Opera Claudendo

O

Úrsula estaba acostada en uno de los cubículos más centrados. Tan cerca del eje imaginario del cilindro, la fuerza centrífuga que hacía las veces de gravedad tiraba de ella con mucha menos fuerza que en la cama de la casa junto al lago en la que Garú la había hospedado. Era una sensación agradable. Mientras esperaba a su anfitrión, se deleitaba con el espectáculo holográfico que se desplegaba ante sus ojos y los de millones de extraños espectadores. Las imágenes contaban la épica historia de su civilización, acompañadas de lo que debería ser música a la altura de las fastuosas escenas. Para ella, sin embargo, no eran más que una amalgama de sonidos solapados un tanto molestos. Por suerte, el dispositivo que llevaba acoplado a una de sus muelas le traducía al menos los tonos y los acordes de su lenguaje, que de otra forma resultarían indistinguibles para ella del fondo musical.

Tal como le dijo Garú, la ópera le estaba resultando muy didáctica. Úrsula estaba descubriendo su historia desde los primeros pasos que dieron como especie en su planeta natal, o al menos, los pasos que se contaban a ellos mismos. Aún mantenía un escepticismo cauteloso respecto de lo que Garú y los suyos relataban sobre su propia condición y, especialmente, de las razones que les habían llevado a visitar nuestro sistema solar. Aunque su nivel nivel intelectual y tecnológico era claramente superior al nuestro, necesitaba conocer más sobre su ética y su moral. No en vano se trataba de una especie depredadora: la misma ópera contaba cómo tuvieron que enfrentarse a otros predadores y cómo los vencieron a todos ellos, poniendo especial énfasis a cómo la hermandad frente a la adversidad era lo que los mantenía unidos y les llevó al ápex de su ecosistema. No sabía cuánto había de propaganda en la historia, pero intuía que bastante.

Las especies contra las que lucharon antes de acabar en lo alto de la pirámide y conseguir la paz del que no tiene rival aparecían como seres sanguinarios y monstruosos. Su planeta debió ser un territorio realmente hostil hasta que lograron someterlo. La ópera dedicó episodios enteros a algunas de las encarnizadas guerras. Tuvieron que enfrentarse a enjambres de criaturas aladas que parecían organizarse en sus ataques; como las hormigas o las abejas, había grupos dentro de la misma especie que se dedicaban a tareas concretas y perturbadoras: unos espolvoreaban una fina arena que les nublaba los sentidos, otros tenían un pico con forma de aguja que les atravesaba la piel y parecía envenenarles, otros succionaban las entrañas de los cuerpos sin vida, digiriéndolas y almacenándolas en forma de un néctar que que supuraban de una glándulas superficiales que otro último grupo libaba. Un guerrero dirigió a las tribus lejos de la costa, hacia las montañas, en busca de las cuevas donde habitaban las reinas de estos enjambres para darles muerte una a una. Más tarde luchaban contra criaturas que parecían una mezcla entre un felino gigante y un escorpión. Y luego contra serpientes que por alguna razón que no entendió los hacía enloquecer con su mera presencia. Pero el más terrorífico de sus enemigos, quizás por ser más reconocible que los demás, era una especie de pulpo de dimensiones gigantescas con gruesos tentáculos que se dividían una y otra vez como las ramas de un árbol hasta una miríada de finas agujas en sus extremos. Pudo ver con horripilante detalle como segaba las vidas de miles de ellos, no solo en sus rudimentarias embarcaciones o mientras buceaban en busca de alimento, sino, lo que era aún más sobrecogedor, también cuando se alzaba sobre la costa para engullir poblados enteros bajo su repugnante orificio central.

Por su parte, ellos no eran seres indefensos en absoluto. A pesar de ser alguien amable, educado, y aparentemente bondadoso, todavía le costaba reprimir el miedo que sentía cuando tenía cerca a Garú. Aunque en el espectáculo se les presentaba como seres amistosos y desvalidos salvo cuando seguían a sus héroes a la guerra contra los horrores que les acechaban, su aspecto era intimidante, y a su lado se sentía como una mera bolsa de carne blanduzca. Tenían una piel de un gris oscuro, extremadamente dura pero flexible que recordaba a trajes de neopreno, aunque por lo que Úrsula sabía siempre iban desnudos, pues su propia piel formaba parte de su sistema sensitivo electromagnético; según le contó Garú, su epidermis actuaba como una especie de antena. Con la tecnología con la que contaban, sin duda podrían disponer de tejidos para confeccionar ropa que no interfiriera con ella, pero la cuestión era que no les interesaba lo más mínimo. De hecho, cuando le preguntó por qué no se vestían, Garú le contestó: “Sois vosotros los que deberíais modificaros para no tener que llevar siempre algo encima, ya tenéis la tecnología para poder hacerlo y ni siquiera os lo planteáis. Claro que llevando vuestros aparatos reproductores al aire, y con vuestra… peculiar forma de engendrar…” Luego hizo varias veces un gesto golpeando su aguja contra el suelo, que según le había explicado era algo parecido a nuestra risa. A Úrsula le parecía siempre un gesto amenazador, y seguía sin poder evitar ponerse alerta cuando Garú se reía. Porque esa era la parte de su cuerpo que más le intimidaba: su larga cola acabada en una aguja retráctil de algo parecido al diamante. Sus dedos también escondían uñas que podrían despedazarte con un leve gesto de la mano, pero rara vez las enseñaban y no las movían con tanta ligereza para gesticular. A ella le parecía que llevaban una maldita espada de Damocles siempre a punto para darle una estocada. Recordó a Keanu, su gato, y se preguntó como sería vivir con él si al final de su cola también tuviera una uña en forma de aguja. Claro que estos gatos medían casi dos metros y su cola otro tanto. Echó un vistazo alrededor: las paredes de su cubículo no le dejaban ver a sus vecinos, pero de vez en cuando vislumbraba la punta de alguna cola desvelando su aguja para señalar algo en el escenario. “En realidad,” se dijo a si misma para tranquilizarse, “salvo en esta representación, nunca les había visto usarlas para otra cosa que para gesticular. Ya ni siquiera se alimentan de seres vivos como hacemos nosotros. ¿Qué pensará él de mí? ¿Le darán miedo mis dientes?” Sonrió. “No seas boba, si acaso le parecerán algo repugnante”.

De todas formas, tenía claro que si se tratara de unos simples monstruos sin empatía alguna por el resto de las especies, sin duda estarían más que perdidos: les llevaban siglos, quizá milenios, de ventaja tecnológica. Solo en este hábitat convivían casi mil millones de ellos, y según le explicó Garú, en su sistema había cientos de miles de construcciones similares, algunas de dimensiones tan descomunales que podrían alojar en su interior a cientos de cilindros como en el que ahora se encontraban. Pero claro, eso es lo que él le contaba, y aunque no le había dado pie a desconfiar de él, ponía en duda cada una de sus afirmaciones. No le terminaba de convencer su explicación de por qué esta era la primera nave que salía de su sistema. Según decía, era por su ciclo de apareamiento.

El holograma mostró un sol naciente sobre un océano en calma, y se hizo el silencio. De repente escuchó el tintinear de miles de agujas entrechocando. Por encima de las paredes de su cubículo pudo ver como sus vecinos unían las puntas de sus colas a lo alto, en respuesta a la llamada del océano. Claro, ella no la escuchó, el “cántico” era electromagnético. Según le dijo Garú, tenían que acudir al océano de su planeta natal, y no en cualquier momento: de forma azarosa e impredecible, tras decenas, a veces cientos de años de silencio, el mar les avisaba por la mañana con “el cántico”, y llegado el crepúsculo debían estar preparados para el ritual de apareamiento.

Los progenitores eran “voces complementarias”: parejas, tríos o cuartetos completamente formados, como los vecinos de su cubículo, con un lazo de unión tan fuerte que no se separarían lo más mínimo hasta el fin de sus días, fin que podía no llegar nunca. Si alguno, por desgracia, fallecía de muerte no natural —por otro lado, la única que podían padecer—, el resto del grupo caía en un estado de aflicción tal que llevaba a la languidez y la muerte; el lazo no podía volver a formarse con un elemento nuevo. Al nacer eran seres incompletos; les faltaba su voz, o sus voces complementarias. Ahora les resultaba fácil agrupar a sus hijos con prontitud, pero en otro tiempo los neonatos podían llevarse años hasta llegar a la madurez, y los viajes y encuentros a lo largo de las pequeñas poblaciones repartidas por la costa eran numerosos. Justo ahora los hologramas mostraban una de esas odiseas desde el ritual de apareamiento, el regurgitar de los diamantinos huevos, su eclosión y el crecimiento de las desvalidas crías durante el viaje, hasta la enorme alegría del encuentro. Esta peculiar forma de reproducirse hacía que no se alejaran demasiado de su planeta, y era la explicación que Garú le daba a que no exploraran las estrellas. Pero esa respuesta abría muchas preguntas más. Si los adultos eran virtualmente inmortales, ¿no había nadie interesado en dejar de reproducirse y alejarse en busca de nuevas tierras? Si no se alejaban por la razón que le daba, ¿qué había cambiado ahora? Y sobre todo, si para estar completamente formados debían unirse en parejas, tríos o cuartetos, ¿qué era Garú? Desde luego, no parecía un ser incompleto.

Por fin, el holograma se desvaneció y unos pequeños puntos surgieron desde una esfera metálica que flotaba a la altura del imaginario eje del hábitat. Debían ser los actores saliendo a escena. Se colocó el visor auxiliar como Garú le había indicado, y efectivamente allí estaban. Eran un trío que se separaba, alejándose del centro y dejando una estela de algún material fluorescente —¿o quizás era holografía?—, hasta formar los radios equidistantes de un círculo que ahora comenzaban a dibujar. ¿Danza? No era su fuerte.

Empezaba aburrirse. ¿Por qué tardaba tanto Garú? Tras contemplar numerosas y preciosas pero soporíferas filigranas dibujadas mediante hábiles movimientos en tirabuzón, en un baile cuya mecánica desconocía pero por la que ya había perdido la curiosidad, Garú abrió la trampilla del suelo sin llamar, emergió de ella en toda su imponente estatura, para luego introducir la cola por el agujero de su diván, antes de recostarse sobre él.

—Ya era hora, casi te lo pierdes todo.
—¿El holograma? Ya lo he visto cientos de veces. ¿Te ha gustado?
—Sí, ha sido muy… didáctico, como dijiste. Esta parte es más aburrida, llevan horas bailando, cantando y haciendo dibujos en el aire. Supongo que será bellísimo, pero la verdad es que yo no sé apreciarlo.
—¿Te cuento un secreto? Yo tampoco. —Garú rió con su gesto de desenfundar la aguja y golpetear el suelo con ella. Úrsula dio un respingo una vez más—. Perdona, no pretendía asustarte.
—No te preocupes, soy yo la que debería acostumbrarse.
—Fíjate, creo que he llegado justo a tiempo. Van a cerrar la ópera, es el último movimiento.

Los tres alienígenas se acercaban a una velocidad endiablada hacia el centro imaginario del eje del cilindro, con sus brazos extendidos como buscando un abrazo, y las colas alzadas por encima de la cabeza. Al unísono, justo antes de encontrarse, dieron un último grito formando un acorde final, desenfundaron sus agujas y se atravesaron con ellas los pechos, unos a otros, quedando entrelazados y girando a gran velocidad. Regueros de glóbulos de su sangre azulada se esparcían hacia el exterior. Una siniestra lluvia fúnebre que pronto caería sobre los espectadores.

—¡¿Pero qué?!
—¡Chsss! No te muevas. Dicen que aquel al que le caiga en gracia una gota de su sangre, jamás se cansará de vivir.

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