Cuenta hasta cien

C

«Te voy a marcar un golazo. ¡Ay! Eso no vale, me he resbalado. Espera, que te vas a enterar, papá. Te la voy a colar por toda la escuadra. Carrerilla y… ¡toma! Ja, ja, ahora tienes que ir a por ella. ¿Cómo que alta? No ha sido alta, ha sido por toda la escuadra. Mamá tiene razón, papá es tonto. Bueno, sabe un montón de cosas, pero no como Santiago, que tiene un montón de libros en casa. Pero su habitación huele fatal. A humo y a viejo. Y papá huele bien, y es mucho más fuerte y más bueno que Santiago. Así que si es un poco tonto tampoco pasa nada. Cuando sea mayor y tenga un móvil buscaré lo que significa lo otro que mamá dijo que era papá. Pero sin que ella se entere, que todavía me acuerdo del guantazo que me dio cuando le pregunté. Y me entra pipí. Tiene que ser una palabrota mala. ‘Putero’. Tengo pipí. Es como el que vende fruta, el frutero. Será un trabajo. Pipí. Pero tiene que ser un trabajo muy malo. Pipí, pipí. Me da igual lo que diga mamá, Santiago huele mal. Y si papá es tonto mejor para mí, así le puedo ganar hoy al escondite. Pipí, pipí, pipííí».

—¡¿Por qué has tardado tanto?! ¡Me hago pipí!
—Porque has chutado súper fuerte, ¡que estás hecho un campeón!
—¡No puedo más! ¡¿Por qué vamos tan lejos?!
—¿Qué quieres, que te vea Mónica la churrina?

«Porque yo desde luego que no. No quiero cagarla con su madre, chaval. Creo que esta es la buena. Puedo equivocarme, como me pasó con tu madre, pero el que no arriesga no gana. Ya ves, aunque lo de tu madre fuera un error de siete años, de ella salió lo que más quiero en el mundo. Mi campeón. Qué grande está el jodido. Míralo ahí, apuntando como un machote. Seguro que va a ser un ligón, como yo cuando era un crío. Y todavía tengo mi aquello, porque si no, Blanca me habría dado puerta ya. Lo de que ‘no estoy en un buen momento para una relación’ no suena tan mal ahora que le veo los ojitos que me pone cuando me ve llegar con el niño al parque. Está claro que quiere conmigo. Yo creo que prefiere ir despacio, y eso es buena señal. Yo tampoco quiero un rollo de una noche. Ya he tenido bastante de esa mierda. Quiero llegar a casa y tener algo más que cerveza en la nevera y porno en el portátil».

—¡Papá! ¡Los pantalones!
—¿Ya has terminado?
—¡Hace mil años!
—Venga, vamos a los columpios, ¡que nos van a robar la pelota!
—¡Mentira! ¿Quién nos va a robar? Solo están Mónica y su mamá. Además, ya no quiero jugar a la pelota.
—¿No? ¿Ya estás cansado? Pues vaya delantero centro…
—¡No estoy cansado! Tú si que estás cansado, que te la he metido por toda la escuadra y has dicho alta.
—Vaaale, ha sido gol. Entonces, ¿quieres jugar con Mónica un rato?
—No. Quiero jugar contigo. Al escondite.
—¿Otra vez?
—Sí. Y esta vez no hagas trampas. Cuenta hasta cien.
—Pero si yo siempre cuento hasta… ¿qué haces con el casco de la bici?
—¡No mires!
—Anda, ven que te lo ponga bien, que se te va a caer. ¿Pero para qué lo quieres?
—Lo necesito para una cosa.
—Ya está, campeón. Ya te cogeré, el casco no te va a librar. ¡Uno, dos, trees…!

«Le voy a ganar. No me encontrará nunca. ¡Rápido, rápido!, que siempre hace trampas y no cuenta hasta cien. Y luego encima le pregunta a Mónica dónde estoy. Pues esta vez yo soy más listo que tú y te voy a ganar. Ya verás».

—…noventa y nueve, y cien.

«Que encanto de niña. Ya me está señalando dónde se ha escondido. ¿Habrá salido a su madre? Bueno, vamos a ver donde se ha metido mi pequeñajo, que cada vez me lo pone más difícil. Árboles… no. Bancos… no. Más árboles… nada. A ver detrás de esos chavales… tampoco. ¿No se habrá metido entre los coches aparcados? Espero que no. Le tengo dicho que no puede salir del parque y mucho menos bajar de la acera; ya le tuve que echar una buena bronca la semana pasada. Alvarito, que la vamos a tener. Que estoy llegando al final del parque y no te veo. Como no estés detrás de los últimos setos voy a dar la vuelta por fuera pegado a los coches y como estés por ahí agachado te vas a ir a casa calentito. Nada, aquí tampoco está. Pues para afuera. Este niño no me hace ni puto caso. Seguro que es cosa de la madre, que le come la cabeza. ¿Y lo del casco? Es que tiene unas cosas… ¿Dónde va a necesitar un casco para esconderse? No. No me jodas, Alvarito. En la obra no, me cago en la puta. ¡En la obra no! ¡Me cago en dios, que la valla tiene un agujero ahí enfrente!»

—¡Álvaro! ¡Álvaro! ¡Álvarooooo!
—Oiga, aquí no puede…
—¡Mi hijo, que ha entrado por ahí! ¡¡Mi hijo!!
—Cálmese, que aquí no ha entrado ningún niño.
—¡Que sí coño, que ha entrado por ese agujero! ¡¿Y esa grúa que está haciendo con el tubo justo ahí?!
—Está hormigonando.
—¡Parad! ¡Paraaad!
—¿Pero qué dice, está usted loco? ¡¿Adónde va?!
—¡Que me lo estáis ahogando! ¡Álvarooo!
—¡No se meta ahí, que se va a quemar!


«Es el escondite perfecto. Está tardando un montón. ¡Qué nervios! Verás la cara que pone cuando se rinda y salga. Aunque ya sabe lo del casco. Y espero que Mónica no se chive hoy. Como no haga lo que le he dicho esta vez, ya no soy más su amigo. Si me ayuda, a papá nunca se le ocurrirá mirar en el parking de bicicletas».

—Dice mi mamá que salgas.
—Ssshh. ¿Qué haces aquí? ¡Que me va a ver!
—Venga Álvaro, vamos a buscar a tu padre, que hace ya mucho rato que se ha ido al otro lado del parque. Porque tu amiga Mónica ha sido una mentirosa y le ha engañado.
—¡Me lo dijo él!
—¿Y si Álvaro te dice que te tires a un pozo, también te tiras?

«No es justo. O sea, que gano, y en vez de rendirse, tenemos que ir a buscarle. Pues vaya caca de juego. Y para una vez que me ayuda Mónica, su mamá se enfada con ella, y ahora ella está enfadada conmigo. Buf, caca total. Todo por culpa de Papá. ¿Hasta dónde ha ido a buscarme? Ya casi es el final del parque, estoy cansado de andar. Me quiero ir a casa ya. Con mamá. Se lo voy a decir a papá, me da igual que se ponga triste. Por tonto. ¡Guau, luces y sirenas! ¡Un coche de policía! ¡Y una ambulancia! ¡A lo mejor era un atraco con pistolas y han matado al ladrón!».

—Mónica, Alvarito, esto es muy importante. Quedaos aquí, en la puerta del parque. No os mováis, ¿vale? Prometedmelo. Ahora vengo.

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