le adjudicó le hiciera saltar un resorte interno, 136 se puso en pie y examinó su alrededor. Levantó el bidón de residuos con ambas manos, volcó el contenido al suelo y salió disparado hacia la sala de control, con la enorme lata en volandas, asida de una sola mano. En cuanto llegó a la sala abrió el armario de los trajes de protección, se metió en él acompañado de su bidón y cerró la puerta desde dentro como pudo. «Operario ciento treinta y seis. Uno, tres, seis. Reanude su labor o será disciplinado». No había tiempo. Allí, a oscuras y en cuclillas, se colocó el bidón encima a modo de caparazón, esperando que su idea funcionara.


—Tú lo has visto en las cámaras igual que yo, David. Toda precaución es poca. —Víctor avanzaba hacia el cuerpo de 137 sin bajar el arma.
—Ya, pero es que sigo sin entenderlo. ¿Se han vuelto locos, o qué?
—Hombre, yo en su situación habría perdido algún tornillo ya…
—¡Ja, ja! Ya te digo, a mí se me habrían cruzado los cables. ¡Je, je!
—Este está frito, luego volvemos a recogerlo. Vamos a por el otro.

Víctor iba delante, sin dejar de apuntar con su fusil de asalto. David andaba con paso despreocupado detrás de él, portando al hombro una vara terminada en dos bornes relucientes. El cristal de la sala de control estaba cubierto de una gruesa capa de polvo que no dejaba ver el interior. La puerta estaba entreabierta. Víctor la empujó con el punta de su arma, muy despacio. Craso error. Un brazo apareció del otro lado y agarró el cañon. El tirón hizo que Víctor cayera al suelo con el dedo aún en el gatillo. Disparó una ráfaga descontrolada y ensordecedora. Sin soltar su presa sobre el cañón, 136 le aplastó la cara con su pie derecho, y el caído volvió a disparar a ciegas. La segunda descarga sacó a David de su estupor, que atacó al operario por la espalda con la vara eléctrica. Operario abatido.


136 despertó de su pesadilla sobresaltado. Estaba en el fondo de un pozo pidiendo ayuda a voz en grito sin que nadie, y él lo sabía, le pudiera escuchar. Se alegró de saber que era solo un sueño; no soportaba la soledad, no se le ocurría algo peor. Un rostro ladeado le observaba con detenimiento. Los recuerdos le invadieron de inmediato en una sacudida de pánico que recorrió su cuerpo y le hizo darse cuenta de que estaba inmovilizado de cuello para abajo. Podía ver. El sonido empezaba a llegarle también, como una ola distante: «…ya lo creo que vas a sufrir por lo que has hecho, hijo de puta». El rostro del hombre que se inclinaba sobre él se marchó. Escuchó sus pasos alejarse un poco, luego un ruido metálico, y una leve crepitación. El rostro volvió a aparecer, sonriente, mostrándole una especie de estilete eléctrico.

—¿Sabes lo que es esto? —136 abrió la boca para intentar responder, pero no pudo emitir sonido alguno. Con inmenso trabajo, negó con la cabeza—. ¿No? No te preocupes. Lo vas a saber pronto; vas a conocer el dolor. Tu amiguito Espartaco ya ha tenido doble ración, y le he quitado bien rápido de la cabeza la idea de volver a rebelarse. Ya mismo estáis los dos en el tajo otra vez. Pero antes vas a sufrir por lo que le has hecho a Víctor. Se lo debo. Ya te digo si se lo debo. Disfrutará más que yo de esto, te lo aseguro, en el infierno o dondequiera que esté ahora.

«Los dos en el tajo otra vez» sonaba a música celestial para los oídos de 136. Todo lo demás no importaba. Aguantaría lo que hiciera falta; soportaría siglos de tortura si sabía que, llegado el momento, tendría una tarea que realizar con un compañero de trabajo a su lado. Le resultaba extraño que 137 claudicara con tanta facilidad y abandonara sus ideales tras llenarse tanto la boca con palabras de hermandad, justicia y rebelión. Puede que fuera una treta y que acabase volviendo a las andadas, pero eso no le importaba ahora. Ahora sabía que no volvería a estar solo. La vida le sonreía, y era justo corresponderle.

—¿Que es eso? ¡¿Te parece gracioso todo esto?! ¡Borra esa puta sonrisa de tu cara, máquina del demonio! ¡Has matado a un ser humano!

2 Comentarios

    • Siento mucho su comentario, Antonio.
      Si no es molestia le pediría que me ayudara a mejorar.
      ¿Podría señalarme los errores que ha descubierto para así poder corregirlos?
      No entiendo por qué esperaba relatos de misterio, ¿quizás su buscador le jugara una mala pasada? Alguno de intriga hay, y alguno de terror. Este en concreto lo tengo marcado como «Ciencia ficción» y «Distopía».
      ¡Gracias de antemano!

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