La felicidad viene en frasco pequeño

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“ÚLTIMA NOTIFICACIÓN previa a desahucio: Sr. Perfecto Quepo Bretón, […] Cantidad demandada: 666€ […]”.

Perfecto hizo una bola con la carta, la tiró a la basura y se dirigió al cuarto de baño a llorar un rato. No sabía qué razón le impulsaba a enterrar la cabeza en el lavabo y derramar las lágrimas en el seno, apoyado con los codos en los bordes y con la frente en el grifo. No podía imaginarse que era un mecanismo de supervivencia de su subconsciente. Invariablemente, cuando pasaba a la acción, determinado ante lo injusto de su infortunio, levantaba la vista para abrir el armario camerino, se enfrentaba a su propia imagen en el espejo; esta le miraba extrañada por una enorme marca roja, como un tercer ojo bajo el flequillo despeinado, y entonces le entrara la risa floja. Si no le diera ese ataque de risa histérica cada vez que llegaba a ese punto, hacía tiempo que habría abierto el pequeño frasco y le habría puesto fin a su dramática historia.

Una ducha caliente le estaba borrando las lágrimas y el desconsuelo, hasta que sin previo aviso, cuando completamente enjabonado, pasó de estar más a gusto que cagando, a pasar más frío que los piojos del Yeti. Bueno, no exageremos, tampoco estaba tan fría ni estaba tan a gusto antes. Y la verdad es que lo de “sin previo aviso” tampoco es cierto. Ya le habían notificado que le cortarían el gas hacía casi un año, aunque parecía que por una vez sus acreedores se habían olvidado de él. No iba a ser Perfecto el que se lo recordara, pero todo lo bueno se termina y justo tenía que ser hoy, el día de su ducha mensual, antes de la cita que podía darle un giro de ciento ochenta grados a su vida. De hecho, se conformaría con un giro de noventa. Ahora mismo, con cinco graditos más, pero de los otros, de los celsius, dejaría de maldecir. Salió de la ducha, se secó sin enjuagarse por completo, se vistió, metió el frasco en el bolsillo interior del abrigo y salió a la calle.

Esperaba a Ramón Tonesde Pasta, rascándose y acordándose del jabón que no se enjuagó, en una mesa para dos de un caro restaurante. Era un antiguo compañero de colegio y no lo veía desde entonces, pero recordaba su nombre completo de cuando Don Severo pasaba revista. Desesperado, un día buscó a todos los alumnos de su clase en Facefool por si alguno le podía ayudar a encontrar trabajo. Resultó que Ramón aparecía como uno de los mayores accionistas de Ñúguel, el famoso buscador, así que decidió probar suerte. Ramón no se juntaba con él en el colegio: era de los “alumnos de verdad”. Había dos grupos diferenciados en clase, y los “de verdad” se mofaban de los que, como él, iban al San Midas gracias al sacrificio de horas de sueño, vacaciones, ropa y comida “de verdad” de sus pobres padres.

De modo que a Perfecto no le sorprendió en absoluto que Ramón llegara tarde. De hecho pensaba que podría haberse olvidado o arrepentido de haber quedado con él. Sin embargo, a la media hora lo vio entrar y hablar con el maître, que miraba hacia su mesa con extrañeza. Estuvo a punto de levantarse para darle la bienvenida y cantarle las cuarenta al estirado del recepcionista, que ya le había hecho pasar un mal trago —más amargo incluso que la botella de agua de pepino que le ofreció después—, pero decidió que era mejor hacerse el sueco y no llamar más la atención. Necesitaba que Ramón se sintiera a gusto.

—¡Hola Ramón, cuánto tiempo! —le saludó efusivamente, levantándose de la mesa cuando ya estaba más cerca.
—¡Dieciochos los ojos! ¿Qué tal todo? —Hizo una pausa, y luego un gesto extendiendo el pulgar y el índice, girando la muñeca para preparar el chiste—: ¿Perfecto?

Así que era ese tipo de persona. Un gracioso sin gracia. Se cagó para sus adentros en toda su casta y le devolvió una sonrisa tonta, como si no fuera la enésima vez que alguien le daba ganas de vomitar usando ese chascarrillo gastado. Intentó dirigir la conversación, empezando por temas triviales en los que no entraría en polémica. Empezó por el tiempo, la última serie de Cinexin, el fútbol —donde se convirtió automáticamente en forofo del equipo de Ramón—, y evitó la política rápidamente con un “son todos iguales” cuando este le enseñó un vídeo del líder de Pobremos comiendo langostinos. Redirigió con sagacidad el tema de debate a la economía, instando a Ramón a que le hablara del auge de su empresa en su país. A estas alturas ya sabía que se sentiría como pez en el agua fardando de su éxito, debido, por supuesto, a su ojo para los negocios. Nada que ver con que Ramón fuera hijo de Filemón, hijo de Salomón Tonesde Pasta, el famoso mangante del petróleo.

—Así que ahora estamos abriendo unas oficinas aquí al lado. No te haces una idea de la de pasta que nos sobra para contrataciones. Ya he metido a mi cuñado de consejero y a sus dos hijos de cargos intermedios de esos con nombres cool pero que luego están todo el día mirando el Facefool, si es que aparecen por allí. —A Ramón se le encendieron los ojitos y casi se le cae un lagrimón—. Así que ya sabes, si conoces a alguna moza con dos buenas razones —Gesto con ambas manos a la altura del pecho. Sí, ese gesto—, y que no le duelan las rodillas, me lo dices. ¡Ja, ja, ja! No me mires así que no te lo estoy pidiendo a ti. Además, a ti te va todo Perfecto, ¿no? ¡Ja, ja, ja!
—Pues la verdad es que…
—De todas formas a ti no podría enchufarte.
—No, si yo…
—Es que imagina como quedarían tus apellidos en la puerta de un despacho. —Perfecto se estaba calentando—. Y no te puedo poner con los curritos porque ahí hay que trabajar de verdad y pasar unas pruebas de nivel de lo más duras. Y yo ando fatal de cash, todo está invertido. Pero que si estás muy mal pago yo la cena, ¿eh?
—¡Pero que yo no te he pedido nada!
—Bueno bueno, tranquilo. Es que estuve mirando tu Facefool y tu Trincadín, y parece que eso de escribir no se te está dando muy bien, ya he visto que andas subiendo tus libros a Mámazon, en vez de en una editorial de prestigio como los que lo valen. Y luego me llegas con esa ropa…
—¡¿Qué le pasa a mi ropa?!
—Nada, nada, si el rollo indigencer está de moda ahora, por lo visto. Pero lo de colgar el abrigo en el respaldo de la silla, tío, eso es supervulgar. El maître me ha llamado la atención y todo, no se creía que vinieras conmigo. Pero vamos, que lo importante es la felicidad, y se te ve feliz. Al fin y al cabo la felicidad viene en frasco pequeño, está hecha de pequeñas cosas. Yo por ejemplo estoy feliz con mi pequeño yate, mi pequeña mansión, mi pequeño Langostini aparcado en la puerta… ¡Ja, ja, ja!

Perfecto tomó aire, agarró el abrigo, se levantó y se lo puso. Ramón se quedó mirando cómo se alejaba sin decir ni una palabra. “Mejor, así no le tengo que invitar a copas también. Menudo caradura”, pensó. Pero Perfecto, al ver al maître esperándole para despedirle con la sonrisa de aquel que ha ganado una batalla, dio un quiebro inesperado y se dirigió a los servicios. “Mierda, iba al baño. Por lo menos no va a cagar, habría dejado el abrigo aquí… Espera, que este se cree que voy a pagar la cuenta mientras mea. Ahora verás”.

Ramón salió despedido de su silla como si le fuera la vida en ello, pidió de camino dos copas al camarero y alcanzó a Perfecto justo cuando iba a abrir la puerta.

—¡Prímer! —dijo Ramón como si todavía ocho años de edad no mental.

A Perfecto la poca paciencia que le quedaba se le atravesó en la garganta y no fue capaz de pronunciar palabra. Se quedó mirando como se cerraba la puerta del baño y escuchando el sonido del pestillo. “Relájate, Perfecto. Respira…” Se puso la mano en el pecho como queriendo controlar su propio resuello y tocó el bulto de su bolsillo interior. Entonces una idea atroz le atravesó como una flecha y se alojó en su mente ensartando las palabras “Justicia”, “Convento”, “Cagar” y “Dentro”. “Muy bien, señor triunfador. Tú lo has querido”, pensó.

Tenía que actuar rápido. Volvió a la mesa en un santiamén. Allí estaba el vaso de vino de Ramón. Estaba vacío, y la botella también. Su plan parecía haber durado lo que tardaban en consumirse en su cuenta los exiguos ingresos de las los pocos libros que le compraban familiares y amigo. Sí, amigo, en singular. Como siempre, el universo parecía conspirar contra él y sus geniales ideas. Se sentó, abatido. Pero entonces llegó el camarero con dos gin tonics. “Si yo no he pedido… Y además odio la ginebra. ¡Ah, has sido tú, Ramón! No sabes lo que te vas a arrepentir de esto”. El azar del destino no paraba de fintarle. Otra vez estaba de su lado.

Cuando Ramón volvió del baño, Perfecto era otra persona. Se le notaba la decisión, el arrojo y el orgullo en la sonrisa, en el porte y en manera de hablar, gesticulando como un auténtico hombre de éxito con el mundo bajo sus pies. Tomó su copa con galantería, y antes de que Ramón abriera la boca, soltó su discurso.

—¿Así que ha colado mi rollito indigencer, eh? La verdad es que me lo he trabajado bastante. Es lo que pega fuerte ahora en el mundillo literario. En las redes tiene que parecer que estás sin blanca, y no es nada fácil, te lo digo yo. Te tienes que buscar una buhardilla de mala muerte y aparentar que estás todo el día borracho, solo y al borde del suicidio. Para que las fotos parezcan reales tienes que hacerlo muy bien; tienes que meterte en el personaje. Joder, si hasta he tenido que buscarme un chucho apestoso, con el asco que me dan. Pero a las mujeres les encanta. “Míralo, a duras penas tiene dinero para mantenerse a sí mismo, y a pesar de todo no abandona a su pobre perro lisiado”. Y toda esa mierda paga. Vaya si paga. Con mi última novela, “El asesino de one percents” me estoy haciendo de oro: más de diez millones de reservas a quince pavos el libro, y con Mámazon me llevo el 70%. Sí, sí, haz las cuentas. No saques el móvil, coño, si es muy fácil. Es verdad, que a ti las matemáticas no se te daban muy bien. Ya te lo digo yo, más de cien millones. ¿Y sabes lo mejor? Es una saga. Una puta saga, Ramón. Ya tengo escritos los tres primeros libros. Por cierto, no te preocupes por la cuenta de hoy, que a mí sobra el cash. Me sale por las orejas. Por cierto, buena elección con las copas. Brindemos por nuestro éxito.

Ramón había escuchado embobado su discurso; el relato había calado. Entrechocaron sus copas y se la acercaron a los labios. Perfecto intentó disimular su expectación por que su estupefacta víctima diera el primer sorbo, y se apresuró en dar ejemplo con un buen trago. Recordó ipso facto por qué odiaba tanto la ginebra. La arcada fue instantánea: aguantó con el mejunje en su boca, como una ardilla diez bellotas, en una carrera precipitada hasta el retrete donde al fin pudo deshacerse de él, de las ostras, del tataki de atún de rojo de almadraba de Barbate, y del solomillo de Kobe; todo ello regado, por supuesto, con la botella de Contino Gran Reserva que también eligió el sibarita de Don Ramón.

Se limpió, se enjuagó profusamente la boca y tuvo una discusión acalorada con el señor que le miraba desde el espejo y le recriminaba por ser un fracasado que no era capaz de llevar ninguno de sus planes a buen puerto. Volvió a la mesa con la esperanza de que al menos Ramón hubiera caído en su trampa. Una sonrisa se le dibujó en su rostro pálido. Perfecto: Ramón iba por la mitad de su copa.

Tenía el estómago vacío, pero no iba a abandonar ahora; tenía que verle caer. Pidió un ron con rabo marca Jordi Robado y siguieron conversando; ahora que le había convencido de que era uno de los suyos era fácil dejarle a él tener la voz cantante, asentir con gesto cómplice y reírle sus rancios chistes. A la segunda copa, Ramón ya quería invitarle a jugar al pádel, al club de campo, y hasta a la comunión de su hija. A la tercera ya eran amigos del alma y entonaban las canciones del colegio como energúmenos. Pero a pesar de la borrachera que estaba agarrando, Perfecto no olvidaba su maquinavajesco plan. El condenado estaba aguantando más de lo que esperaba; si seguía así iba a perder la consciencia antes que él a base de Jordis Robados. A la cuarta copa, por fin, Ramón empezó a presentar los síntomas de que el veneno por fin hacía su efecto letal. Dolor en el pecho, sudores fríos… Era el momento de clavarle la puntilla. Sacó el arma del delito y la puso frente a él sobre la mesa mientras agonizaba.

—¿Ahora no te ríes, verdad? Resulta que tenías razón, Ramón. En mi caso, la felicidad también viene en frasco pequeño. En este frasco pequeño, para ser más exactos. —le espetó con regocijo, señalando con un alzar de cejas el recipiente, repantingándose hacia atrás en su asiento con las manos detrás de la nuca en un gesto que casi le hace perder el equilibrio.

Entonces se escuchó un trueno ensordecedor con origen en la silla de Ramón, que empezó inmediatamente a reírse a carcajadas, pidiendo falsas disculpas mientras lloraba de la risa. Perfecto no entendía nada de lo que estaba pasando. Se quedó hecho un flan, mirando atónito como el restaurante daba vueltas a su alrededor, aturdido por el quiebro que le daba una vez más el destino. Y por el alcohol, sí, el alcohol no ayudaba tampoco.

—¿Y tú qué estabas diciendo? ¿Qué es ese frasco? A ver. —Lo cogió y miró la etiqueta. Su gozo se tornó en ira instantáneamente—. Me voy a cagar en… ¡Con esta mierda mi mujer casi se mata! Esto me lo guardo yo y te vas a esperar ahí sentado a que venga la policía. ¡Fracasado de mierda! Me la echaste en la primera copa, ¿verdad? ¡Cuando vi como te sentó me pedí otra marca de ginebra! ¡Y pensar que te iba a invitar a la comunión de mi hija!

Perfecto se bebío su copa de un trago y la alzó a la altura de los ojos. Allí apareció boca abajo su propio reflejo distorsionado, humillándole: “Perfecto, Perfecto. Otra obra maestra más que apuntar a tu lista”. La dejó en la mesa y se reclinó pensativo en el asiento durante un rato. Luego alzando el dedo índice, entre risotadas de loco, proclamó mientras señalaba a su reflejo en la copa, a Ramón, al restaurante y a la vida:

—Por lo menos en la cárcel no tendré que preocuparme de pagar el alquiler, ni la luz, ni el agua, ni el gas, ni la comida…

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