Superconductores

S

Vicente no llevaba la cuenta ya de la cantidad de juicios que había ganado defendiendo a superconductores de Edison, pero hoy algo era diferente. En una rolliza versión de sobremesa del pensador, se tapaba la boca con una mano y miraba al infinito. Tenía un modo arrítmico de rasguñarse la barba que ponía de los nervios a cualquiera y ni siquiera le servía para quitarse los suyos propios.


—Letrado, es la tercera vez que le llamo la atención. ¿Se encuentra bien? —preguntaron desde alguna parte arriba a su derecha.
Había acudido a juicios enfermo, muy enfermo, somnoliento e incluso con resaca —siempre por causas de fuerza mayor—, pero nunca había estado tan despistado como aquel día.
—Disculpa Antonio… Eh… Ruego disculpe mi lapsus, Su Señoría.

Mientras salían de la sala, reparó en la sonrisita orgullosa de Javier, el abogado de la acusación. Cualquiera pensaría que le había ganado el juicio, cuando la realidad era que su clienta, Laura, había sido absuelta. A pesar de eso, su antiguo compañero de facultad creía que le había ganado una batalla y lo demostraba con una actitud altanera mientras recogía sus cosas. Vicente trató de no hacerle ver lo equivocado que estaba con ningún gesto. Cuando salieron todos al pasillo, agachó la cabeza al pasar a su lado, y se mantuvo así hasta que el otro se marchó y le perdieron de vista.


Tenía un par de cosas que decirle a Laura y no quería hacerlo allí, así que aprovechó cuando ella fue a darle las gracias para cortarla de inmediato con un teatral alzar de manos y un caer de párpados. Le ofreció salir a tomar unas cañas para celebrarlo y, para evitar una negativa, subrayó que era poco menos que una tradición ineludible en el mundillo judicial.


La Tasca de Juan era uno de esos bares de toda la vida. Solo que ahora en lugar de Juan García, lo regentaba Jian Pan. Tanto más daba, el de detrás del mostrador seguiría tirando cervezas a la voz de «¡Ponme una, Juan!». Les costaría un poco más escucharse entre ellos, pero el bullicio les escondería de los oídos de curiosos y entrometidos. Aunque raro sería que los parroquianos arrimaran la oreja hoy a una conversación ajena al fútbol: era día de derbi.


No tuvieron problema en encontrar una mesa vacía en una esquina, una que no tenía un buen ángulo para ver el televisor. Laura esperó sentada mientras Vicente se acercaba a la barra y traía un par de cervezas bien frías acompañadas de un platillo de aceitunas.


—Sé que soy muy pesada, pero gracias de corazón.
—Nada, nada, es mi trabajo, y además no tiene mucho mérito. Como ya te comenté al principio, poquísimos casos de este tipo acaban en condena y las multas os las cubre el seguro.
—Aún así, gracias otra vez.
—Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? No hoy ni mañana, me refiero a cuando te den el alta médica. ¿Piensas volver?
—Ni de coña. Ese trabajo es lo peor. No sé cómo será el de controlador aéreo, pero te digo que estar pendiente de tantas pantallas por si pasa algo que el coche autónomo no sea capaz de manejar y entonces ponerte al mando… sabiendo que si la cagas puede morir gente… pues la verdad es que quema. Quema mucho. Yo no lo aguanto más, y menos después de este accidente y toda la tensión del juicio.
—Me lo imaginaba, el juicio no habrá hecho más que empeorarlo todo. En fin, normalmente no se llega a juicio salvo que los familiares del fallecido insistan, cosa que no han hecho en este caso. Cuando no hay presión por ese lado, la acusación solo sigue adelante si hay indicios de que el superconductor podría haber hecho alguna locura, como cometer un delito valiéndose de su posición.


Vicente tomó un sorbo, mirándola a los ojos mientras encajaba la pulla que le acababa de lanzar. Laura abrió la boca para responder, pero acabó buscando refugio en la cerveza, primero con sus ojos, luego con su mano, y por último con sus labios. Para cuando volvió a dejar el vaso sobre la mesa, su semblante había cambiado por completo. No en vano había pasado de creer que estaban de celebración —aun con ciertas dudas de si Vicente tenía además otro tipo de intenciones—, a sospechar ahora que su abogado le preparaba una encerrona. El tiempo del sorbo de cerveza no fue suficiente para recomponerse. Se quedó largo rato con la boca abierta otra vez. No le salían las palabras. El silencio de su abogado, que no dejaba de mirarle fijamente a los ojos, confirmaba sus sospechas.


Vicente no fue tan cruel como para prolongar demasiado la tensión. Bajó la vista, apoyó los brazos en la mesa, rodeó su vaso con ambas manos y alzó la mirada de nuevo para buscar la suya:


—Mira, Laura, vamos a ser sinceros el uno con el otro, porque creo que hemos empezado con mal pie los dos. Y yo me incluyo, eh. —El rostro de Laura se relajó un poco, pero el miedo no había desaparecido de sus ojos, parecía un animalillo acorralado—. Voy a empezar yo con las confesiones, para que veas que voy en serio.


»No me metí a picapleitos de Edison por gusto. No pagan tan bien como la gente cree, porque al fin y al cabo estos pleitos son de picar, se ganan sin mucho esfuerzo. Se solucionan casi siempre con un acuerdo que los comerciales de la empresa se encargan de venderle a los afectados.


»Como ya te he dicho, solo si la acusación particular es poco colaboradora se acaba en juicio, y de los veintitantos que llevo no he perdido ni uno solo. Sólo conozco un caso en el que hubo pena de cárcel, aunque al final el muchacho no la cumplió porque era poco tiempo y no tenía antecedentes, lo típico. Y sé de buena tinta que la condena fue a mala leche, el juez le quería dejar claro al muchacho que no le quería volver a ver rondar a su hija. No me mires así, ¿qué te creías, que los jueces son robots?


»Al final las sentencias que se suelen imponer resultan en una indemnización parecida a la que ofrecen los comerciales, así que con el engorro que conlleva un juicio, ya me dirás quién se mete en ese jaleo.


»La mayoría de los que lo llevan adelante es gente que quiere demostrar algo ante su familia o su comunidad, como los que lloran a gritos en los entierros. Algo así como: “Miradme, me preocupo por la muerte de mi hija”. Muy bonito cara a la galería, pero de poco sirve por mucho que insistan. No se evita que siga muriendo gente, que es lo que debería pretenderse con un juicio así, sino que se busca reafirmar el honor del padre de la niña atropellada, que ya me dirás tú qué sentido eso. Yo diría que también quieren ponerle cara al culpable de la muerte de su hija… eh… de su familiar.


»Así que, a lo que vamos. —Sacudió la cabeza y golpeó la mesa con el culo del vaso sin mucho ímpetu—. En los casos en los que quieren verle la cara al culpable, ya me encargo yo de que se enteren de que su asesino no tiene rostro, pero que sí cotiza en bolsa y tiene un ticker en Nasdaq. Al fin y al cabo soy abogado defensor de los superconductores y tengo que echarle el muerto encima a otro, aunque sea a la propia empresa. Total, para ellos es sólo cuestión de números y con la legislación actual las cuentas le salen. ¿Conflicto de intereses? ¡Ja! Pregúntale al noviete de la hija de aquel juez.


»A los familiares lo único que les queda aparte del dinero es conseguir que los culpables que tienen dos ojos y dos orejas acaben entre rejas y, para eso estáis los superconductores. La empresa siempre se lava las manos. Vosotros asumís la responsabilidad legal en caso de accidente, y salvo que hagáis las cosas muy mal no pasa nada, para eso estamos los picapleitos como yo, para defender a los controladores aéreos low cost y que sigáis trabajando por vuestros sueldos de mierda. Es normal que cobréis menos porque son muchas menos vidas en juego, ¿no dicen eso? Pero nadie dice nada de la carga de trabajo inhumana que soportáis, ni de las tasas de suicidio en vuestra profesión, por ejemplo. Pero bueno, que te voy a contar yo de eso.


—En los dos años que llevo, y sólo en mi planta, siete —dijo Laura—. Que se fueron a por tabaco, decimos nosotros.
—Es que es una canallada. Todo el sistema de los superconductores. Saben de sobra que una persona no puede atender los imprevistos de la conducción de veinte coches, pero les importa una soberana mierda mientras les cuadren las cuentas.


La mitad del bar saltó enfurecida moviendo sillas y mesas, gritando, maldiciendo y acordándose de la familia y los difuntos de alguien. Cualquiera diría que una injusticia enorme acababa de suceder. No era para menos, había sido un penalti clarísimo, pero al parecer el árbitro no opinaba lo mismo.


—Veinticinco —dijo Laura.
—¿Qué? —Vicente no le pudo oír con el jaleo.
—Veinticinco —repitió—. Con el nuevo sistema dinámico, los subieron a veinticinco en los picos de atención. Nos evalúan constantemente para saber la carga que podemos soportar.
—Pues veinte es el máximo legal según la 2029/8.
—De momento están solo en pruebas, con conducción simulada de los cinco extras. O eso nos dicen.
—Muy interesante, y no lo sabía. Ves, esa es la razón por la que me metí en esta mierda —dijo entre sorbos—. Los voy a reventar. —Se llevó las manos a la frente y deslizó los dedos entre el pelo, empujando el cuello cabelludo hacia atrás, despacio, haciendo que su piel se estirara y los ojos se le abieran. Estaba preparándose para lo que iba a decir a continuación—: Necesito tu ayuda, Laura, ¿o para esto te llamo Andrés?


Laura miró a todos lados, con los ojos como platos, por si alguien había escuchado cómo la acababan de llamar. Si hacía un rato parecía un animalillo asustado, ahora su rostro era el de un gato que brinca y corre despavorido, como alma que lleva el diablo. Solo su rostro, porque el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, anclado en su silla como instantes después del accidente por el que acababa de salir absuelta. Tenía los nervios a flor de piel, buscaba señales de alguien que se hubiera percatado de lo ocurrido. Para su suerte, como entonces, la gente a su alrededor iba a lo suyo; a nadie parecía importarle lo que para ella era una situación de peligro mortal. La vida seguía.


—¿De verdad pensabas que te ibas a escabullir con la ley de transolvido? Deberías haberte informado mejor, porque los abogados defensores tenemos acceso a la información de todas las identidades pasadas de nuestros clientes. Pero es que la acusación también. Es un embrollo y normalmente no se pide, pero si hay indicios de que pueda influir en el caso, nos dan acceso. Entiendo que no cambiarías de identidad por eso, pero bueno, no quiero meterme donde no me llaman. Si me ayudas no volveré a usar ese nombre. La cuestión es que si pensabas que te iba a servir de algo tu situación, estabas equivocada. ¿Sabes lo que te ha librado de verdad? Dos cosas.


»Que Javier, el abogado de la acusación, me tiene una tirria impresionante. Intuye, o más bien diría que sabe a ciencia cierta, porque aunque sea un envidioso y un cobarde no es tonto, que voy a por Edison. Y creía que yo quería hacer saltar la liebre con tu caso, así que no me iba a hacer el favor de destaparte. Por eso el tipo estaba tan contento de que te absolvieran, cuando su trabajo era conseguir una condena. Con tal de joderme los planes, le importaba una mierda hacer que pareciera un caso típico de accidente en el que él intenta probar una conducta negligente del superconductor y yo se lo tumbo, como siempre, y pasamos la bola de la indemnización a la empresa. Lo que él no sabía es que a mí no me interesaba que el tuyo fuera mi último caso.


»Porque, y esta es la segunda razón de que no estés en la cárcel, haré saltar la liebre cuando tenga un caso que la opinión pública, y yo mismo, considere inadmisible y repugnante. Y el tuyo no lo es. El violador de tu hermana no debería haber estado en la calle, montado en un taxi autónomo como cualquier hijo de vecino. ¡A cualquiera le podría haber tocado compartir viaje con él! Estoy seguro de que mucha gente pensaría que se merecía morir en un accidente, o incluso algo peor. No, un caso así no es el que me ayudaría a acabar con esta locura de los superconductores.


»Por eso te he ayudado a tomarte la justicia por tu mano y ahora me vas a ayudar tú a mí a hacer justicia de verdad con Edison. Ya me he sincerado contigo. Mis cartas están sobre la mesa. Ahora te toca a ti. Así que cuéntame.


»¿Cómo demonios conseguiste saber que el violador se había montado en ese coche?

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