Dr. Romaoñartxe

D

—¿Cómo que no podemos volver?¡¿Se han vuelto locos?! —vociferó Ortega.
—¿De verdad le extraña, alférez? —replicó el Dr. Romaoñartxe, levantando la vista del microscopio y mirándole por encima de la montura de sus gafas de cerca—. ¿Tal y como están las cosas ahí abajo, y con la exquisita diplomacia que destila su capitán aquí arriba?

Llevado por la indignación y la cólera, Ortega pateó la pared del módulo de investigación con ímpetu, olvidando por un momento dónde se encontraba y la física que regía ese tipo de exhibiciones de fuerza en microgravedad. El dolor de los golpes que recibió en la espinilla y en la nuca se lo recordó en un instante. Consiguió detener sus giros caóticos agarrándose a una tubería, poniendo así fin a su vergonzoso baile. El doctor cabeceó con desaprobación y volvió a pulsar el play de su flamante ITT SL50. El cassette volvió a girar, y Pastora Imperio continuó su interpretación del pasodoble “Viva Madrid”. Ortega se lo tomó como la invitación a marcharse que realmente era aquel gesto de indiferencia ante sus desmanes.

A pesar de su apellido, el doctor Harkaitz Romaoñartxe no llegó a pisar jamás las vascongadas en los sesenta y tres inviernos que pronto cumpliría. Su padre, hábil comerciante bilbaíno, odiaba al suyo propio con un resentimiento tan desmedido, que cuando se casó con la farmacéutica madrileña que fue su madre, juró no volver nunca más al norte. El ahora doctor en ciencias geológicas y el mayor experto del Eje en la nueva rama de la astrogeología nunca llegó a conocer a su abuelo. Su apellido, sin embargo, le acompañaba a las estrellas y moriría con él, fuera en el cielo o en la tierra. Quién le iba a decir a Peio, que ni siquiera llegó a ver a Günther Rall pisar la Luna, que su hijo celebraría su sesenta y tres cumpleaños orbitando Ilus, el primer asteroide troyano de la Tierra, y de momento el único descubierto.

Durante su estancia en Alemania se había preguntado muchas veces por qué su padre no cambió su apellido, si tanto odio le tenía a su abuelo. Si consiguió mandarle a estudiar a la universidad de Munich librándole de ser llamado a filas durante la guerra civil, con seguridad podría haber tramitado un simple cambio de apellido. Según aprendió más tarde, su padre era un hombre con contactos influyentes en la administración de la república en aquella época. Podría haber borrado esa cicatriz de un plumazo. Quizás fuera por eso, quizás quería tener una cicatriz que no le permitiera olvidar un dolor pasado, una marca que le recordara un error que no podía permitirse volver a cometer. Nunca lo sabría. Los nombres de Peio Romaoñartxe y María Campoamor estaban tallados sobre la piedra en el memorial de los caídos en Guernica por la Bomba Fallida.

Que su padre muriera cuando rompió su promesa de no volver nunca más a su pueblo natal era una cruel ironía del destino. El nombre que se le dio a la bomba que los soviéticos lanzaron en Guernica era también una cruel ironía, pero esta no fue obra del destino, sino de la propaganda. Sin embargo, era un nombre adecuado, especialmente cuando se aludía al evento en sí, que incluyó el lanzamiento de dos artefactos en las cercanías de Bilbao.

El primer artefacto tuvo un radio de acción mucho más bajo de lo esperado, y aunque acabó de un plumazo con la vida de unos pocos miles, entre los que se encontraban sus padres, la famosa bomba fláccida e indudablemente fálica del Guernica de Dalí era un símil bastante acertado. Por otro lado, el segundo artefacto, en Durango, no llegó a detonar, dándole así al Eje una información valiosísima sobre el estado de la tecnología soviética. El poder destructivo de aquellos prototipos era ridículo en comparación con lo que pronto asolaría Moscú. Los rusos no debieron precipitarse si no estaban seguros de tener totalmente a punto su arsenal nuclear, y lo pagaron caro. “Les arrasamos. Y desolamos su tierra. Una buena venganza por la muerte de mis padres, si alguien me pregunta”, pensó. Harkaitz había contribuido a esa venganza como Geólogo Jefe para al programa del Eje, ayudando en la prospección y la explotación de numerosos yacimientos de uranio en territorio español.

Los americanos se apresuraron en demostrar que estaban a la altura, borrando a Japón del mapa y forzando a lo que quedó del Eje a firmar la paz a regañadientes. No había otra opción si no querían que el desastre ecológico que ya sufrían acabara por enterrarles a todos. Además, un contraataque supondría que los aliados descargasen el resto de su arsenal sobre la Europa continental. Y al fin y al cabo, todos sabían que incluso Hitler recelaba de los japoneses, aunque antes de que se firmara la Pax Universalis nadie se atreviera a decirlo en voz alta.

Desde entonces vivían en un estado de competición interminable entre las dos potencias, una carrera sin fin que avivaba el fuego del progreso militar y científico, pero sobre todo, la llama exploración. Todas las fronteras del mundo que no habían quedado ya marcadas por el fuego se marcaron con la pluma de aquel tratado. Cada pedazo de tierra tenía dueño ahí abajo; pero el espacio, el espacio era para los pioneros. El espacio era para los valientes y los temerarios. Y la Hispanidad, para mayor infortunio del Dr. Romaoñartxe, estaba repleta de ellos. Los españoles eran la punta de lanza del Eje en el espacio.

Él hubiera preferido la tranquilidad de su posición como Geólogo Jefe en Madrid, pero acabó destacado como científico de abordo en la Avanzadilla de Explotación Exterior por culpa de una serie de malas decisiones. O mejor dicho, por culpa de malas palabras en malos momentos proferidas a las personas equivocadas con la muy mala leche por la que su mala lengua se caracterizaba.

“Españoles, Franco ha muerto”. Débil como les llegaba la señal, desdibujado como estaba el rostro del General Povedilla, todos pudieron ver hace días en la Telefunken del puente que su rostro no era el del líder que alcanza por fin la ansiada cúspide del poder, sino más bien la del funcionario que, llevado por las inexorables corrientes de arrastre de la burocracia, acaba en un puesto de gran responsabilidad que no pretendía, no comprendía, y ni siquiera sabía como había llegado a ocupar. Para su desgracia, para la de todos los españoles, y como parecía por los últimos comunicados que estaban recibiendo, para la de todo el Eje, este funcionario recién ascendido no podría escaquearse pidiendo una baja por depresión. Más probable sería una inminente baja por conspiración. O más concreta y legalmente, por defunción.

Harkaitz alejó sus cansados ojos del microscopio, tomó unas últimas notas sobre la pequeña muestra, procedente de una primera prospección a escasos metros bajo la superficie de Ilus, y se desabrochó del asiento. Si no tomaba cartas en el asunto, el borracho del capitán “Barbalpiste” —como a él le gustaba llamarlo, por las migas que nunca se molestaba en quitarse de la barba—, acabaría permitiendo que les mataran a todos. Ortega era un mecánico testarudo y chapucero que bien podría haberse quedado trabajando en el taller de su pueblo, viendo pasar las horas y los conatos de clientes mientras se fumaba cajetilla tras cajetilla en la puerta, pero el muy condenado tenía razón. Pretender dejarlos colgados allí arriba no tenía ni pies ni cabeza, más aún sabiendo cómo se las gastaban los exploradores españoles.

Se dirigió al puente flotando, con los pies por delante. Estaban todos reunidos en silencio ante el televisor, esperando en vano que el presentador del telediario dejara de hablar de la última victoria del Real Madrid y les contara qué demonios iba a pasar con la Avanzadilla de Explotación Exterior. Harkaitz se colocó delante del aparato, de espaldas al resto, y lo apagó. Luego, ignorando los leves bufidos de queja, se giró lentamente en un intento de imprimirle solemnidad al gesto.

—Compañeros. Capitán —comenzó, saludando con un asentimiento al oficial al mando, que le correspondió con un movimiento lento y torpe de su cuello que evidenciaba lo ebrio que estaba—. Nuestra situación es crítica, pero no insalvable. El nuevo gobierno del general Povedilla nos ha dado la espalda, ha cancelado el programa de Explotación Exterior y nos ha condenado a una muerte segura al denegarnos la vuelta a la Tierra. Por lo que sabemos, esto se debe a su incompetencia —Se oyeron los murmullos de aprobación que esperaba.—, pero principalmente, a un profundo desconocimiento de la situación. Desde la muerte de Hitler, el enemigo ha intentado por todos los medios boicotear nuestra expansión en el espacio, y resulta evidente que el desdichado fallecimiento del Generalísimo ha significado la espoleta de salida de su último ataque. Desconocemos los pormenores de este nuevo acuerdo de No Proliferación Espacial, pero es del todo inadmisible que se abandonen a su suerte las tripulaciones de los exploradores que arriesgamos nuestras vidas por el bien de la Hispanidad y del Eje.

El puente estalló en aclamaciones. El capitán miraba sorprendido alrededor y alzaba su botella pensando que aquello era una fiesta. El doctor hizo un gesto de calma con ambas manos, y volvieron a la tranquilidad poco a poco. La escasa tripulación —alférez, subteniente, brigada, sargento y cabo— pasó de vociferar a golpetear en las paredes y tuberías metálicas con sus gemelos en señal de aprobación. Todos a excepción del pobre Peláez, porque el uniforme del único marinero a bordo del navío no llevaba gemelos, y del capitán, que seguía sin enterarse de nada y decidió acomodarse un poco para descansar la vista ahora que volvía el silencio.

—Como les adelanté anteriormente, no toda esperanza está perdida. Como decía, el general Povedilla ha firmado sin duda el infame acuerdo por un profundo desconocimiento de la posición de poder en la que realmente se encuentra. Una posición que con toda seguridad es la verdadera razón por la que los capitalistas han forzado la firma del acuerdo. Contamos con una flota de más de quinientos navíos espaciales en diferentes órbitas alrededor de multitud de cuerpos celestes del sistema solar interior. Nuestra flota constituye una amenaza terrible para el enemigo. Y antes de que argumenten que la Avanzadilla de Explotación Exterior no dispone de capacidad de ataque, piénsenlo dos veces —El doctor hizo una pausa, y alguno dio señales de comprender—. Nos han empujado a una situación en la que nuestra muerte es segura, de manera que si tenemos que morir, bien podemos morir matando.

Alguien arengó “¡Por la patria!”, y el ambiente se caldeó. Entre los vítores de patriotismo se mezclaron insultos y maldiciones al enemigo y a los burócratas del propio Eje. “¡A la mierda todo ya, vamos a reventarlos!”, escuchó gritar. No le interesaba que les invadiera la ira suicida, aquello solo era una herramienta necesaria para conseguir el control y convertir a esos palurdos en una amenaza convincente que les diera la oportunidad de salir con vida. No podía permitir que su ansia de venganza diera al traste con su plan. Antes de que la cosa fuera más, Harkaitz alzó la voz.

—Tranquilos, compañeros, tranquilos. Sé que todos lanzarían la Pinta proa a Washington sin dudarlo y morirían a bordo de ella con orgullo, y yo el primero. Pero aún hay una oportunidad de detener este disparate. Recuerden que la Pinta es el único navío espacial con capacidad de empuje nuclear suficiente para mover asteroides de gran tonelaje, pues para eso precisamente fue diseñada. —Hizo otra pausa, dejando tiempo para que comprendieran. La tripulación no tardó en cruzar miradas esperanzadoras—. Efectivamente. Podemos usar al Ilus como bala de cañón. No es mi especialidad, de modo que me he comunicado con mi colega a bordo del Santa María, y me ha proporcionado los cálculos de navegación necesarios para convertir el Ilus en el proyectil más potente jamás lanzado sobre la Tierra.


“Sin embargo, hay un pequeño problema. —Lanzó una mirada despectiva al capitán, que ya roncaba sonoramente. Los demás también negaron con la cabeza—. Como sabéis, hace días que no hemos vuelto a obtener respuesta alguna de la flota ni de la Tierra. Pero antes del corte de comunicaciones, mi compañero me envió un mensaje. En un nuevo alarde de incompetencia de nuestros superiores al mando, el Almirante de la flota le arrestó, ¡acusándole de alta traición! —La indignación llegó a cotas tan altas que el griterío de la tripulación hizo que el capitán abriera ligeramente los ojos y echara otro trago de su botella—. ¡Pero la providencia ha querido que pudiéramos recibir las débiles señales de televisión procedentes de la Tierra, que nos muestran la vergonzosa razón de nuestro aislamiento, desvelando así quiénes han traicionado realmente a nuestra patria! —Señaló con vehemencia al capitán, que por fin despegó del todo sus párpados para ver con pavor que los ojos encendidos de la tripulación se clavaban en los suyos—. ¡Ellos son los verdaderos traidores!¡Ortega, relévelo del mando por incompetencia!”


A Peláez, cómo no, le tocó la parte más difícil. Llevaba más de diez horas en el tajo, fuera de la Pinta, separado del frío espacio exterior únicamente por su viejo traje. Y aún así, se estaba asando ahí dentro. Su propio sudor lo empapaba todo, y el aire que respiraba se volvía cada vez más espeso. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que le estaban entrando retortijones, y las vibraciones de las explosiones nucleares de popa no ayudaban. Y encima, los cabrones que estaban dentro tocándose los huevos, le hacían por radio chascarrillos sobre el tema.
Se concentró en su cometido. Ya había pasado una vez por el infierno de hacérselo dentro del traje, y de ninguna manera quería repetir la experiencia. No moriría cagándose encima.


Con la proa de la Pinta ya firmemente afianzada al asteroide, el ahora capitán Ortega había descubierto que el mecanismo automático de desenganche no sería lo bastante rápido como para afinar la puntería y soltarlo a tiempo de poner sus vidas a salvo. Así que, en contra de la enérgica oposición del Dr. Romaoñartxe, que acabó arrestado y confinado en la bodega, tomó la única decisión posible. El navío empujaría aquella enorme piedra en dirección a la Casa Blanca hasta el final, acompañándola en su trayectoria suicida.


Peláez montaba ahora sobre el dorso de la Pinta, asiendo los cables de desenganche manual como las riendas de un grácil caballo andaluz. Aunque la imagen perdió su glamour en el momento en que sus compañeros dieron con la canción adecuada y empezaron a cantarla por radio. Casi podía verlos en el puente, bebiendo y bailando como en Nochebuena. Sonrió, golpeando con la mano el casco de la Pinta como si fuera el lomo de un animal, al ritmo de la canción. Menudos hijos de puta.


“¡Arre borriquito, arre burro arre!¡Arre borriquito que llegamos tarde!”


—Señor, el Dr. Romaoñartxe ha picado el anzuelo —dijo Kissinger, pulsando el botón más bajo del tablero del ascensor—. El asteroide se dirige ahora mismo hacia Washington. La operación Strangelove III ha salido tal y como estaba planeada.
—¿Que hay de los medios?
—Tenemos el espacio radioeléctrico controlado, señor. Nuestros ciudadanos creerán a pies juntillas nuestra versión de los hechos. El público general no sabe nada de los intentos de los fascistas de comunicarse con la Pinta, y estamos haciendo circular algunas versiones conspirativas falsas para los más escépticos.
—¿Y ellos?
—Los fascistas no tienen ni idea de lo que está pasando; no han descubierto a nuestro agente en la Santa María ni tampoco nuestras señales de televisión dirigidas a la Pinta. No paran de disculparse por el incidente y aseguran que nos compensarán por los daños que se produzcan.
—Bien. Ya nos compensarán con sus cadáveres. Por cierto, Kubrick ha hecho un trabajo excelente con los vídeos. Es una pena que no haya sitio para todas sus cintas en el búnker —contestó el presidente, mirándole con una suspicaz sonrisa.

Una gota de sudor frío resbaló por la frente de Kissinger, que se revolvió mirando con disimulo hacia abajo. “¿Lo sabría el presidente?”. Había una imperceptible protuberancia en la chaqueta del Consejero, a la altura del corazón. Se alisó el pliegue delator, encogiendo la barriga y tragando saliva justo a tiempo de que se abriera la puerta del ascensor, a trescientos metros bajo el edificio del Pentágono.

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