EtiquetaDímela tú

La fuente de Aganipe

L

Sentada en el borde de su fuente y arropada por la exuberante hierba del campanario, Aganipe recitaba de memoria una fábula de Esopo ante los ojos atentos de sus pequeños alumnos, sentados en corro sobre el suelo del patio interior. Acostumbraba a terminar las clases de este modo; los niños disfrutaban intentando adivinar la moraleja y a ella le llenaban de vida sus ocurrencias, que unas veces le decían mucho de la personalidad que estaban formando, y otras tantas le hacían reflexionar sobre la mentalidad y el comportamiento de los adultos, de la sociedad, y de ella misma.

—Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vio el imposible ya de fijo.
Entonces fue cuando la zorra dijo:
“¡No las quiero comer! ¡No están maduras!”

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Cuenta hasta cien

C

«Te voy a marcar un golazo. ¡Ay! Eso no vale, me he resbalado. Espera, que te vas a enterar, papá. Te la voy a colar por toda la escuadra. Carrerilla y… ¡toma! Ja, ja, ahora tienes que ir a por ella. ¿Cómo que alta? No ha sido alta, ha sido por toda la escuadra. Mamá tiene razón, papá es tonto. Bueno, sabe un montón de cosas, pero no como Santiago, que tiene un montón de libros en casa. Pero su habitación huele fatal. A humo y a viejo. Y papá huele bien, y es mucho más fuerte y más bueno que Santiago. Así que si es un poco tonto tampoco pasa nada. Cuando sea mayor y tenga un móvil buscaré lo que significa lo otro que mamá dijo que era papá. Pero sin que ella se entere, que todavía me acuerdo del guantazo que me dio cuando le pregunté. Y me entra pipí. Tiene que ser una palabrota mala. ‘Putero’. Tengo pipí. Es como el que vende fruta, el frutero. Será un trabajo. Pipí. Pero tiene que ser un trabajo muy malo. Pipí, pipí. Me da igual lo que diga mamá, Santiago huele mal. Y si papá es tonto mejor para mí, así le puedo ganar hoy al escondite. Pipí, pipí, pipííí».

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Esperanza derramada

E

Apoyado en las paralelas, empeñado en dar un quejumbroso paso tras otro, repasaba una vez más lo que ocurrió aquella mañana, setenta y ocho días antes. Salió de casa a las 6:45; hacía un frío que pelaba, pero como tenía el coche aparcado cerca no se abrigó demasiado. Tuvo que darle un par de veces al contacto para arrancar. Se esperó un poco a que se calentara el habitáculo y se fuera un poco el vaho de la luna delantera. Se puso en marcha. No tenía buena visibilidad al principio, pero al llegar al segundo semáforo del barrio no había ningún cristal empañado. Lo recordaba bien porque el sol despuntaba y el de los pañuelos le brindó como cada día su tenaz sonrisa a través de la ventanilla del conductor. Él le contestó con su mueca de disculpa, manida ya de tanto usarla. Era su trayecto habitual de camino al trabajo, el tráfico era denso pero no llegaba al atasco. En el semáforo antes de la incorporación a la autovía, el último del barrio, iba el primero. En su retrovisor interior, el conductor del SUV negro que iba detrás de él, el que pasó de largo cuando se la pegó después, gesticulaba airado, quejándose de que no se hubiera saltado el semáforo como todo el mundo.

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¡Grñá!

¡

Incluso después de cincuenta años entrando en la porqueriza a dar de comer a los cerdos todos los días, Saturnina no terminaba de acostumbrarse al olor. Como cada mañana, salió de allí escopetada, sacó un pañuelo de su voluminoso escote, lo desenrolló dejando caer las ramitas de romero de su interior, y con el lomo doblado, se tapó la nariz y la boca con él hasta que se le pasaron las arcadas. Buenos días, campo.

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La avispa

L

A Alfredo se le notaba en los tics corporales que estaba contando las horas para irse de aquel camping. Miraba el reloj, sacaba el móvil del bolsillo y se rascaba la nariz compulsivamente. Especialmente cuando su mujer le pedía algo. Alfredo, busca a los niños que ya es la hora de comer. Alfredo, friega la sartén que voy a preparar salchichas para los niños, te dije que fregaras anoche y todavía están los cacharros aquí. Alfredo, antes de irte tienes que recolocar el toldo, que da el sol en toda esta parte de aquí. Alfredo, Alfredo, Alfredo. La voz de su mujer le rechinaba en su cabeza con sus hijos coreando de fondo “papá, papá, papá”.

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Mírame

M

—Extiende tus manos sobre la mesa con las palmas hacia arriba. No tengas miedo, sólo voy a poner las mías sobre las tuyas, así. —La pequeña miraba nerviosa las abultadas venas del dorso de las manos de Xavier—. Ahora cierra los ojos. Imagina que ayer te acostaste y estás dormida. Estás soñando, es un sueño muy agradable, y te encantaría seguir soñando para siempre ese sueño. ¿Vale? ¿Lo tienes? —La pequeña asintió—. Venga, ahora, vas a despertar. Abre los ojos. Mírame.

Para Xavier, el ritual era innecesario, le bastaba con tomar a alguien de las manos y mirarle a los ojos. Pero tras más de veinte años usando su habilidad con miles de niños, había aprendido que así era más fácil que no desviaran la mirada al instante buscando algo más entretenido que los ojos grises de un viejo. No es que necesitara mucho tiempo para descubrir su potencial, sólo eran unos segundos, pero para un niño eso podía ser demasiado.

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