Once segundos

O

—Todos los sistemas en verde, Cheyenne. Preparados para la cuenta atrás —informa Vincent Cohen a través del comunicador de su traje.
Cuenta atrás comenzando. 15 minutos para inicio del proceso de apertura manual.

La humanidad al completo está pegada a sus pantallas, siguiendo la retransmisión en directo desde la cara oculta de la luna. La guerra civil que asola el planeta continuará después, si es que existe ese después. Dos mil millones de personas presencian como los Aperturistas acarician su objetivo. Los Precavidos no se dan por vencidos, pero su ataque a las instalaciones del Monte Cheyenne resulta tan desesperado como inútil. Los tres selenautas podrán llevar a cabo su misión aunque destruyan todas y cada una de las dependencias militares terrestres, y ya es tarde para una ofensiva directa a la luna. Los Aperturistas saldrán victoriosos de la guerra de la misma forma en que ganaron las recientes elecciones mundiales: contra todo pronóstico y ante la sorpresa e indignación de los Precavidos.

En sus casas, unas familias se abrazan con deseperación e incredulidad, mientras otras lo hacen con orgullo y expectación. En los bastiones Aperturistas, las multitudes celebran frente a pantallas gigantes la Gran Fiesta de la Apertura. En el frente, soldados y partisanos de uno y otro bando interrumpen sus agresiones para atender a la retransmisión; es un alto el fuego no declarado y violado únicamente por algún precavido fuera de sí, arrastrado por la irracional lógica de la ira: si está condenado a morir en un cuarto de hora, al menos lo hará matando a aquellos que así lo decidieron.

En todas las pantallas sin excepción se ve exactamente lo mismo: la Puerta. La caja de Pandora. El Arca de la Alianza. La manzana prohibida. El jarrón de Sulayman. La caja de los truenos. Muchos nombres para una misma realidad que plantea desde hace años un sencillo dilema: abrirla, o no hacerlo. La imagen que todo ser humano tiene grabada en su retina, y que reaparece ahora ante ellos gracias a las cámaras frontales de tres selenautas de la WSA, ha sido estudiada a conciencia por expertos y profanos. No queda ya ninguna duda sobre el significado de las inscripciones grabadas en el metal que rodea la manivela circular. Girarla para abrir aquel búnker significaría la destrucción total y absoluta de nuestra especie.

10 minutos para apertura.

Pero entonces, ¿para qué construir ese búnker tan accesible, en la cara oculta de la luna? ¿Y por qué dotarlo de un mecanismo de apertura tan sencillo como reconocible para nosotros? Estas preguntas no pueden ser respondidas sin saber quién edificó la instalación. Las opiniones están divididas, tanto entre los Aperturistas como entre los Precavidos. Solo se barajan dos posibilidades: fueron seres de otro planeta, o alguna organización secreta, gubernamental o no. Si la construyeron seres de otro planeta, ¿por qué provocarnos una situación como esta? Si por el contrario se trata de una operación militar encubierta o de un proyecto privado, ¿qué pretende? Lo cierto es que la estancia, un cubo de unos diez metros de lado, en el interior de la ladera del cráter, es impenetrable a la inspección de todos los instrumentos conocidos. No hay manera de saber lo que esconde sin girar esa manivela.

Los Aperturistas lo tienen claro. Fueran quienes fuesen los constructores de aquel sitio, no son de los nuestros, y su intención es ocultarnos artefactos, seres o información de inconmensurable valor. O al menos ese es su discurso oficial, porque, casualmente, entre sus simpatizantes se encuentra la enorme masa de población desahuciada tras décadas de crisis económicas, ecológicas y de salud pública. A ellos les arrastra un resentimiento general contra los gobernantes por su calamitosa situación, que se une a la sensación desesperada de que nada puede ir a peor. El antes opositor, Ludd Portman, supo aprovechar estos sentimientos al máximo y alcanzar así el poder con la promesa de abrir la puerta.

Hay una tercera hipótesis, contemplada con escaso interés por la comunidad científica, que considera que el búnker habría sido construido por seres humanos de una antigua civilización ya desaparecida. Tras enfrentarse a algo tan poderoso e incontrolable que los arrasó por completo, llevándose consigo todo rastro de su historia, nuestros antepasados fueron capaces sin embargo de encerrarlo tras esa puerta. Pero entonces, ¿por qué no sellarla?

5 minutos para apertura.

En una última embestida desesperada, los Precavidos lanzan un ataque aéreo. Cientos de bombarderos descargan su arsenal al tiempo que los misiles balísticos llueven con furia sobre los centros de mando y comunicaciones controlados por los Aperturistas a lo ancho y largo del globo terrestre. La señal procedente de los tres selenitas rebota en los repetidores en órbita lunar y sigue llegando intacta a la tierra, pero los canales oficiales ya no pueden seguir ofreciendo las imágenes. Medio mundo tiene los ojos vendados por unos instantes en los que se ve obligado a cambiar de cadena para seguir los acontecimientos a través de los medios de la insurgencia. La emisión de los Precavidos es la única que ocupa ahora el espectro radioeléctrico y ofrece el directo, desencriptado y sin retardos.

1 minuto para apertura.
—Bueno, compañeros, ahora que nadie nos ve, tengo que contarles algo muy importante —Vincent Cohen da media vuelta y encara a Larry Sánchez y Elisabeth Lee, atónitos ante las palabras de su comandante y ante el hecho de que, de forma inexplicable, porta un arma con la que les apunta—. Aquí se acabó nuestro trabajo. Volvemos a base.
—¡Traidor! —grita Elisabeth.

La selenauta se abalanza sobre el líder y ambos caen al suelo. Larry se acerca para separar a sus compañeros. Vincent rueda y se quita de encima a Elisabeth. Con el brazo derecho aún pegado al suelo, dispara el arma, acertando de lleno en el torso de ella. Larry intenta patear la mano del comandante, pero este la esconde a tiempo y sigue girando por el suelo en el mismo sentido. Larry aprovecha el instante en que está boca abajo para inmovilizarle clavando sus rodillas sobre él, con éxito parcial: su mano derecha sigue libre y dispara a la desesperada. Falla. Larry agarra su muñeca. Vincent repliega las piernas y se impulsa. Ambos se elevan casi medio metro del suelo, pero Larry no suelta su muñeca. En el aire, Larry le dobla el brazo con todas sus fuerzas mientras empuja su espalda con las rodillas. Mientras caen, Vincent suelta el arma. Acaba a varios metros de distancia de ellos. Larry se quita de encima al comandante, se levanta y salta hacia la pistola. Vincent tarda más en ponerse en pie; su brazo derecho cuelga como un peso muerto. Larry le encañona mientras se dirige hacia Elisabeth.

—¡Quédate donde estás!
—Dame el arma, Larry, esto es insubordinación. Dámela y hablaré bien de ti al tribunal de guerra.
—¡Cállate!

Larry comprueba con resignación que su compañera ha sido alcanzada en pleno tórax. Su traje destrozado no informa de sus constantes, pero al agacharse no distingue signo alguno de respiración. Se levanta y se dirige a Vincent con el arma amartillada.

—¡Debería matarte ahora mismo, hijo de puta!
—Tranquilo, Larry. Entiendo tu desconcierto. Pero no he tenido otra opción.
—¡Sí que la has tenido! ¡Podrías no haber apretado el maldito gatillo y matarla! ¡Eres un asesino! ¡Lo ha visto todo el mundo!
—Te equivocas, Larry. Solo nos ven desde Control Cheyenne.

Los rostros boquiabiertos de dos mil millones de espectadores le llevan la contraria. Comparado con lo que ven, el ataque a las torres gemelas de 2001 o el asalto al Parlamento Global de 2077 se antojan ahora escenas aburridas de telefilms baratos.

—Claro, has cortado las transmisiones para sabotear la misión.
—No, Larry, todo esto forma parte del… La muerte de Elisabeth ha sido una desgracia, pero el plan de la WSA era que volviéramos a base y diéramos paso a las grabaciones de estudio.
—Mientes. Eres un Precavido y pretendes sabotear la misión.
—Larry, nadie en su sano juicio quiere abrir esa puerta.
—¡¿Cómo que no?! Más de mil millones de personas, incluido nuestro presidente, Ludd Portman

La muchedumbre Aperturista jalea a Larry frente a las pantallas gigantes. Las familias Precavidas se estremecen en sus casas ante el giro de los acontecimientos. Por un momento habían pensado que Vincent era un infiltrado de su bando y pondría fin a la locura Aperturista. Ahora ya nada está claro, y el que empuña el arma no parece fácil de convencer. La muerte de Elisabeth Lee lo ha puesto aún más difícil para ellos.

—Larry, el presidente ha dado el visto bueno. De hecho… fue él quien propuso la mascarada desde el principio.
—Mientes. ¿Control? Aquí Revelación. Piloto Larry Sánchez al habla. ¿Control? Aquí Revelación…
—Larry, soy tu comandante…
—¿Control? Aquí Revelación. Piloto Larry Sánchez al habla.
—Puede que tengan problemas allí abajo. Ya sabes que estamos en guerra.
—¿Control? Aquí Revelación. Piloto Larry Sánchez al habla.
—Larry, sabes que tengo razón. Conozco al presidente personalmente.
—¡Cállate! ¿Cheyenne? ¡Joder Cheyenne! ¡Aquí Revelación!
—Mi esposa es familia lejana suya, ¿sabes? Prima segunda o como se diga.
—¡Te he dicho que te calles! —Larry alza más el brazo y le apunta a la cabeza. Le tiembla el pulso.
—Lo tenía claro desde un principio, Larry, desde que se metió en política aprovechando todo esto de la puerta. Una oportunidad de lujo, decía. Jamás la abriría.
—No pienso escuchar una palabra más. Voy a abrirla. Como te muevas lo más mínimo, date por muerto —Larry avanza despacio hasta la puerta, sin dejar de apuntar a Vincent.
—Larry, no quieres ser el responsable de esto.
—Sí que quiero. Y con mucho orgullo. Seré el responsable de seguir la voluntad del pueblo. ¡Aléjate, vamos! —Vincent no obedece.
—Larry, vamos a tranquilizarnos. Si me equivoco, podemos abrirla más tarde —Vincent avanza con ambas manos por delante, en gesto pacificador.
—¡Detente!
—No voy a hacerlo, Larry.
—¡Detente ahora mismo!
—No, Larry, no voy a parar hasta que…

El disparo alcanza en el muslo al comandante, que cae al suelo. Larry se derrumba, y de rodillas sobre el regolito, llora de frustración y rabia, tapando su rostro y su cámara con ambas manos. Vincent se arrastra y se acerca en un avance lento y tortuoso. Los espectadores pueden ver a Larry arrodillado junto a la puerta, cada vez más cerca. Tras unos segundos eternos, Larry destapa su visor, y al ver al comandante reptar con dificultad hacia él, se recompone y se levanta. Tira el arma y se gira, colocándose frente a la puerta. Sus manos asen dos barras de la manivela circular y comienza a girarla. El mecanismo cede con soltura. Una vuelta. Dos. Tres. Un sonido metálico, grave y profundo. La puerta se abre.

Al otro lado, todos pueden ver una estancia rectangular, vacía. Sus radios se llenan de estática. 1,3 segundos después, también las pantallas y los transistores de la tierra. Once segundos más tarde, el silencio.

Fin de la señal.

2 Comentarios

Archivos

Boletín de noticias

Sígueme

Etiquetas… ¡puag!