Tranvía segador

T

Todos contienen el aliento en la sala de control. Otra vez. Este es otro de los momentos cruciales en la segunda misión de la Planetship, la mayor nave espacial reutilizable en funcionamiento. Por todo el mundo, millones de personas llevan un buen rato siguiendo la retransmisión. Todo ha ido funcionando con la precisión de un reloj suizo. La primera fase ha sido recuperada, la extensa carga ha sido puesta en órbita. En breve, si todo sale bien, los brazos robóticos de la Planetship introducirán en su bodega el telescopio espacial Hubble, y podrá viajar de vuelta a la Tierra para ser expuesto en el Smithsonian.

—Diez segundos para poda —avisa una voz femenina en la retransmisión en directo.

La base del largo soporte de la antena del Hubble se enciende como una cerilla. Un fuerte fogonazo inunda la pantalla. La imagen vuelve. La antena ya no está.

—¡Poda completa!

En la sala de control solo hay ovaciones, manos que chocan, pulgares arriba y algún que otro abrazo. Al fin y al cabo, era la primera vez que se amputaba parte de un satélite usando explosivos.

Antes de lanzar la Planetship se mandó el comando al Hubble para replegar las antenas de comunicaciones de alta ganancia, pero al parecer estaban atascadas. Se decidió que la mejor manera de deshacerse de ellas era detonando unos pequeños explosivos militares cerca de la base. Noel Skum había dejado claro en las redes que era la NASA, y no CosmosZ, la que definió los parámetros de la misión. Así que no faltaba quien decía que su empresa podría haber cargado el Hubble en la bodega con las antenas desplegadas, y que todo era una excusa para hacer pruebas para el departamento de defensa.

La maniobra de atraque del Hubble prosiguió como se esperaba, y pronto se cerraron las puertas de la bodega, a la espera de volver a la Tierra el día siguiente. El ambiente se relajó en la sala de control. Pero uno de los ingenieros de la sala no paraba de consultar sus pantallas, negando con la cabeza. Cogió el teléfono y llamó.

—Aquí centro de control de CosmosZ. No me llegan sus datos de radar. ¿Algún problema?
—No, ninguno. Pero no tenemos señal de la basura espacial producida en el rango orbital esperado.
—¿Puede comprobar si ha aparecido algo nuevo en órbitas más altas?
—Un momento.

Mientras esperaba respuesta, no paraba de pulsar el pequeño botón de su bolígrafo, sacando y ocultando la punta una y otra vez.

—Hay un candidato. Le mando los datos.

Se suponía que la explosión debería haber empujado a la antena hacia abajo para desintegrarse a los pocos días en la atmósfera terrestre. Pero tanto en perfil como en tamaño, los datos de radar que le acababan de mandar coincidían con los de la antena y los escombros de la explosión. Eran como los que habían simulado previamente, solo que estaban en una órbita más alta. La basura tardaría años en caer, pero no afectaría a la misión. El marrón lo tenían ahora los de relaciones públicas. Podría dormir con eso.

#

Blue Start, la empresa del multimillonario de la logística, tampoco se quedaba atrás. Tras la adquisición de Smallehigh Aerospace, se había convertido en pionera en infraestructuras orbitales, con varias estaciones inflables ya en órbita y otras tantas en proyecto. Su enorme estación insignia, la New Adam Smith, estaba sentando las bases para iniciar la quinta y última revolución industrial, la que llevaría las fábricas al espacio.

Con cuatro plantas diferenciadas y una tripulación de doce personas, el gigantesco cilindro de veinte metros de largo por quince de ancho tenía el tamaño de una nave industrial, nunca mejor dicho. Aún así, parecía quedarse pequeño por la cantidad de prototipos de celdas robóticas de ensamblaje, mesas de impresión 3D, hornos, centrifugadoras, tornos, máquinas de control numérico y robots soldadores, por mencionar algunos de los equipos que se probaban allí y que algún día poblarían las fábricas espaciales del futuro.

Por su tamaño, pero sobre todo por su peligrosidad, algunos experimentos quedaban fuera de la nave. Era el caso del centrifugador SHS. Gracias al preciso control de gravedad por aceleración centrífuga, estaba obteniendo resultados prometedores en la síntesis autopropagada a alta temperatura de carburos metálicos. Desde una de las ventanas del módulo de atraque de popa, el enorme centrifugador parecía un hisopo, uno de esos bastoncillos que tanto trabajo dan a los otorrinolaringólogos. Solo que daba vueltas, uno de los extremos tenía un color rojo incandescente, y un grueso cordón umbilical le unía desde su centro al módulo de atraque.

—¿Que hace, doctor? ¿Mirando el quemaorejas en acción? Me muero por un cigarro —dijo Harold.

Peter ni se había percatado de que el centrifugador SHS estaba encendido, miraba a lo que había más abajo. La Tierra. Estaban pasando por encima de su casa. Se preguntaba si ella le estaría mirando también.

—Pero si no has fumado en tu vida, Harold —contestó al fin.
—Precisamente por eso —Harold pasó flotando por detrás, guiando con un solo dedo un bulto con la etiqueta “desechos orgánicos”.

Peter tenía que reconocer que las ocurrencias de Harold hacían un poco más llevadera la estancia, aunque a veces pensaba que podían ser un mecanismo de defensa mental para afrontar tantas semanas encerrado con un trabajo tan poco gratificante. Harold tenía tres carreras y hablaba cuatro idiomas, pero allí alguien tenía que encargarse de las tareas de mantenimiento. Sin embargo, en el último chequeo que le hizo solo mostraba los típicos signos de desgaste físico de los siete meses que llevaba en gravedad cero. Ni rastro de problemas mentales. De hecho, era el que mejor puntuaba en la escala de Beck.

Si le preocupaba que a alguien se le fuera la cabeza realmente, era al Capitán. Ya había informado a control, y le dijeron que lo gestionara como pudiera hasta que llegara la nueva tripulación y volvieran a casa. Que relevarlo del mando no sería bueno para la confianza de la tripulación. Así que le quedaban dos meses encerrado en un globo salchicha con un tipo al mando que se despertaba cada día creyendo que nos habíamos estrellado con algo e íbamos a morir todos. Magnífico.
Hablando del rey de Roma…

—Doctor Lewis, tengo que hablar con usted —dijo seriamente el Capitán, entrando en el módulo con los pies por delante.

Según le había confesado en una sesión, empezó a moverse así desde que en una de sus pesadillas, Julia acababa decapitada al asomarse por la puerta del módulo. A Peter no le pareció mal que lo hiciera si eso le tranquilizaba, pero le sugirió que tuviera alguna otra excusa preparada para cuando alguien le preguntara.

—Dígame, Capitán —dijo Peter, girándose para estar de frente.
—¿Cree que esto es un juguete? —llevaba en sus manos una hoja de 50cm de carburo de tungsteno.
—Claro que no, señor, es uno de mis…
—Es un arma potencial —le cortó en seco el Capitán.

Harold, que venía de vuelta, se hizo notar dando un golpe bien sonoro con su llave inglesa en una tubería metálica.

—Con el debido respeto, Capitán, en esta nave sobran las armas en potencia —le dijo, apoyando la llave inglesa en su otra mano.
—A usted nadie le ha…

TWREEECK.

Un pitido desagradable les interrumpe.
—¿Qué alarma es esa? —pregunta Peter.
—Se parece a la de maniobras, pero un poco más fea —dice Harold, asegurando la llave inglesa en el cinto.
El Capitán está paralizado. Sus ojos se empiezan a inyectar en sangre.
—¿Capitán? —vuelve a preguntar Peter.
TWREEECK.
—¡La alarma de colisión! —grita el Capitán, acercándose al interfono.
—Mierda, mierda, mierda —balbucea Peter, buscando un asiento.
—¿Cuanto tiempo tenemos? —pregunta Harold.
—¡¡Todos al módulo de popa, YA!! —grita el Capitán por los altavoces.
TWREEECK.
Treinta segundos para colisión —dice una voz enlatada.
—¡No les va a dar tiempo! —grita Harold.
—¡Siéntate Harold!¡Es una orden!
TWREEECK.
Alguien entra. Es Julia. El Capitán le tiende la mano.
Diez segundos.
TWREEECK.
—¡Aseguraos! —grita el Capitán.
TWREEECK
Y cerró la compuerta.

#

Peter volvió en sí. Iluminado por las tenues luces de emergencia, el módulo de atraque no parecía tan acogedor como cuando venía a tomarse un descanso o a pasar consulta a sus compañeros. Tampoco ayudaba la intermitente iluminación de las ventanas, ni el fuerte olor a sangre.

—¿Estáis bien? —aventuró.

Tres voces respondieron que sí. Buena cosa.

—¿Quien está sangrando? —preguntó de nuevo.
—Yo —dijo Harold—. Pero como no te des prisa no será por mucho tiempo.
—Voy para allá —contestó.

Se quitó el arnés y se impulsó al frente. No acabó donde esperaba. Había algo de gravedad hacia la popa. Se agarró a la pared. Al acercarse pudo ver la grotesca fuente de líquido rojo. A Harold le faltaba una mano.

—Necesito más luz —dijo mientras se acercaba al armario médico.
—Hay que reiniciar el módulo de energía, se habrá apagado por seguridad —dijo Harold—. Julia, ¿puedes acercarte al panel de tu derecha?
—Sí, voy a ver —dijo Julia, que se desabrochó y se acercó como pudo.
—De izquierda a derecha y de arriba a abajo, bájalo todo —dijo Harold, extenuado—. Cuando… acabes, lo vuelves… a subir… en el mismo orden.

Julia siguió las instrucciones de Harold. En algún momento saltaron chispas del panel, pero para cuando terminó, al menos tenían luz. Y él tenía sus medicinas, material quirúrgico, y el medigel. Podía hacer su trabajo.

Julia le ayudaba con el material, y agarraba a Harold de la otra mano para darle ánimos, y podía ver como parecía tomarle sutilmente el pulso. Mientras operaba, cayó en la cuenta de que el Capitán no había dicho más que un monosílabo desde el accidente. Estaba de espaldas a ellos, mirando la pantalla junto a la puerta.

—Capitán, ¿situación? —dijo.
—Están todos muertos —balbuceó el Capitán—. Todos… muertos.
—Todos no —espetó—. Quedamos cuatro aquí. Así que céntrese. Capitán, ¿situación?
—La nave…Ha sufrido muchos daños. El centrifugador la ha destrozado —le contestó el Capitán.
—Tengo que soltar el cordón del SHS —le dijo Julia.
—Está bien, yo me ocupo de Harold —dijo.

Estaba claro que Julia era la única en sus cabales aparte de él. Debería tenerlo en cuenta en adelante. Siguió con su trabajo. El medigel facilitaba las cosas, pero no eran las mejores condiciones para operar. No se sintió especialmente orgulloso cuando terminó, pero podía decir que le había salvado la vida a Harold.

—Hay otra cosa —dijo el Capitán, dándose la vuelta mientras se secaba las lágrimas—. Nos hemos quedado sin soporte vital. Nos quedan diez personas—hora de oxígeno. No tenemos vehículo de escape, y el rescate más temprano posible sería en nueve horas, desde la estación espacial internacional.

Pues la situación era complicada entonces. Con suerte podría salvarse uno, y podrían quedarle secuelas.

—¿Son realistas esas nueve horas? —dijo.
—No tenemos comunicaciones —le contestó el Capitán—, pero deben de estar al tanto, y si yo estuviera allí, ya estaría preparando la misión de rescate.
—Descontad… mis horas —dijo Harold, casi sin fuerzas.
—No te hagas el héroe —dijo Julia—. No vamos a matar a nadie —y luego miró al Capitán—. Y nadie se va a suicidar. ¿Está claro?

Tenía que pensar en algo. Y rápido. Echó un vistazo a su alrededor. Aquello parecía un siniestro hospital de campaña. Al fondo de la popa, pudo ver la hoja de carburo de tungsteno junto a la mano cercenada de Harold. “Un arma potencial”. No, estúpido paranoico. Era uno de sus prototipos de material quirúrgico. Eso es lo que era. Y acaba de demostrarse que funcionaba perfectamente. Claro… Ahí estaba la solución. Podría convencerles. Harold daría la vida por ellos. Al Capitán le estaba corroyendo la culpa. Pero Julia… Julia podía ser un problema. Tenía que explicarlo bien. Tenían que asimilar que era la única opción razonable.

—No tiene por qué morir nadie —dijo, captando la atención de todos—. Sedándonos podemos reducir un veinticinco por ciento el consumo de oxígeno. Eso no es suficiente. Pero en alguna parte del módulo debe estar la hoja que cortó la mano de Harold. Los miembros de nuestro cuerpo consumen un cincuenta por ciento del oxígeno. Sé que no suena bien, pero puedo hacerlo. Con eso consumiríamos sólo una cuarta parte del oxígeno que consumimos ahora. Con un poco de suerte, podemos salvarnos todos. Es la única opción.

Podía ver en sus caras, especialmente en la de Julia, el horror que acababan de provocar sus palabras. Amputar sus miembros para salvar la vida. Horrible, pero razonable.
Podía ver como asumían, poco a poco, que era la única salida racional y moralmente aceptable a la dramática situación en la que se encontraban. Les había planteado un dilema del tranvía con fácil solución. Un tranvía segador. O se amputaban los cuatro, o sólo sobreviviría uno de ellos.

—Venga, córtame a trocitos. Tampoco es para tanto. Me estoy empezando a acostumbrar —dijo Harold.
—Por mí, adelante —dijo el Capitán.

Julia se tapaba el rostro, pero no podía ocultar sus lágrimas, que empezaban a resbalar y flotar. Si ella no aceptaba, tendría que cambiar de plan. Y la cosa se pondría muy fea. No paraba de pensar en alternativas, pero no encontraba ninguna. La manera en que ella le miró cuando levantó la cabeza le heló la sangre. No parecía convencida, ni siquiera resignada. Parecía decidida.

—Está bien, adelante —dijo Julia.

#

—Presurización completa. Abrimos escotilla interna. Chicos… ¿Podéis ver esto? Hay sangre por todas partes…¡Dios mío, hay cuerpos desmembrados!…¡¿Eso es una cabeza?!…Esperad… ¡Hay una tripulante con vida! Repito, ¡tenemos una tripulante con vida!

La mano de Julia goteaba lentamente, y la primera hoja de carburo de tungsteno fabricada en el espacio yacía a sus pies.

#

—Tenemos los resultados de las autopsias. El de mantenimiento y el capitán fueron sometidos a amputaciones quirúrgicas. Murieron sedados. El médico… ya sabe.
—Encaja con lo que nos ha contado —dijo el inspector—. El médico les engañó. Iba a matarlos a todos. Ella se dio cuenta, y lo mató. Solo nos queda una cosa importante de su declaración en la que podría estar mintiendo. Y va a ser difícil de averiguar.
—¿Qué, inspector?
—Cuándo se dio cuenta.

Añadir comentario

Archivos

Boletín de noticias

Sígueme