El fin de Arquímedes

E

Recostado en su tumbona, Simplicio alargó la mano en busca del cóctel de la mesilla, sin dejar de seguir con la mirada la línea por la que danzaba sin avanzar realmente del sesudo tratado que leía con avidez inusitada: “Principia Absurde”. Se llevó la séptima copa a los labios, cuando una sensación extraña le hizo detenerse antes de beber; algo le faltaba al movimiento ritual que llevaba horas repitiendo. El gesto debía venir acompañado del aroma de la ginebra, el frescor de las gotas de condensación en la yema de sus dedos… y algo más. El sonido. Eso era, el sonido del entrechocar de los hielos y el cristal se había sentido apagado, amortiguado. Apartó el libro y miró el recipiente. El hielo no estaba donde debía, flotando como pequeños barcos mercantes que transportaban el frescor del ártico hasta su bebida y su acalorado gaznate. En lugar de eso, parecía haberse depositado en el fondo, junto a las especias.

Alzó la copa para mirar al trasluz, a través de los dibujos traslúcidos que adornaban el exterior del cristal, y confirmar así el extraño comportamiento físico que estaba presenciando, pero no pudo dar fe del interesante descubrimiento porque un desconsiderado energúmeno la tiró al suelo arruinando el espíritu de la bebida y de la ciencia en su atropellada carrera hacia la piscina. Airado, Simplicio hizo el amago de levantarse de un brinco para reprender al autor de los hechos por su incívico comportamiento. No pudo por dos razones. Primera, una ligera hipotensión ortostática unida a un estado de ebriedad avanzada le convencieron amablemente de que debería tomarse con calma eso de levantarse de la tumbona. Segunda, para cuando se había incorporado, el agresor de calzones rojos había desaparecido bajo el agua de la piscina.

Resignado, tras estirarse como un auténtico yogui con tal de no levantarse, recogió la copa del suelo y la dejó sobre la mesilla auxiliar. Los gritos que sucedieron al ultraje le hicieron alargar la mano al interior de su bolsa piscinera en busca de su kit de baño, en el que incluía indefectiblemente unos tapones de cera para los oídos, solo para recordar entre maldiciones que lo que había traído era el kit de lectura ibicenca en la tumbona, y ese conjunto no contenía los tapones; le interesaba enterarse de las conversaciones de los vecinos mientras leía a ratos y hacía como que leía a otros ratos más largos. “Pero a qué viene tanto revuelo”, consiguió pensar con pastosa dificultad. “Esa señoras se van a caer moviéndose así en el borde… No, espera, es una única señora… ¿Qué hace la mujer de Rufino tirándose de los pelos al borde de la piscina?”.

Con extrema precaución, pero agarrando con fuerza el mástil de la sombrilla cual aguerrido soldado clavando la bandera en lo alto del monte Suribachi, consiguió ponerse en pie. Brazos en jarras, orgulloso, se dispuso a juzgar a los presentes, que con toda probabilidad estaban sufriendo algún tipo de ataque de histeria colectiva, producto más que seguro de su estulticia. Alguien tenía que repartir luz, cordura y sabiduría entre sus vulgares vecinos, y una vez más le tocaría a él hacerlo. “¿Quién si no? ¿El presidente de la comunidad? ¿Ese incompetente borracho que lo más complejo que habrá leído en su vida será el catálogo de bikinis para hombre de Mario Claro? Ahí está con su esbelta figura, calmando a su mujer, luciendo uno de los bañadores de la última temporada, extrafino y de leopardo, que hace que sus apetitosos glúteos… No, no. Esto es por la ginebra. Mantén la compostura. No te rebajes. ¡Y agárrate a la sombrilla, que te caes!”.

Producto sin duda de la más fortuita de las casualidades, Simplicio perdió el equilibrio y fue a agarrarse a lo único que por desgracia le quedó a mano: el tanga de Rufino. En un desenlace de los acontecimientos totalmente inesperado y en absoluto premeditado por parte de Simplicio, la prenda de Rufino se rompió, este dio un respingo y empujó sin querer a su mujer. La pobre señora cayó sin remedio a la piscina, sin dejar de gritar, aunque esta vez su preocupación no era la vida de alguien que se ahogaba, sino que se acababa de gastar un pastizal en la peluquería.

—¡Cuanto lo siento!
—¡Pero qué demonios haces! —protestó Rufino— ¡El abuelo ahogándose y tú a lo tuyo! ¡Te voy a…!

Las amables palabras de su vecino murieron de sopetón, aplastadas por el peso de la vergüenza de verse desnudo delante del resto de los socios del club. También murieron aplastadas por el goterón de una lluvia de maletas que causó el caos a continuación. La Herculite azul de cien litros que acababa de convertir a Rufino en una pulpa gelatinosa vino seguida de una auténtica tromba de equipaje. Los vecinos corrieron despavoridos en busca de refugio, pero Simplicio se quedó allí de pie mirando hacia arriba, contemplando extasiado el misterioso espectáculo; sus oídos y su cerebro parecían haberse desconectado después del tercer “plof” en la secuencia aleatoria de golpes de maleta contra cesped, agua y personas: “plof, pum, pum, plas, plof, plas, pum, plof…”

La lluvia de maletas cesó. Simplicio dejó de mirar al cielo y observó a su alrededor. El pequeño club social se había convertido en un truculento campo de batalla tras su aplastante derrota, contra un ejército que al parecer estaba provisto de catapultas de equipaje. Tenía que haber una explicación racional para todo lo que estaba pasando, y Simplicio estaba dispuesto a averiguarlo. Pero antes necesitaba otro trago. Vaya que si lo necesitaba.

Se acercó de nuevo a su sitio y pudo distinguir, a pesar del embotamiento de sus sentidos, que la tormenta había respetado su sombrilla, su tumbona, y la mesita auxiliar donde descansaba su copa. Se sentó, y alargó la mano en un movimiento sorprendentemente hábil; en un instante el cristal ya rozaba sus labios y su gaznate se inclinaba como el de la lechuza que engulle al ratón. Pero estaba vacía. Había sido tan mecánico su gesto que tragó aire. Entonces lo recordó. Todo empezó con el hielo de su combinado desapareciendo en las profundidades de la copa. Luego alguien se ahogaba, el socorrista pasó como un torbellino a su lado y tiró su copa al suelo. Por eso —“burp, me recostaré un poco”—, su copa estaba vacía. Después Rufino puso su embelesador trasero delante suya, él se levantó, pero cayó al suelo dejándolo desnudo y entonces llovieron las maletas. ¿Qué conexión habría entre todo aquello?

Simplicio se despertó en mitad de un sueño, gritando:

—¡Akerue! ¡Akerue!

Miró alrededor, pero él ya no era Rufino y no corría desnudo, gritando por las calles tras su descubrimiento: el hielo en su copa, la gente ahogándose y los aviones soltando lastre obedecían al mismo problema, y tenían la misma solución. O la misma explicación, mejor dicho. Era pronto para hablar de una solución. De cualquier modo, ahora era Simplicio otra vez, estaba en su tumbona, y había dado un susto tremendo a los sanitarios que le rodeaban.

—Señor, ¿se encuentra bien? ¿Cómo se llama?
—¡Lo he descubierto! ¡Ya sé lo que ha pasado!
—Sí, claro, ahora nos lo cuenta, pero necesito saber cómo se llama.
—Simplicio. Simplicio Razón Evidente.
—¿Ese es su nombre real?
—Sí, mire, aquí en la bolsa tengo la documentación…
—Vale, vale, Simplicio, ¿sabe dónde está?
—En la piscina del club, ¿es que no lo ve?
—De acuerdo, ¿podría decirme qué día es hoy?
—¿Pero qué pasa, no puede mirarlo usted en su móvil? Es domingo, estamos a primeros de Agosto, el cinco o el seis, te lo miro en el móvil…
—No es necesario, Simplicio. ¿Ha bebido usted?
—Un poco, señorita, pero no es eso lo que ha pasado.
—¿Y qué ha pasado, Simplicio?
—Pues que “un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo experimenta un empuje vertical hacia abajo igual al peso del fluido desalojado”. El fin de Arquímedes. Eso ha pasado. ¡Akerue!

La enfermera se alejó de él con sus compañeros mientras hacía el gesto de empinar el codo. Se acercaron a uno de los cadáveres informes aplastados por el holocausto maletero. Al parecer, él fue el último al que atendieron antes de ocuparse de los que ya no tenían remedio. Una vez más, Simplicio asumió que era un ser incomprendido e infravalorado a pesar, o quizás debido a su evidente superioridad en el raciocinio. Recogió su bolsa y se marchó. No sin antes alzar las manos y gritar como un histrión, riéndose de sí mismo y de la vida, “¡akerue, akerue!” al pasar por delante de una de las vecinas envueltas en una manta reflectante. La mujer lo siguió con la mirada, incrédula al principio, indignada y acusadora después, hasta que se perdió en la distancia, agitando las manos por encima de la cabeza como un monigote tembloroso.

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