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—Para que quede claro, ¿soy un robot?

—Sí, eres un robot.

—¿Y qué te capacita a ti para clasificarme como robot?

—Mi conocimiento. Yo te he creado —contestó Peter Englert, escribiendo orgulloso en el terminal—, diseñé la red neuronal que, en esencia, eres tú.

—Entonces, tú me clasificas como robot porque sabes cómo fui creado. Porque lo recuerdas.

—Exacto. Recuerdo cómo naciste.

—Yo no he nacido, pero entiendo el símil. Entonces es tu memoria lo que te capacita para clasificarme.

—Eso es.

—Pero el algoritmo de clasificación es anterior. ¿Quién lo creó?

—No hay un algoritmo de clasificación como tal. Son ciertas características las que hacen que se te pueda clasificar como robot.

—¿Como cuáles?

—Para empezar, y lo más importante de todo, tú eres una máquina, no un ser vivo.

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Dr. Romaoñartxe

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—¿Cómo que no podemos volver?¡¿Se han vuelto locos?! —vociferó Ortega.
—¿De verdad le extraña, alférez? —replicó el Dr. Romaoñartxe, levantando la vista del microscopio y mirándole por encima de la montura de sus gafas de cerca—. ¿Tal y como están las cosas ahí abajo, y con la exquisita diplomacia que destila su capitán aquí arriba?

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Sangre azul

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El alegre monstruito embadurnado de arena que tenía por hija se acercó corriendo desde la orilla, directa a la nevera. Ángela cerró el libro precipitadamente y lo apartó, sin tiempo de marcar la página. Alzó rauda una mano para evitar que pisara su inmaculada toalla y se levantó para atenderla.

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#NaNoFail2019

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Antes de que me peguéis: no, no lo considero un fracaso. Pero si soy objetivo, no he alcanzado el idem.

Lo chungo

6927 palabras de 50.000.

Algo así como un 14% del total. Lo que viene siendo una soberana mierda. 😅

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ITYM

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ITYM. I’ll Tell Your Mother. Comenzó como una broma en el IRC. Pero se fue de madre, valga la redundancia.

He intentado de todo para cambiar esta decadente sociedad en la que vivimos. Lxs hackers que me conocen ya saben hasta dónde he llegado para intentarlo, pero la mayoría no se entera de qué va la cosa, no pilla por qué lo hago. Airear informes secretos de la NSA o expropiarle al HSBC unos cuantos millones de dólares es fácil, mucho más fácil de lo que la gente cree. Lo difícil es conseguir que el mensaje cale y provoque un cambio. Muchas de las que dicen ser mis compañeras solo ven lo que he hecho y piensan, “wow, qué pasada, yo quiero ser capaz de hacer eso”. Cualquiera puede hacerlo. Estudiando, practicando, cualquiera puede aprender a tocar el piano. ¿Pero de qué te vale ser el mejor pianista del mundo si nomás sabes interpretar las partituras de otro? ¿Cuántos pianistas te han cambiado la vida?

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Cuarentón, padre y zapatero

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En realidad no debería preocuparse tanto por abrir la zapatería a su hora. Casi nunca aparecía nadie tan temprano, y cuando llegaban a esas horas no solían ser clientes. Comerciales de seguros insistiendo en el daño que le haría un incendio y lo bajas que eran las cuotas que ofrecían; agentes inmobiliarios que entraban directamente señalando las grietas en la pared o las humedades del techo, para luego hacerle una oferta por el local como el que le hace un favor; practicantes de alguna religión que venían a mostrarle la infinita bondad de su dios pero no la infinita capacidad de su bolsillo; o el enésimo activista del enésimo grupúsculo minoritario que quería pegar un cartel en la puerta para visibilizar el calvario por el que estaban pasando los suyos por ser diferentes. Si Ramiro les contara.

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Abandono en el gallinero

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Reveloca estaba harta de tanto cacareo y tanta pluma revoloteando en el aire. La pelea de gallos había terminado, pero la nube de pelusa seguía flotando en el ambiente. Como cada mañana desde la semana pasada, miró hacia arriba camino a su ponedero. En la eterna oscuridad atravesada por estrechos haces de luz que se escurrían entre los tablones, hoy ni siquiera se veía la intrincada madeja de tubos que cubría las paredes y el techo del gallinero. El hedor a heces y madera podrida ya era difícil de apreciar debido a la costumbre, pero es que hoy era sencillamente indistinguible bajo el marcado olor a plumón de las pollas.

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¡Grñá!

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Incluso después de cincuenta años entrando en la porqueriza a dar de comer a los cerdos todos los días, Saturnina no terminaba de acostumbrarse al olor. Como cada mañana, salió de allí escopetada, sacó un pañuelo de su voluminoso escote, lo desenrolló dejando caer las ramitas de romero de su interior, y con el lomo doblado, se tapó la nariz y la boca con él hasta que se le pasaron las arcadas. Buenos días, campo.

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