Día de rebusco

D

Hank y Cloe tenían ojo para encontrar diamantes en bruto entre los desechados. Si no diamantes, al menos alguna que otra perla. No en vano llevaban cinco años sin que les desterraran, gracias al sobresueldo que conseguían cada mes vendiendo los mutantes que pescaban. Todo un logro. Pagaban a duras penas el alquiler de su reducido cubículo en el interior de la cúpula. Ni por asomo les daba para vivir en la superficie, y si dejaban de pagar una de las desorbitadas cuotas de arrendamiento, serían expulsados al extrarradio con los despojos.

Durante la semana siguiente a la cosecha estaba permitido salir a capturar mutantes. Al parecer el rebusco era una costumbre que venía de los tiempos en los que todavía se podía cultivar la tierra: tras pasar las máquinas cosechadoras, se permitía a la gente menos pudiente recoger lo que quedaba. Ahora que las patatas se cultivaban en las asépticas factorías de los niveles superiores a la central nuclear, justo debajo del cubículo de Hank y Cloe en el nivel -40, lo que las cosechadoras autónomas no recogían porque no les salía rentable no eran patatas, sino personas. Cloe se encargaba de recordárselo a Hank cuando se cargaba a alguno innecesariamente.

—¡Joder Hank! ¡No tenías por qué matarle!
—Me ha mirado mal. No me gusta que me miren mal.
—Si fueras tú el que viviera aquí también mirarías mal a los que salen de la cúpula de pesca.
—Yo lo que estaría es agradecido de que me pegaran un tiro. ¿Has visto como le colgaban los párpados con ese líquido viscoso? ¿Y la cosa esa del cuello supurando?
—Exobranquias depuradoras, ya te lo he dicho mil veces, esa mutación apareció hace ya dos años y ha persistido. —En realidad, Cloe era la que tenía el ojo para los mutantes, y Hank la falta de remordimientos. Hacían buena pareja—. Un poco disfuncionales, pero creo que podría haber sobrevivido unos meses más.
—Exomierdas de esas, es verdad. La pasta que se llevaría el que encontrase las primeras. Venga, vamos a subir esa loma, creo que he visto algo moverse al otro lado.

La loma que señalaba Hank era una de las decenas de colinas de residuos de la zona del vertedero, que se distinguía del resto del extrarradio, aparte de por el hedor y la escasez de chabolas a la vista, por tener una actividad boyante cuando los volquetes blindados llegaban a soltar la preciada basura de la ciudad. Hoy, sin embargo, los lugareños sabían que los que venían de rebusco estaban al acecho, así que jugaban al peligroso juego de la gacela que se acerca a beber a la charca del cocodrilo. Las pobres gacelas tienen que estar muertas de sed para hacerlo.

Subieron la loma iluminados por una luz de luna que luchaba por atravesar el polvo y la contaminación, y se agazaparon justo antes de llegar a lo alto. No era fácil con sus gruesos trajes NBQ. No podían permitirse unos de grafipiel: bastante se gastaron el año pasado en unos cascos en condiciones, menos aparatosos que los que venían con el traje y con electrónica de apoyo. Ajustaron la termovisión y aprovecharon la ventaja de la posición elevada para escanear la zona, tumbados en la cima. Hank y Cloe no eran los únicos cocodrilos en la charca.

—Mierda, son los hermanos Petrovin. Vamos a tener que dar media vuelta —dijo Hank nervioso.
—Espera.
—Joder, esos cabrones se lo gastan todo en armamento. Llevan merodeadoras. Vámonos.
—Espera, dime qué ves en el cuadro 12-37.
—Una mancha. Pero como si es el cofre del tesoro del capitán Jack Daniel. Me la suda lo que sea. Vámonos antes de que nos vean y lancen las merodeadoras.
—Se ha movido, Hank. Es pequeño. Creo que es un niño.
—Pues suerte para ellos.
—Creo que nos está haciendo señas.
—He dicho que nos vamos.
—Tú no me dices lo que tengo que hacer.
—¿Cómo que no? Tú eres la experta en bichos, y yo en seguridad. Y te digo que o nos vamos ahora mismo o…

Algo metálico golpeó en la colina unos metros por delante de ellos, y empezó a rebotar cuesta abajo. Los hermanos Petrovin se movieron bruscamente en su dirección y uno de ellos desplegó un trípode pesado que llevaba al hombro.

—¡El puto niño nos ha delatado! ¡Corre, y reza porque no quieran gastar munición contra nosotros!

Sí quisieron gastarla. Escucharon el sibilante lanzamiento de las merodeadoras. Huyeron como alma que lleva el diablo, aunque sabían que correr ya no les serviría de mucho. Por alguna razón las merodeadoras no les alcanzaban, así que siguieron corriendo. Pronto estuvieron a dos colinas de distancia, y al fin pararon al resguardo de una enorme chapa oxidada incrustada en la basura para recuperar el resuello. A Hank le dio un ataque de risa. Cloe lloraba, con los ojos cerrados y una sonrisa nerviosa. Sin saber cómo, acababan de librarse de una muerte segura, y cada uno liberaba la tensión como podía. Se abrazaron un buen rato en silencio.

Un par de golpecitos en la chapa, como alguien llamando a una puerta, hizo estallar su burbuja. Se miraron aterrados. La luz de la luna proyectaba una sombra difusa al otro lado de su cobertura. Desenfundaron y amartillaron.

—¡No dispares! —gritó Cloe al verlo.

Era el niño. Llevaba un proyectil en cada mano, con el fulgor azul de los propulsores de plasma activos. En sus manos, sin embargo, parecían juguetes inofensivos. Les ofreció uno, inclinando la cabeza a modo de disculpa. En sus visores apareció un mensaje: “¿Amigos?”.

—Sé lo que estás pensando. No lo vamos a vender —dijo Cloe sin dejar de mirar al pequeño.
—¡¿Pero tú sabes lo que nos darían por él?!
—Es un crio, Hank y está sano. Antes tendrás que matarme. —Cloe aceptó el regalo.
—Pues tendrá que pagar su parte del alquiler.
—Si es capaz de detener merodeadoras y mandarnos mensajes sin un comunicador, ya te digo yo que podrá pagar su parte.

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