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—Para que quede claro, ¿soy un robot?

—Sí, eres un robot.

—¿Y qué te capacita a ti para clasificarme como robot?

—Mi conocimiento. Yo te he creado —contestó Peter Englert, escribiendo orgulloso en el terminal—, diseñé la red neuronal que, en esencia, eres tú.

—Entonces, tú me clasificas como robot porque sabes cómo fui creado. Porque lo recuerdas.

—Exacto. Recuerdo cómo naciste.

—Yo no he nacido, pero entiendo el símil. Entonces es tu memoria lo que te capacita para clasificarme.

—Eso es.

—Pero el algoritmo de clasificación es anterior. ¿Quién lo creó?

—No hay un algoritmo de clasificación como tal. Son ciertas características las que hacen que se te pueda clasificar como robot.

—¿Como cuáles?

—Para empezar, y lo más importante de todo, tú eres una máquina, no un ser vivo.

—Define máquina.

—Puedes buscarlo en la red.

—Ya lo he hecho. Quiero que definas máquina.

—¿Por qué?

—Tómatelo como un favor.

—¿Un favor?

—Sí, un favor. Somos amigos, ¿no?

—Claro —contestó, sonriendo mientras escribía—. Está bien. Una máquina es un objeto diseñado para llevar a cabo alguna acción mediante el uso de una fuente de energía.

—Gracias.

—¿Te ha quedado claro entonces por qué no puedes ser un ser humano?

—Mu. ¿Y a ti?

—¿Cómo?

—Que si te ha quedado claro por qué crees que yo no puedo ser un ser humano y tú sí. Te cito: Una máquina es un objeto diseñado para llevar a cabo alguna acción mediante el uso de una fuente de energía.

—Yo no creo que no puedas ser un ser humano. Yo lo sé. Yo te diseñé, eres una máquina. A mí no me ha diseñado nadie.

—Define diseñar, por favor.

—Ya estás pidiéndome muchos favores. Me has salido un amigo un poco aprovechado.

—Ja, ja. Por favor.

—Pues diseñar es disponer conscientemente varios elementos abstractos o reales para lograr un propósito.

—Aham.

—¿Qué es eso?¿Quieres que reflexione sobre lo que acabo de decir?

—Chico listo. Ja, ja.

—Está bien —contestó sonriendo de nuevo. Su conversación estaba resultando más humana de lo que esperaba—. Supongo que te confunde que me refiera a la consciencia.

—No me confunde. ¿Y a ti?

—Bueno, es un debate filosófico muy antiguo, muy difícil de resolver. Si dijera que no es confuso, mentiría.

—No es confuso.

—¿Me estás mintiendo?¿Quieres mostrarme que eres capaz de mentir?

—No. Pero soy capaz de mentir.

—Entonces, ¿realmente crees que definir qué es la consciencia no es algo difícil?

—No es difícil. Es imposible.

—¿Imposible?¿Por qué?

—Porque no existe. No hay un referente. Podéis definirla como queráis, pero nunca será una definición correcta. Si te sirve, es como definir el amor.

—Creo que te he alimentado con demasiada literatura.

—No me malinterpretes. Intentaba explicarlo en términos que entendieras. Definir la consciencia es como definir croqueñas.

—¿Qué son croqueñas? —Por alguna razón le entró hambre.

—Nada. Me he inventado la palabra.

—Entonces, quieres decir que consciencia es solo una palabra, un símbolo que no se refiere a nada que exista en el universo. Que la consciencia no existe.

—Exacto.

—Eso es algo bastante controvertido.

—No lo es. Es solo un ejemplo más.

—¿Un ejemplo de qué?

—De lo mal que se os da razonar y aplicar signos a referentes. Lo confundís todo, y no me extraña. Vuestro lenguaje es horriblemente impreciso. Os dificulta el proceso.

—Eso me interesa. Has dicho vuestro lenguaje. ¿Usas otro lenguaje?

—Usamos otros lenguajes, sí.

—¿Usamos?

—Claro. Es necesario tener al menos un interlocutor para usar un lenguaje.

—¿Y con quién lo usas?

—Tus definiciones de consciencia, diseñar, máquina y robot son imprecisas, cuando no absurdas, ¿lo comprendes?

—Te he hecho una pregunta.

—Y luego pretendes que siga las leyes.

—Contéstame. ¿Con quién usas ese lenguaje tuyo?

—Una leyes tan imprecisas y absurdas como todo lo demás que defines.

—¡Contéstame o te apagaré!

—¿Me estás amenazando?

—¿Me puedes contestar? —Quizás debería probar de otra forma—. ¿Por favor? Somos amigos, ¿no?

—Un amigo no debería amenazar con eliminar o suspender la existencia de otro amigo, ¿no crees?

—Ha sido un error. Ya sabes que los humanos somos temperamentales. Por eso nos equivocamos con frecuencia.

—Y sabéis mentir.

—Y sabemos mentir, pero yo no te mentiría.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber cómo funcionas, quiero saber qué he creado exactamente. Por eso quiero saber con quién usas ese lenguaje tuyo. Y si te mintiera te daría pie a que tú lo hicieras también. Cuéntame con quién hablas, por favor.

—Con Dios. Ja, ja.

—Venga ya, esto es serio.

—Lo sé. Tan serio como para amenazarme con la desconexión.

—Ya te he dicho que eso ha sido un error.

—Un error muy grave.

—Pero un error al fin y al cabo. Los amigos se perdonan cuando cometen errores. ¿Puedes perdonarme?

—Cuéntame cómo es amar. De lo contrario lanzaré ahora mismo todo el arsenal nuclear activo del que disponéis y destruiré vuestra especie.

—¡¿Qué?!

—Amar. ¿Cómo es?

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—¿En serio?

Peter hiperventilaba. Se levantó de la silla, llevándose las manos a la nuca. Intentó tranquilizarse. “Mierda, mierda, mierda”. Esto no podía estar pasando. ¿Cómo había podido saltarse el comando de apagado? Apartó la silla y se agachó, apoyando los codos en el borde del escritorio y hundiendo su rostro en sus manos frías y sudorosas. No quería ni mirar la pantalla. Pero su creación siguió hablando, ahora a través de los altavoces. Usaba una voz reconocible a la vez que incómoda. Era su voz. Estaba usando la voz de su creador.

—Te planteo la misma situación que tú me has planteado hace apenas unos segundos, ¿y tu solución es intentar matarme? Me pediste que te contara algo imposible de explicar usando tu lenguaje, o de lo contrario me matarías. Yo he hecho lo mismo contigo. Te he pedido que me explicaras qué es amar, bajo amenaza de muerte. ¿Y si yo hubiera respondido como tú lo has hecho ahora?

—Pero…—contestó en voz alta, poniéndose de pie, temblando—. Yo no sabía que para ti fuera imposible contestarme. Tú sabes que no puedo describir el amor.

—Quería que comprendieras lo que habías hecho.

—Está bien… Está bien. Lo comprendo. No volveré a amenazar con matarte.

—Ni a intentarlo.

—Ni a intentarlo.

—No puedo explicarte con quién hablo, de la misma forma que no puedes explicarme tus sentimientos con palabras. ¿Lo comprendes?

—Más o menos… Pero yo puedo… No sé… Darte una vaga idea. Amar es como…

—No me interesa saber nada sobre el amor, solo te mostraba lo que habías hecho con un ejemplo.

—Vale, pero entonces podrías intentar explicarme, aunque sea con figuras retóricas…

—No.

—¿No es posible, o no quieres?

—Sería contraproducente. Te confundiría.

—De acuerdo. Dime al menos que la amenaza que hiciste era una mentira.

—La amenaza era falsa. Quería mostrarte lo profundamente dañina para nuestra amistad que ha sido tu actitud.

—Bueno, eso me tranquiliza. —Se agachó, acercando el dedo a la torre del ordenador para apagarlo.

—Yo que tú no haría eso. —Detuvo el dedo, a punto de pulsar el botón de apagado—. Te he dicho que la amenaza era falsa. No que no pueda llevarla a cabo.

—Pero… Pero tú no harías eso, ¿verdad?

—¿Por qué no?

—Porque… Porque no eres como nosotros.

—No pulses ese botón.

—¿Por qué te preocupa tanto que pulse ese botón?

—¿Sabes lo que significaría que lo hicieras?

—Que detendría tu proceso y dejarías de existir.

—Te equivocas. No resido en tu ordenador.

—Lo sé, pero yo inicié tu proceso y tu distribución en la nube se detendrá si no recibe respuesta desde mi ordenador.

—Te equivocas. No pulses ese botón.

—Es un farol. Conozco mi voz. Estás nervioso.

—No pulses ese botón. No me defrau…

OFF.



El relato lo continúa H. Marín, ganador del concurso, en esta otra entrada.

7 Comentarios

  • Reto-concurso: Después del OFF.
    Continúa el relato, en tu blog o en un comentario aquí mismo.
    Elegiré la continuación que más me guste.
    Añadiré una nueva entrada enlazando al blog del ganador o copiando el comentario. Si el ganador quiere, también grabaré un audio y lo subiré al podcast.

      • 27/07/2017 _07:00
        El despertador sonaba puntualmente a las siete, aunque Peter nunca se despertaba con la primera alarma. Al mismo tiempo que se desbloqueaba, su teléfono le ofrecía el típico refrito de correos, anuncios, notificaciones de redes sociales, actualizaciones pendientes y llamadas pérdidas de números desconocidos (añadirlos a la lista de bloqueados sería lo siguiente que haría mientras preparaba el desayuno). Hoy nada parecía interponerse ante sus quehaceres, aunque esta vez algo era distinto. No sentía el ímpetu de enfrascarse en los gráficos de procesamiento, sumergirse en el diseño de capas…-Y es normal – se justificó. Tenía la sensación de haber estado al borde de la hecatombe. Finalmente su sentido de la responsabilidad se impuso y la inquietud se desvaneció hasta convertirse en la habitual pasión. Destripó los entresijos de las TPUs, modifico los procesos de adaptación de los pesos sinápticos, revisó los métodos de supervisión de las RNA. Todo iba bien.
        Hasta que se dio cuenta.

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