Terminador

T

Era la segunda base lunar china, así que ya había cierta experiencia. Soporte vital, seguridad, mantenimiento del equipo, mantenimiento de su propio cuerpo, realización de experimentos científicos… protocolos. Cientos de ellos. Quizás era lo que más le costó del entrenamiento, pero tras los primeros días, estaba acostumbrado.

La primera base lunar se estableció en un cráter del polo sur. Era un lugar privilegiado, pues allí contaban con una reserva decente de agua de hielo de las zonas del cráter en oscuridad permanente, y una fuente prácticamente inagotable de energía solar de la zona más elevada del borde del mismo, irradiada por el sol casi las 708 horas del día.

En el ecuador de la cara oculta la cosa era diferente. La única ventaja del sitio, y la razón por la que se estableció allí la segunda base, era que las interferencias procedentes de la Tierra en esta zona eran mínimas, casi inexistentes. Chang Mo y sus compañeros habían instalado un radiotelescopio de última generación y, aunque había otros más avanzados en La Tierra, este obtendría las mejores imágenes gracias a su localización privilegiada. Pero el radiotelescopio sólo podía operar de noche. Así que el plan incluía catorce días de operación, un día de “echar la capota”, como decía Bao Sun, catorce días de descanso, “recoger la capota” otra vez, y vuelta a empezar.

Llegaron a la Luna de día, y gracias a que las misiones robóticas anteriores ya habían hecho gran parte del trabajo, tuvieron el telescopio listo para la primera noche lunar. Comprobaron que el radiotelescopio estaba preparado para pasar la noche, volvieron a la base y en unas horas estaban sentados delante de las pantallas para observar el primer terminador. La abrupta línea que separa la noche y el día lunar se acercaba lentamente. Esta primera experiencia se antojaba inolvidable, y realmente así fue, pero no precisamente por las vistas.

—Empieza la noche en unos minutos, amigos. Y dicen en la Tierra que la noche es larga. Pues verás la nuestra, y encima sin mojar. —Bao le guiñó un ojo a Li, que puso los ojos en blanco.
Cuide esos comentarios, doctor Sun —le recriminó control—. O nos va a dar mucho trabajo con la edición del documental. Queremos que sea para todos los públicos.
—Pues entonces mejor que apaguéis los micros a la hora de comer —dijo Li—. O mejor, traednos algo de comida de verdad. En la estación por lo menos el pollo era algo que se masticaba.
Lo tendremos en cuenta, señorita Tang —replicó control—. Ya sabe que en el primer descenso había restricciones de volumen y… “tsck”.

La comunicación se cortó con un chasquido. Hubo un resplandor de luz blanca que inundó el interior de la base por completo. Cerraron los ojos instintivamente. Cuando los volvieron a abrir, todo estaba negro. No había ni una luz encendida. Ni una sola. En total oscuridad, volvieron a recordar cómo sonaba el agudo zumbido imperceptible de las máquinas que les mantenían con vida, precisamente porque éstas entonaron en unísono un macabro glissando a tonos cada vez más graves hasta llegar al total y absoluto silencio. Silencio absoluto y completa oscuridad. Dentro de una lata, en la negra noche de la cara oculta de la Luna.

Chang no quería ser el primero en hablar. Dicen que cuando se apaga la luz, el primero que habla o hace algún ruido inconscientemente es el que más miedo tiene. Así que esperó. Como capitán de la misión se sentía responsable de mantener la calma. A pesar de que estaba viendo algo que le aterraba.

—Estoy viendo una luz chicos —dijo Bao.
—Yo también. Es… pulsante, de muchos colores —contestó Li.

Vale, entonces lo estaban viendo todos. Eso le tranquilizó en cierto modo. Pero esa luz no tenía sentido, porque si cerraba los ojos seguía viéndola. Si movía la cabeza seguía ahí delante. De alguna forma, estaba dentro de sus ojos.

—Chang, ¿estás bien? —preguntó Bao.
—Sí. Yo también veo una luz. Pero no es real. Si muevo la cabeza o cierro los ojos sigue en el mismo sitio. Y creo que está creciendo. ¿Os pasa lo mismo?— preguntó Chang.
—Sí —contestaron ambos tras una pausa.


Debía ser algún problema visual o cognitivo. De lo contrario no podría estar en la misma posición relativa para todos. En cualquier caso había que ponerse manos a la obra. No podían simplemente esperar sentados.

—Necesitamos restablecer los sistemas. No sabemos qué ha provocado el apagón, así que lo primero que haremos será ponernos los trajes. Vamos a entrar primero en contacto para evitar tropezarnos, e iremos en fila india hacia el módulo de entrada. Yo iré primero. —Chang intentó ser lo más asertivo y tranquilizador posible.

Se levantó y alargó la mano hacia su derecha buscando el contacto con Li. Ella estaba haciendo lo mismo y rozaron la punta de sus dedos. Sintió un cosquilleo que le llegó a la columna y le subió hasta la base del cráneo. Justo en ese momento, la luz que tenía frente a sus ojos pulsó y se expandió hasta ocupar gran parte de su campo visual, dejando un hueco negro en el centro. Trató de ignorarla. Ya llevaba un rato pulsando y creciendo y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Li puso su mano izquierda sobre el hombro de Chang y buscó a Bao con la derecha. Pronto estaban en fila y Chang empezó a caminar con cuidado, agitando las manos en el aire por delante para no tropezar con nada.


—Si nos pudiéramos ver ahora sería muy ridículo, ¡ja ja! —bromeó Bao.

No contestaron. Chang notó cierto nerviosismo en su voz. Prefirió ignorar el comentario.

—Ya estoy tocando la puerta del módulo. Mi luz ahora mismo es como el borde de una célula, centellea con muchos colores, y tiene un hueco en el centro —dijo Chang cambiando de tema.
—Creo que ya sé lo que es —dijo Li—. Llevo un rato pensándolo, perdonadme. Por el flash del principio pensaba en algún tipo de daño en la retina. Pero los síntomas que tenemos solo cuadran con algo que yo recuerde. Lo raro es que nos pase a los tres a la vez. Creo que puede ser una migraña visual. Si no me equivoco se irá en unos minutos y nos entrará un fuerte dolor de cabeza, pero nada más.

—Vale, ya nos preocuparemos de eso más adelante entonces. ¿Qué lo ha podido provocar? —preguntó Chang.
—No lo sé. Es un episodio nervioso sin importancia. Si no recuerdo mal, el estrés influye, pero no se conocen a ciencia cierta las causas —contestó Li.
—Bueno, algo estresados sí que estamos —volvió a bromear Bao—. ¡Je je!

Otra vez le contestaron con un breve silencio. Chang no quería darle más importancia a su evidente nerviosismo, así que de nuevo le ignoró y cambió de tema.

—Ya estoy cerca de un traje. Avanzad un poco más —dijo Chang—. Así. Cerrad los ojos, voy a encender la luz de una escafandra.

El foco de la escafandra apuntaba hacia abajo desde el traje colgado de la pared del módulo. Entre las pestañas de los ojos entrecerrados por el resplandor, y un poco distorsionadas por culpa de su problema visual, Chang pudo ver sus propias piernas y las de sus compañeros. Subió un poco el foco hacia la altura del torso para verles el rostro. Ahí estaba Li, que asintió ligeramente con la cabeza antes de girarse para mirar a Bao. Y ahí estaba Bao.

—¿Qué pasa, chicos? —dijo Bao.

Chang no podía creer lo que estaba viendo. Nunca había visto nada parecido. Intentó no mostrarle a Bao su preocupación, pero esta vez no pudo pensar en juegos psicológicos. Sólo le salieron las típicas y estúpidas palabras que nunca deben decirse a alguien en una situación crítica.

—No pasa nada —dijo Chang—. Tranquilo.
—Todo va a salir bien —mintió Li—. No te preocupes.

La pausa que siguió era como la que sobreviene cuando la policía viene a visitarte a casa para hablarte de un familiar. O la de ese momento en el que el médico te dice que te sientes antes de contarte los resultados de las pruebas.

—¿No ibas a encender la luz, Chang? —preguntó Bao, aunque sabía la respuesta.
—Ya lo he hecho, Bao. Ya lo he hecho.

[Este relato tiene una segunda y última parte, Terminador 2.]

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