Sangre azul

S

El alegre monstruito embadurnado de arena que tenía por hija se acercó corriendo desde la orilla, directa a la nevera. Ángela cerró el libro precipitadamente y lo apartó, sin tiempo de marcar la página. Alzó rauda una mano para evitar que pisara su inmaculada toalla y se levantó para atenderla.

—Para, para. Ya voy yo, que lo vas a llenar todo de arena. ¿Qué quieres, agua?

Marina quitó la mano de la nevera, dejando su palma dibujada en la tapa. Se quedó mirándola un rato como si fuera una pintura rupestre, y no le contestó con un asentimiento mudo hasta que se agachó junto a ella y le repitió la pregunta. “Ya está. Está pensando. Me van a caer diez mil ¿por qué? Y yo sigo engañándome a mí misma trayéndome el libro, cuando en toda la semana no he podido pasar del capítulo cuatro”. Ángela se hizo la loca y sacó la botella, pero no se escaparía tan fácilmente. Tras dar un largo buche, le devolvió la botella pringada de arena y algas y la miró con esos preciosos ojos azules contra los que no tenía defensa alguna.

—¿Mami, qué es el factor C?

Por Dios santo. Estaba acostumbrada a la ávida curiosidad de su hija, y aún así no dejaba de sorprenderla. Había desarrollado estrategias para guiarla cuando ella misma no podía aportarle más de lo que la pequeña absorbía de los libros y los programas educativos que tenía en su tableta. Pero primero tenía que saber de dónde venía la pregunta.

—Así de repente no me suena, ¿dónde has leído sobre ese factor C?
—No lo he leído en ningún sitio, me lo ha dicho una conchita con rabito.

De acuerdo. Entonces no era una pregunta de las de bucear en la enciclopedia. Era una de esas situaciones en las que mezclaba su fantástica imaginación y su conocimiento con el entorno, dándole forma a algo nuevo. Marina estaba creando una de sus historias. Su hija no solo era una aspiradora intelectual; también era la criatura más empática, sensible y creativa que conocía. Le gustaba pensar que había salido a su madre, y no tardaba un segundo en presumir de sus ocurrencias ante sus amigas, pero sabía que la superaba con creces. Y de su padre tampoco le venía tanto talento; salvo que llevara una vida de brillo y color oculta debajo de sus trajes grises, su exmarido era el epítome del aburrimiento y la mediocridad.

—Entonces, ¿por qué no le preguntas a la conchita?
—Lo he intentado, pero ella me habla al oído así. —Se cubrió una oreja como si su mano fuera la concha —. Pero no sé cómo hablarle yo a ella.
—Pues prueba con el rabito, a lo mejor es una antena.

Los ojos de Marina se encendieron de ilusión y la premió dándole un abrazo y un beso que le cogió por sorpresa, para luego salir corriendo de nuevo hacia la orilla dando brincos de emoción. Ángela se quedó embobada unos segundos viéndola alejarse. Se levantó y se sacudió la arena y las algas, pero no la sonrisa orgullosa que lucía. Sacudió su toalla y pensó en Mark. Mark estaría orgulloso de ella. El intrépido viajero le esperaba con deseo en el capítulo cinco. Lo sabía porque ya había hojeado unas páginas más adelante, descubriendo algunas palabras clave.


Leyó el resto del capítulo cuarto con ansias, casi sin prestar atención, hasta zambullirse en el quinto. Se retrepó en la toalla y se cubrió con pudor con el pareo. Se fijó en su top y luego echó un vistazo a ambos lados por si alguien la miraba. Aunque no diera señales de estar excitada más allá de una ligera mordida de su labio inferior de vez en cuando, o las dos pequeñas protuberancias en su bikini, no podía evitar sentirse observada cuando disfrutaba de esas partes de las novelas. Pero qué demonios, eso también le daba un punto picante al momento. Su momento. “Conchita con rabito”. Era la voz de su hija repitiéndose en su cabeza. “Espera. ¿Qué clase de concha que podías ponerte en la oreja para escuchar el sonido del mar tenía un rabo?”. Su momento se perdió, describiendo una espiral como las del famoso molusco, descendiendo hacia el fondo de un oscuro sumidero oceánico.

Se rindió y se levantó. Sentía curiosidad y una ligera preocupación por lo que estuviera haciendo su hija en la orilla. Pronto vio al acercarse que no estaba sola; jugaba con tres niños de edades dispares. Uno de su edad, otro más pequeño, y un tercero que ya era prácticamente un adolescente. Y sin embargo todos parecían preguntarle a ella y enseñarle con orgullo sus logros, que consistían en túneles que escarbaban con dedicación en la arena; uno por cada uno de ellos y otro más grande en el centro. Una dedicación un tanto peligrosa, porque en su elaboración se adentraban de cabeza en ellos.

—¿Qué hacéis, Marina?
—Refugios —dijo el púber, adelantándose con orgullo—. Para cuando se despierte mamá montaña.


Ángela estaba completamente segura de que la idea no se le había ocurrido al hombrecito en ciernes. Así que miró a Marina, y con los brazos en jarras, le espetó:

—Me parece que la ingeniera de mamá montaña no está cumpliendo con los estándares de seguridad. No dejes que tus obreros se metan de cabeza en los túneles.
—¡No nos va a dar tiempo! —replicó Marina desde el túnel más grande, sin dejar de cavar—. Y no soy la ingeniera de mamá montaña.
—Marina. ¡Sal de ahí ahora mismo y mírame a la cara cuando te hablo! —La pequeña salió a regañadientes, pero sabía perfectamente que estaba haciendo algo que su madre no aprobaba—. No os metais de cabeza en la arena. ¿Por qué no probáis a cavar con los pies?
—¡Buena idea! —contestó Marina—. Ven, ayúdanos con el tuyo aquí.
—No pienso pringarme de arena.
—Sabía que dirías eso. Por eso ni lo he intentado. Pero es muy importante. Cuando mamá montaña se levante las conchas vendrán y harán sus hoyos también. Así sobrevivirán.
—¿Eso te lo ha dicho la concha con rabito?
—Sí, ya se ha ido a la reunión en el fondo del mar, pero pronto volverá con sus hermanas a la orilla. Dice que mamá montaña está muy enfadada. Cree que se va a levantar y entonces todos tendremos que refugiarnos.
—¿Y por qué está enfadada mamá montaña?
—No lo sé, no he podido preguntarle porque el rabo no es una antena. ¿Sabes lo que es el factor C o no?
—No, hija, no sé lo que es el factor C —reconoció al fin—. ¿Qué te ha dicho sobre eso la concha?
—Es que no la he entendido muy bien. ¿Sabías que usan la sangre de las conchas con rabito para preparar las vacunas?
—¿Qué?
—Su sangre es azul y nosotros la usamos para preparar vacunas y medicinas. Es su manera de controlarnos, pero no se qué del factor C y ahora mamá montaña está enfadada, se va a levantar y va a clavar su pincho tan hondo que va a sacar fuego del fondo de la tierra y los océanos hervirán y todos vamos a morir, ¡por eso hay que construir los refugios!

A veces, como ahora, Marina la desbordaba. En estas ocasiones era mejor darle manga ancha mientras no hiciera nada peligroso. La dejaría hacer, pero tenía que asegurarse de una cosa.

—Está bien, avísame cuando terminéis los refugios. Pero prométeme que los haréis con los pies. Si os metéis de cabeza y se hunden os podéis asfixiar, y entonces no habrá ni conchas con rabito ni mamá montaña que os salve. ¿Me lo prometes?

Marina asintió y se puso sin dilación a la tarea, experimentando con la nueva técnica y enseñando a los demás a escarbar con los pies.

Ángela se dio media vuelta y volvió en dirección a su sombrilla. Al final no le había preguntado cómo era la concha esa con rabito que se había ido a una reunión en el fondo del mar. Qué cosas tenía la puñetera. Se sentó en la silla junto a la nevera. Le había entrado un poco de apetito, así que prepararía unos panecillos. Seguro que Marina acabaría hambrienta de tanto jugar en la arena, si es que a eso se le podía llamar jugar. Recordaba vagamente las historias que ella inventaba cuando era pequeña para jugar con sus amigos, y ciertamente había dragones y pegasos y magia y guerra, pero… ¿Factor C?¿Vacunas con sangre azul?¿Una concha del tamaño de una montaña que provocaría… el maldito apocalipsis? Le sobrepasaba.

Se lo tomó con calma. Preparaba el tentempié con la dedicación de un budista elaborando su mandala de arena, sabiendo que el largo trabajo no perduraría una vez finalizado, pero agradeciendo la paz y el equilibro interior que le brindaba el proceso. Estaba untando tranquilamente un cuarto panecillo cuando escuchó un inconfundible chillido de su hija. Le gritó a alguien “¡Que me dejes!” y vino corriendo hacia ella, llorando. Detrás le seguía un señor velludo, grande, moreno y gordo como un ogro. Ángela se encendió de rabia y saltó de la silla tirando el cuchillo y el panecillo, y avanzó hacia ellos con más ganas de encarar al estúpido garrulo que de consolar a su hija, que de todas formas la ignoró y pasó de largo en dirección a la sombrilla.

—¡Espero que tenga usted una razón de peso para hacer llorar a mi hija!
—Eee… Las… —Señaló hacia su hija y hacia la orilla alternativamente, intentando que le salieran las palabras. Por fin se quedó señalando a Marina, que había cogido algo del suelo y se acercaba furiosa—. ¡Su oreja!

La respuesta la dejó tan desconcertada que no tuvo tiempo de parar a su hija, que se abalanzó gritando y corriendo hacia el hombre con el cuchillo de untar en la mano. Por suerte, el hombre no tuvo problema en detenerla y la abrazó como un oso a un pequeño zorrillo, y a pesar de sus gritos y sus pataleos, el cuchillo cayó al suelo. Estaba intentando calmarla. Toda la playa les miraba ahora. Cientos de ojos curiosos deseando saber lo mínimo, que sería poco, para juzgarles. Pero bajo la mezcla de asombro y vergüenza de Ángela había una horrible sensación de impotencia ante la injusticia. Su hija no reaccionaría así sin que la provocaran. Se acercó intentando mantener la compostura. Y entonces lo vio. Marina tenía la oreja izquierda y el pelo de alrededor impregnados de un líquido viscoso y azul.

—¿Qué es eso?¡¿Qué le has hecho?!
—¡Yo no he sido, señora!

Suficiente. Eso era suficiente para iniciar el procedimiento, y ya se acercaban abogados, fiscales, y sobre todo jueces, decenas de ellos, para formar rápidamente un corro en lugar de los hechos. El hombre soltó a Marina, y Ángela intentó consolar a su hija, que tras el ataque de ira, ahora no paraba de llorar y repetir: “vamos a morir todos”. Le limpió la oreja y el pelo como pudo. Era asqueroso, estaba empapada de aquel mejunje, pero aparte del sofoco, su hija estaba bien. El hombre, tartamudeando al principio, comenzó a explicarle lo sucedido. En voz deliberadamente alta para que le oyeran los curiosos que ya se agolpaban para escuchar a las partes antes de lanzar su veredicto. Al menos les concedieron eso.

—La niña se ha puesto uno de esos bichos en la oreja y se lo he quitado, nada más. Son como cangrejos con una cola puntiaguda, tienen pinzas por debajo, y ella se había pegado uno a la oreja. Podía haberse hecho daño y se lo he quitado, nada más, señora. Luego el bicho ha soltado el líquido ese azul y se ha llenado entera. Nada más. Y luego la niña se ha puesto como una fiera conmigo.
—¿Pero qué bicho es ese?¿Dónde está? —preguntó Ángela, intentando desviar la atención lejos de su hija.
—En la orilla, han salido un montón del agua. Venga usted, venid y lo veréis, ¡está toooda la orilla llena!

Ángela no tenía ninguna prisa por verlas. Si por ella fuera, recogería las cosas y se iría de allí. Ahora que había conseguido redirigir el interés de la multitud hacia la novedad que representaba la aparición de las criaturas en la playa, podía ocuparse de tranquilizar a su hija y terminar de limpiarla. Usó su pareo para eliminar todo rastro del mejunje de su oreja. Pero descubrió que del oído de su pequeña rezumaba de nuevo aquel espeso líquido azul, manando desde el interior de su conducto auditivo en pulsos lentos pero constantes. La cogió en brazos. Si la criatura era venenosa tendría que explicar con detalle en urgencias qué demonios le había hecho eso a su hija. La muchedumbre se dirigía hacia la orilla, como niños dispuestos a disfrutar de una atracción de feria. Ángela les siguió con Marina pegada a su pecho. Ella no paraba de repetirle al oído: “Te quiero, mamá, te quiero”.

La masa humana avanzaba lentamente hacia el mar. Era un conjunto caótico que caminaba guiado vaga pero inexorablemente por sus instintos primarios en un apacible silencio fúnebre. A medida que Ángela se acercaba a la manada, sus preocupaciones desaparecían. El abrazo de su hija le producía una sensación de unidad que iba más allá de lo físico o lo espiritual. Acariciaba la espalda de su cría como ya había hecho antes con su propio vientre abultado. No había diferencia, no había frontera. Se adentró en el grupo como una única persona, nueva y antigua. Se fundió con la manada, que pronto quedó hipnotizada por el impulso vital del océano primordial que llevaba dentro de sí misma desde que surgiera la vida. Esa pulsión ahora procedía de fuera, y la hacía temblar de emoción y abandono con la cadencia de las olas. A lo lejos, como si la tierra diera a luz un nuevo planeta, emergía del mar una protuberancia inabarcable para la vista, tan vasta que sus mentes solo lograban percibir que el horizonte se curvaba cada vez más y más.

Cientos, miles de cangrejos, como pequeñas cacerolas arrastrando sus largos y afilados mangos, se afanaban en salir del agua y escarbar pequeños túneles en la orilla. Ancha como era la playa, parecería que se fueran a quedar sin espacio para esconderse bajo la húmeda arena. Pero no se quedarían sin espacio.

Ante la atónita y estúpida mirada de la manada de primates, los miles se desvelaban millones. Pues el océano, con ritmo profundo y arrollador, retrocedió, retrocedió y retrocedió.

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