Utopía líquida

U

El grupo de chat encriptado de los administradores de nivel 0 echaba chispas.

wwinthesun: Wow! Es una noticia estupenda!
syslog99: No, no lo es. Quieren comprar nuestra idea para acabar con ella. Fuck the corps!
buildinghigher: “Wow! Es una noticia estupenda!”: Bueno, con cien mil millones podríamos hacer cosas muy interesantes.
logan07: ¿Tú que opinas bootstrap?
logan07: Solo has publicado el mensaje que te mandó la G.
logan07: ¿No dices nada?

Clara estaba encogida en su silla en una postura inverosímil, con su gata echa un ovillo en su regazo. No podía apartar la vista de la pantalla, y se chupaba un dedo sin notar apenas el sabor a hierro de la sangre que succionaba sin parar; se estaba quedando sin piel que mordisquear de los alrededores de sus uñas. Se decidió a contestar. El gesto fue demasiado brusco para el gusto de Cosa, que saltó y se marchó airada, no sin antes lanzarle una mirada acusadora. Cualquiera diría que acababa de matar un bebé.

bootstrap: Me preocupa mucho el tono del mensaje. Especialmente eso de “nos entristecería mucho tener que abordar la adquisición desde otro enfoque”.
wwinthesun: mmm, vaya
syslog99: Es su forma de actuar. Si no te pueden comprar, lo siguiente es la extorsión. Y luego…
logan07: ¿Creéis que serían capaces?

4 usuarios escribiendo… 3,2 usuarios escribiendo… syslog99 escribiendo… 5 personas online. Nadie contestaba, porque la respuesta era más que evidente.

Clara estaba muriendo de éxito. Ni en sus sueños más húmedos habría imaginado que llegaría a alcanzar un punto tan alto como el que ahora pisaba. Y ese era precisamente el problema, que se había lanzado a escalar el maldito Olimpus Mons sin saber si quiera si tenía miedo a las alturas. Y resulta que lo tenía. Vaya que si lo tenía. Habría que ser una puñetera máquina para no sentir vértigo ante lo que estaba viviendo.

Tampoco es que su carrera hubiera sido una decisión consciente. Cuando lanzó la primera aplicación, no pensaba que cinco años después iba a estar gestionando un monstruo con más de 5000 millones de usuarios activos en todo el mundo para tomar decisiones y gestionar una media de 2,3 horas de producción al día. Siempre había pensado que el problema del ser humano era que dedicamos poco tiempo a las cosas que de verdad importan, y no le faltaba razón; lo que ahora estaba empezando a comprender era el abrumador significado de las cifras cuando se hablaba alegremente sobre el “ser humano”.

Clara dirigía, si es que se podía llamar dirigir a lo que ahora hacía, una empresa con cuyos productos se decidía en qué se usaban y cómo se gestionaban más de 11.500 millones de personas-hora de dedicación cada día. A sus 32 años, si ella dedicara 8 horas al día a una única tarea todos los días sin descanso hasta jubilarse, se acercaría a las 100.000 horas producidas. Esa cantidad de horas la invertían sus usuarios unas 115.000 veces al día. Dicho de otra manera, si Clara se empeñara en completar una única tarea, día tras día, arruga tras arruga, cana tras cana, hasta convertirse en una ancianita adorable que tejiera bufandas de colores como su madre hacía ahora mismo… si esa tarea se pudiera realizar en paralelo, sus usuarios tardarían 0,75 segundos en realizarla. Flip. Se le había quedado grabada la sensación de insignificancia cuando chasqueó los dedos la primera vez que hizo los cálculos. Desde entonces lo hacía a menudo para recordarlo. Flip: dos carreras y siete trabajos vacíos. Flip: una catedral, como el loco del anuncio de refrescos. Flip: cientos de vidas salvadas en algún hospital. Flip: el sueldo de una vida. Flip: el de otra. Flip, flip, flip, flip. Más rápido que el segundero de un reloj, e igual de imparable.

Pero por más que aquello la estresara, por más que la ansiedad le ganara algunas batallas, no pensaba abandonar esta guerra. Se sentía responsable de lo que había creado, de la esperanza que depositaron en ella sus usuarios, y sentía que estaba haciendo lo correcto. A veces desearía que fuera otro el que llevara la carga, pero ya era demasiado tarde para eso. Automatizaban todo lo automatizable, y ya no tenía más que tomar decisiones estratégicas a medio y largo plazo, que ni siquiera tenían por qué llevarse a cabo sin la aprobación de las bases. Pero su influencia era enorme. Ella siempre sería la fundadora. La creadora. Así que por más que lo deseaba, le era imposible escabullirse: le tocaba dar ruedas de prensa, combatir a los difamadores o lidiar con políticos y lobbies. Esto ya no era tan gracioso como cuando tenía unos cientos de seguidores y los trolls solo le pinchaban con frases estúpidas y memes. Ahora los trolls llevaban traje y corbata, defendían a una cartera de accionistas furiosos, y además de los memes y los fakes, ahora tampoco dudaban en usar la justicia, los bajos fondos policiales o la política de altas esferas para hundirla a ella, con la esperanza de arrastrar con ella a su creación.

La idea de la primera aplicación era sencilla. Tan sencilla que no entendía cómo a nadie se le había ocurrido antes. Siendo justos, había mucha teoría al respecto y la idea en sí se había puesto en práctica con anterioridad, pero en unos círculos tan cerrados y oscuros como la academia, la política y las empresas privadas. Ella la llevó a la gente. Usando algo tan tonto como una aplicación para ponerse de acuerdo para salir con los amigos.

Su grupo de amigos era un desastre para eso. Podían llegar a estar horas sin decidirse en si esa noche iban al cine, a casa de Max, o a cualquier bar a tomar unas cervezas. Si al final por una afortunada alineación de los astros se decidían por algo, había que hablar de cómo iban a ir. “No tengo para un taxi”. Y cuando. “¿A qué hora? Que mañana curro”. Por favor. Y cómo iban a volver. “Yo conduje la última vez, me toca beber”. Qué pereza. “Yo me estoy apalancando, creo que me rajo”. En fin. Así que un día pensó: “tiene que haber una aplicación para esto”.

Pues no. No la había. O al menos no tan flexible y sencilla como a ella le gustaría. Probó montones de aplicaciones, pero no le convenció ninguna. Así que expandió el área de búsqueda y por fin acabó descubriendo el concepto de democracia líquida. Se enamoró al instante. Se leyó hasta el último paper sobre el tema, y cuando vio que no se había aplicado a la mundana tarea de salir a echar un rato con los amigos, se descargó el código fuente de un proyecto de software libre y se puso manos a la obra. En una semana ya tenía un prototipo bastante decente.

Fue un fracaso absoluto. Sus amigos eran vagos e indecisos hasta para eso. Alguno ni siquiera llegó a instalarse la aplicación. Otros se hacían los tontos “Ah, perdona, vi la notificación, pero no entendía de qué iba la cosa”. Claro, eres capaz de resolver ecuaciones diferenciales de segundo orden y no sabes como funciona una aplicación que me he currado para que la entienda hasta mi madre. Tócate los cojones.

Y cuando menos se lo esperaba, con la ayuda de la persona que menos se hubiera imaginado, la bola de nieve se formó y empezó a descender. Esperaba acabar el año nuevo con esa chica. Joder, era un crush en toda regla que la salvaba de otro fin de año en el mismo local con sus mismos amigos y sus mismas aburridas conversaciones. Entró en su local a comprar tabaco, y cuando se dio cuenta ya estaba con ella fuera, dejándose agarrar por la cintura y buscando el siguiente sitio donde perderse con ella. Parecía, quería que la arrastrara en su río de hormonas con ese liderazgo sutil pero firme hacia su puñetera cama. Pero no fue así. Se encontraron con una, dos, tres personas más en cada local, y acabaron siendo un grupo de más de quince, cada cual más freak que la anterior. Su crush les guiaba a todos de garito en garito como una fuerza de la naturaleza, suave pero imparable. Hasta que, cuando salieron de uno de los bares, simplemente desapareció.

Se dio cuenta entonces de que no sabía cómo se llamaba; y peor aún, ni siquiera tenía su número. Quizás fuera el alcohol. Quizás fuera que todos le preguntaban por Cherry. ¿Cherry? Pues ese sería su nombre. En cualquier caso, a la cuarta vez que le preguntaron por ella, empezó a pasarles la aplicación. Les dijo que así irían donde estaba Cherry. La mentira le salió sin pensar, pero qué más le daba, no conocía a nadie. Si la usaban, puede que no se quedaran todo el rato ahí fuera pasando frío sin acabar de decidirse, hasta que llegara la inevitable desbandada general. Se la pasó a otro, y a otra más. Empezaron a compartirla. Puede que el tono oscuro y las animaciones de neón que había usado fueran más atractivas en una noche de borrachera. Y la usabilidad estaba al nivel adecuado. Como para un niño, como para un anciano. Como para una panda de borrachos medio drogados, de fiesta en Año Nuevo.

Al final cambió el deseo de que Cherry la poseyera por el entusiasmo de que hubiera casi veinte personas desconocidas usando su aplicación, y por la excitación de verla funcionar en directo. Le parecía increíble que se pudieran tomar las decisiones con esa agilidad entre gente tan dispar, y descubrió que había algunos para los que el juego de usarla ya era lo bastante divertido en sí mismo; que no les importaba tanto dónde ir, como tomar parte de la decisión final.

A mitad de la noche, sin embargo, el grupo se escindió en dos. Se habían formado dos grupos claros con gustos afines diferenciados, y como era natural, en una de las votaciones decidieron no seguir el juego. Ese grupo se quedó en el local en el que estaban bailando, y ella se fue con el otro, que siguió usando la aplicación y buscaba un sitio más tranquilo, una tetería o algo por el estilo. Más tarde se enteraría de que aquellos que se quedaron bailando no desinstalaron la aplicación, sino que montaron un grupo aparte. La bola de nieve no solo crecía, sino que se multiplicaba. La avalancha sería imparable, aunque en el momento de la separación, Clara pensó que el efímero sueño tocaba a su fin.

Aprendió mucho de aquella noche, y retocó la aplicación para ajustarla a lo que había experimentado. Pero la cosa no había hecho más que empezar; las descargas subieron como la espuma y reventaron con el año nuevo chino. La decisión de no usar ni una sola palabra en la interfaz de usuario había sido todo un acierto. Selfies, ubicaciones, iconos, emojis, calendarios y relojes. Ni inglés, ni español, ni mandarín. Su aplicación era la nueva lingua franca.

Y ahora, cinco años después, la seguía siendo. Ampliada, mejorada y personalizada para cientos de nichos diferentes; pero siguiendo la misma filosofía de la democracia líquida, era el sistema que se usaba para gestionar la toma de decisiones en cientos de miles de empresas y asociaciones, organizaciones no gubernamentales por todo el globo, y finalmente, ayuntamientos, administraciones regionales y hasta algún pequeño estado. Joder, si hasta el candidato demócrata a gobernador de California lo llevaba en su programa. A lo mejor era eso. Había llegado demasiado lejos.

Odiaba ser una figura pública. Odiaba estar siempre en el punto de mira. Era consciente de que el próximo ataque de ansiedad podía ser el último, así que tenía que ponerle fin a esta locura o la arrastraría con ella al mismísimo infierno. Pero por encima de todo, si seguía habiendo una única persona que representara la imagen de Liquid Utopia, sus enemigos siempre tendrían un punto débil al que atacar, una persona a la que acosar y derribar para tumbar el movimiento con ella. No pudo evitar esa trampa en su momento porque le cogió desprevenida al principio; si hubiera sabido que esto llegaría tan lejos lo habría hecho todo desde el anonimato, y ahora solo sería bootstrap, un nick cualquiera en la pantalla de sus ordenadores. Aunque tal vez entonces no habría funcionado, quién sabe. Parece que en aquellos primeros pasos su imagen sirvió de ayuda, a pesar de lo que Clara opinaba de sí misma y sus dotes cara al público. Pero ya no tenía sentido seguir aguantando todo esto. La organización seguiría funcionando sin ella, y los enemigos se quedarían sin puntos débiles que atacar. Esta oferta de la G le brindaba una oportunidad de oro, así que era el momento de despedirse, de poner punto y final a su escalada en lo más alto: antes de esperar en el borde del precipicio a que la empujaran, prefería lanzarse ella misma.

Encrypted private chat with user syslog99:

bootstrap: Es el momento.
syslog99: Lo sé. Dime una hora y mando al equipo.
bootstrap: A las 13:37, por supuesto.
syslog99: Ja ja, no sé si es buena idea dejar una pista así, pero bueno. Es tu muerte, así que tú decides.
bootstrap: Estoy cagada de miedo, Cherry.
syslog99: Todo saldrá bien.
bootstrap: Prométeme que cuidarán de mi madre y de Cosa.
syslog99: ¿No te vas a llevar a Cosa?
bootstrap: He pensado que sería muy cruel dejar tan sola a mi madre.
syslog99: Lo entiendo. Tendremos que dejar que nos adopte otro adorable ser supremo 🙂
bootstrap: Sí 🙂 además a Cosa no creo que le gustara mudarse con nosotras. Te odia a muerte 😀
syslog99: Casi tanto como yo a ti.
bootstrap: Te digo lo mismo que les he dicho a ellos. Don’t be evil.

2 Comentarios

  • Una historia de ciencia ficción tecnológica digna de un episodio de «Black Mirror». Tiene ese tono oscuro, melancólico, profundo, amenazador, triste, centrado más en la humanidad, y, más concretamente, en un solo ser humano, el protagonista de la historia, que en la avanzada tecnología. Es decir, en las consecuencias que esta puede provocar. Aunque en este caso la culpa la tienen las grandes compañías, devoradoras de sueños con su ambición.
    Un saludo, Roberto.

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