Estupor epifánico

E

“Era mi séptimo turno de noche en el hospital psiquiátrico. Mis compañeros no se quejaron demasiado cuando salí al pasillo a hacer una ronda, y por su actitud quedaba claro que nadie iba a acompañarme. Un auxiliar incluso bufó, sin atreverse a ponerle palabras a lo que opinaba de mi comportamiento. Nadie quería que aquello se convirtiera en costumbre. Había un acuerdo tácito entre los profesionales, si es que tenían la indecencia de llamarse a sí mismos usando esa palabra, para hacer el mínimo esfuerzo en los turnos de noche.

Ellos y yo no tenemos la misma idea de lo que representa ese mínimo. Sólo dos de las habitaciones, las de los inmovilizados, tienen cámaras de seguridad. En el resto de estancias podrían estar haciéndose daño a sí mismos, entre ellos, o sufriendo cualquier episodio sin que nos enterásemos de nada. Qué mínimo que hacer una ronda cada hora, o al menos, cada par de horas. Mis compañeros no opinaban igual que yo. Preferían dormir, leer o incluso estudiar, soltando cualquier excusa peregrina para desatender su obligación con nuestros pacientes. Otra enfermera me llegó a decir que ni de coña se iba a poner a andar por ese pasillo de noche, con lo miedosa que era. Yo, ingenua de mí, le contesté que el celador estaba obligado a acompañarnos en las rondas. Todavía no conocía a Gregorio.

Así que me acostumbré a hacer las rondas sola. Me estaba acercando a la habitación de Lidia, con la imagen fresca aún de la semana pasada. Puedo afirmar sin reparos que la semana anterior le salvé la vida. Si hubiera sucumbido a la presión de grupo y me hubiera dejado llevar por la indolencia de mis compañeros, Lidia estaría muerta. La habríamos encontrado sin vida por la mañana, desangrada. Como premio por mi trabajo, me gané la imagen grabada en mi retina de la pobre chica acurrucada en el centro de su cama, con las sábanas empapadas de sangre. Eso y… bueno.

Lidia ya no estaba allí, había sido trasladada. Su habitación, a la que me acercaba, la ocupaba un paciente peculiar, pero muy fácil de llevar. No recuerdo su diagnóstico concreto, pero sus cuidados eran mínimos. Era muy joven, apenas hablaba, y era inofensivo, pacífico, casi cariñoso. Y aunque no lo hubiera sido, era tan poca cosa, tan escuchimizado, que no representaría ningún peligro para mí. Para él mismo tampoco lo era, no tenía la astucia ni la determinación necesarias para llegar a desarrollar episodios autolíticos sin ayuda. No era como Lidia. Pero a pesar de que sé todo eso, aunque entonces también lo sabía, me acerqué a su puerta temblando.

Usted ya sabe lo demás. Me asomé a la puerta, y allí estaba acurrucado igual que Lidia, como una imagen superpuesta a la que ya tenía grabada en mi retina. Todo exactamente idéntico: la postura, los brazos, las piernas, cada pliegue de la sábana… todo.”

—Salvo la sangre —dijo el médico, señalando con su pluma un punto de su libreta fuera de su vista.
—Salvo la sangre —repitió ella.
—¿Por qué cree que Alejandro imitaría la postura de Lidia?
—No lo sé. A lo mejor… —Lola abrió la boca para continuar, pero luego se detuvo—. No lo sé.
—Porque él no sabía nada de lo de Lidia.
—No, no podía saberlo, Alejandro acababa de ser ingresado.
—Entonces, ¿cómo es posible que imitara al detalle la postura de ella?
—No lo sé.
—Está bien, volvamos entonces… Avancemos, a la siguiente noche.
—¿Otra vez? Ya le he contado eso.
—¿Te importa repetírmelo? Quiero comprender lo que pasó.

“Está bien. Estaba ese otro paciente, el profesor de matemáticas. Normalmente los pacientes cuentan cosas sobre su vida, muchas de ellas se las inventan. Pero no era este el caso. El profesor sufría algún tipo de estupor leve, o depresión grave, usted sabrá mejor que yo el diagnóstico. Así que lo de que era profesor de matemáticas lo sé porque me lo explicó con detalle el doctor Gómez Calvo, que tenía un especial interés en él. Me dio indicaciones de que le avisara de cualquier comportamiento, el que fuera, que se saliera de su habitual inactividad. El profesor, Eduardo, no hablaba, siempre miraba al infinito, y no se movía si no se le acompañaba.

Era muy difícil conseguir que se alimentara; recuerdo que una compañera perdía la paciencia con él y se quejaba de que el médico no le pusiera un suero “y punto pelota”. Pero para el doctor Gómez Calvo, el profesor era un paciente especial, y vio pronto que yo podía ser su aliada en el centro en este caso. Él sabe que el resto de compañeros son unos vagos, cuando no directamente unos negligentes. Así que a los pocos días de entrar a trabajar en el hospital, me contó su historia y se encargó de que, siempre que pudiera, fuera yo la que cuidara de él.

Eduardo era una eminencia reconocida en la rama que estudiaba de las matemáticas. No sabría decirle cuál era exactamente, pero tenía algo que ver con los fractales. Yo no sabía mucho sobre eso, pero mi novio es informático y me enseñó dibujos hechos por ordenador. Algunos son muy bonitos, pero otros, los que están en tres dimensiones, a mí me dan un poco de grima, la verdad.

Eduardo llevaba años internado, sin progresar en absoluto desde el trauma que tuvo en la facultad, fuera el que fuese. Hasta entonces era una persona completamente funcional, a nivel profesional, social y familiar. Tiene mujer y una hija, aunque creo que ella está tramitando la separación. Sus visitas eran frecuentes al principio; Gómez Calvo pensaba que sus estímulos podrían sacarle del estupor, incluso le puso esa maldita pizarra en la habitación, pero al final la gente se cansa. No la culpo; aunque esté físicamente sano, Eduardo es prácticamente un vegetal. De un día para otro pasó de ser un miembro ejemplar de nuestra sociedad y el sustento de su propia familia, a convertirse en una carga para todos. Sin aviso, en mitad de una clase, se quedó mirando a su pizarra, de espaldas a todos sus alumnos, y desde entonces no había hecho ni un solo gesto voluntario. Así de simple y de duro.

Yo tenía órdenes muy claras del doctor de avisar de cualquier cosa que hiciera Eduardo, el día que fuera a la hora que fuese. Por eso me sacaron de mis casillas mis compañeros esa noche y se lió la que se lió. Cuando entré en la habitación de Eduardo casi me desmayé. Recuerdo que en el camino de vuelta a la enfermería tuve que pararme varias veces, apoyarme en la pared y soportar las arcadas como pude para no vomitar. Cuando entré en la enfermería y en lugar de ayudarme me negaron el acceso al teléfono, no pude evitar enfrentarme a ellos… Y pasó lo que pasó. A Antonia solo le di un puñetazo, diga lo que diga el informe de lesiones de Gómez Calvo. Si no estuviera tan alterada habría pedido que se la llevaran y la evaluaran en el hospital general cuando se hizo la víctima. Pero claro, no me imaginaba que el doctor también estaba en mi contra.”

—¿Puedes explicarme con detalle lo que viste en la habitación del profesor?
—Ya lo sabe —Lola resopló.
—Cuéntamelo otra vez, por favor. Es importante para el proceso.
—El profesor estaba de pie, frente a la pared, pintando con tiza. La pizarra… —Lola temblaba, alzando la mano para imitar su gesto—. La pizarra estaba completamente llena del mismo dibujo, repetido una y otra vez, desde el centro. Incluso por fuera de ella, en la pared, el dibujo se repetía, cada vez más grande, y él seguía ampliando ese maldito patrón.
—Y ese patrón, era…
—¡Los pliegues de la sábana de Lidia!¡¿Por qué me pregunta, si ya lo sabe?! —Lola hundió su rostro entre sus manos, impotente.
—Y en el centro, Lola, ¿qué había? —El doctor se inclinó hacia adelante.
—No lo recuerdo, no puedo… —contestó entre lágrimas.
—Lola, intenta recordar, ¡tú eres la única que lo ha visto!
—¡No lo sé! ¡No lo sé, hijo de puta! —Lola se levantó con los ojos inyectados en sangre y lágrimas, y golpeó la mesa con las dos manos— ¡Sacadme de aquí ya, cabrones! ¡Yo no he hecho nada! ¡No estoy loca!

Los antiguos compañeros de Lola entraron para inmovilizarla y sedarla. Se revolvió como pudo, les pateó y les gritó, pero era inútil resistirse. Ella debería saberlo bien.

El doctor hundió los codos en su mesa y se atusó las pocas canas que le quedaban. El maldito Gómez Calvo se seguía saliendo con la suya. Ya hacía dos años desde la desaparición del doctor, y no conseguía ningún progreso con Eduardo ni con Lola. Sus meticulosas construcciones se derrumbaban invariablemente al llegar al centro de la pizarra, y la frustración empezaba a atormentarle. Se repetía una y otra vez que el sufrimiento que le causaban a Lola merecía la pena, pero ya no estaba tan seguro. En la catedral de su mente, lo que comenzó como una pequeña abertura en la cara interior de su linterna, se había propagado inexorablemente hacia abajo; las grietas se habían abierto paso, dilatándose incansables, hasta los cimientos mismos de su conciencia.

Miró su informe, infructuoso como siempre. Si continuaba así, no avanzaría un solo grado más. Ni un peldaño más en la escalera de la sabiduría y el poder. ¿Y si estaban todos equivocados? ¿Y si eran solo unos estúpidos arrogantes por pretender arrojar luz donde solo había ignorancia? Sus manos temblaban mientras buscaba en el archivador. Apartó su informe, y colocó el ajado papel sobre la mesa. El diagnóstico emitido por Gómez Calvo estaba ratificado por los más eminentes médicos de su logia. Lo contempló una vez más, esta vez bajo el prisma escéptico que la duda le compelía a utilizar. Estupor epifánico. Una suerte de parálisis ante la revelación divina. ¿Pero cómo podían dos simples palabras definir algo tan complejo? ¿O sería acaso algo más sencillo lo que ocurrió? Tal vez el profesor no viera nada. Tal vez solo se le cruzaran los cables. Tal vez esas dos palabras, estupor epifánico, no definieran al enfermo, sino al médico. Tal vez, esas dos palabras nos definen a nosotros.

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