La Gran Trufa Sabrosa

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Pim siempre había sido un cerdo muy prudente. Un poco introvertido quizás, y siempre muy respetuoso con los demás. Puede que fuera así precisamente porque su hermano Pam era un auténtico dolor de pezuñas. Dicen que no puedes recordar nada de lo que has vivido antes de dejar la Teta de Mamá, pero Pim estaba seguro de recordar cómo le frustraba que Pam le mordiera el rabo y le quitara siempre su Pezón favorito. Así que no pudo evitar negar con la cabeza y resoplar por el hocico cuando le vio abriéndose paso a empujones entre la multitud. Le avergonzaba.

—¡Quita, quita! ¡Yo primero, yo primero! —gritó Pam, empujando a sus primos.

Todos estaban contentos y bastante nerviosos. Acababa de llegar el camión. Un recolector bajó de la parte de delante y se puso a blablar con el nuestro. Los recolectores siempre le daban mala espina cuando blablaban entre ellos, siempre haciendo gestos con las patas de arriba. Si cayeran más bellotas ni siquiera iría a comer su sabrosa comida al rancho. No le gustaba como olían los recolectores. Olían a mentiras.

Pim se acercó prudentemente al cercado, y pudo oler que había gente en el camión. Gente rara. Ya había olido eso otra vez cuando vino el camión que se llevó al gordo de Pum. Se acercó un poco más, a ver si escuchaba algo.

No logró enterarse de mucho de lo que decían los raros, tenían un acento muy feo, pero creyó escuchar lamentos: “Pero ci eztoy muy flaco”, “Ceguro que ya no hay máz pienzo” o “Lo zabía, lo zabía. Zabía que me tocaba a mí”. Era raro. Tampoco era como para ponerse a dar empujones como Pam, pero sólo de pensar en la Gran Trufa Sabrosa, a cualquiera se le quitaban las penas. Ves. Ya estaba salivando.

—Estos raros son unos tristes —dijo Pim.
—Dicen que solo comen rancho —dijo Gum.
—¿No comen bellotas? —preguntó Pim.
—A mí me contó Mamá que están siempre encerrados y solo comen lo que le da su recolector —contestó Gam.

Eso explicaría el olor tan desagradable. Aunque lo de los lamentos seguía extrañándole. Se guardaría unas bellotas en la boca a ver si les sacaba algo luego. Si podía evitar tragarlas, con tanta saliva que tenía. Era imposible dejar de pensar en ella.

—Pues se van a volver locos cuando coman de la Gran Trufa Sabrosa —dijo Pim.
—Mmm —se relamió Gum.
—¡Qué hambre! —gritó Gam.

El nerviosismo ansioso de antes de comer se extendió entre la piara. Todos pensaban ya en la Gran Trufa Sabrosa. Cómo olería. Como sería tocarla con el hocico. La textura. El sabor. Cómo sentaría al pasar por el gaznate. Una y otra y otra vez sin parar, porque nunca se acabaría. Mmm, qué hambre.

Cuando nuestro recolector abrió el cercado, subimos al camión uno a uno porque no había más remedio. Si hubiera más espacio habríamos arrasado en tropel, como cuando nos quedamos sin agua y nos tardó en llenar el vaso. Los recolectores jajaban muy fuerte, mirándonos y dándose con las patas de arriba en la espalda el uno al otro. Me entraron ganas de arrancarles las pezuñas de un bocado para que pararan de una vez.

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El traqueteo del camión era relajante, pero el olor y los lamentos de los raros estaban haciendo que el ambiente se pusiera un poco cargado. Estaba deseando llegar de una vez, pero no sabía si tendría otra oportunidad de hablar con ellos.

—¿Que no lo sabes? O sea que además de feo y apestoso, eres tonto. ¡Joi Joi! —Pam se estaba riendo de un raro del otro lado del camión.
—Cállate, idiota —le recriminó Pim—. No le haga caso a mi hermano, amigo. A Pam le tocó el Pezón agrio cuando era pequeño.
—¡Eso es mentira! ¡Lo que pasa es que me tienes envidia porque Mamá me quería más que a ti! —replicó Pam.

Pim se acercó como loco hasta el raro, prácticamente subiéndose encima de Pam. Estaba muy cabreado y Pam se iba a enterar. Le agarró la oreja con la boca, y sin soltarla, le susurró: “Ahora te vas a quitar de en medio, te vas a callar la boca y me vas a dejar hablar con el raro. O te quedas sin oreja. Tú decides.”

Pam obedeció, por la cuenta que le traía. Ya le faltaba un trozo de la otra oreja de aquella vez que orinó encima de las bellotas que Pim había apartado cuidadosamente para comerse más tarde. Fue gracioso, pero no creo que le mereciera la pena.

Cuando estuvo frente a frente con el raro, Pim escupió unas cuantas bellotas al otro lado de la reja.

—Son las más tiernas que he encontrado —dijo Pim.
—¿Qué ez ezo? —dijo el raro olisqueando las bellotas llenas de saliva.
—Bellotas. Caen de los árboles y se comen. Pruébalas, están riquísimas.

El raro tardó un rato en convencerse, pero después de olisquear tres o cuatro veces desde varios lados, se metió una en la boca.

—Mmm. Está riquícimo. ¿Y ezto lo coméiz todoz loz díaz?
—Desde que empezó el frío no hemos parado. Pero lo mejor no son las bellotas. Lo mejor son las trufas.
—¿Y ezo qué ez? ¿Ez lo que decía tu hermano que íbamoz a comer cuando llegáramoz?
—Bueno, la que él te contaba es especial. Las trufas están debajo de la tierra, y huelen… Buf cómo huelen. Pero la Gran Trufa Sabrosa es tan grande que puedes subirte encima, es como una montaña. Y está tan rica que una vez que la pruebes no querrás…
—Zí, zí, ya he ezcuchado a tu hermano —le cortó el raro —. ¿En zerio te creez eza tontería tú también?
—¿Y por qué no lo iba a creer? ¿Por qué nos iban a engañar nuestras Mamás?
—No cé, ¿para que no montéiz un numerito cuando vengan a recolectarnoz?
—No te entiendo. ¿A qué te refieres con que vengan a recolectarnos?
—Los recolectorez no recolectan para nozotroz zolo. También recolectan para elloz. Noz recolectan a nozotroz.

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Su hermano Pam le estaba mordiendo el rabo otra vez. Esta vez se iba a enterar, le iba a arrancar una oreja entera. Se dio la vuelta con un cabreo de hocicos, y casi se muere del susto. No era Pam. Era su recolector el que le mordía el rabo.

Se despertó. Era de noche, y Pam estaba durmiendo como un tronco a su lado. Casi podía oler como soñaba con la Gran Trufa Sabrosa. Los muros del corral no le dejaban ver muy lejos, y el sitio no olía para nada sabroso. Ni rastro de trufa.

—Groin, groin — era la voz del raro, desde el corral de al lado.

Pim no lo podía ver, pero se acercó al muro por si olía mejor.

—¿Una pezadilla? Aquí no podemoz dormir —dijo el raro.
—No me extraña. Oye, no quise ser grosero en el camión, pero es que lo que me contaste… No quería saber más del tema.
—No te preocupez. Le he eztado dando vueltaz, y a lo mejor tienez razón. Tú haz olido máz cozaz que yo. Yo no zabía ni lo que era una bellota.
—Pues yo ya no lo tengo tan claro. No te lo tomes a mal, pero ojalá no te hubiera conocido.
—Lo ciento.

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Con el sol de la mañana, escuchó los primeros blableos de los recolectores. Se acercaban a los corrales. Pam estaba tan nervioso que le había dado ya muchocientas vueltas al corral.

—¡Ya vienen, ya vienen! —gritó contento—. ¡Nos llevan a la Gran Trufa Sabrosa!

El entusiasmo se contagió rápidamente, y pronto estaban todos agolpados junto a la puerta del corral. Todo pasó muy rápido. Era un sitio muy raro, y el olor era diferente a cualquiera que conociera. Entremezclado con el extraño olor del lugar, había olores de recolectores, de los suyos, de otros raros como los del camión, y de otros raros que nunca había olido. Era una mezcla desconcertante. Cuando quiso darse cuenta, estaba con Pam, Gum y Gam en una especie de hoyo. Le entró mucho sueño.

—¿La hueles, Pim? —dijo Pam—. Es… lo mejor… que he… olido… jamás.

Pam se recostó sobre Pim, y Pim pensó que en el fondo no era un mal hermano.

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La pantalla mostraba cuatro imágenes de corte longitudinal de cuatro cerebros, con multitud de conexiones entre zonas más o menos iluminadas. Cualquiera diría que eran humanos, pero los ojos expertos que los miraban sabían que eran de cerdos. Eran dos científicos observando el resultado del primer intento de reanimar el tejido cerebral muerto más parecido al humano que la ley les permitía usar.

—Pues yo creo que esto va para revista, y de las buenas —dijo Rick.
—Bueno, no nos emocionemos. Algo de actividad hay, pero tampoco es para tanto —contestó Hanna—. Habrá que ver los datos en detalle.
—A ver, hay dos más o menos normales, que pueden ser vestigios de potenciales de acción. Otro que está un poco más activo a nivel general. Pero es que el cuarto es increíble la actividad que tiene. Y si no me equivoco, las zonas del olfato y el gusto están activas al máximo posible. Como si estuviera comiendo. Estoy por iniciar el protocolo de sedación y desconexión.
—No sé Rick…

Hanna se vio interrumpida por el portazo que dio la limpiadora al entrar en el laboratorio.

—Huy, perdón. Pensaba que no había nadie. Ya vuelvo luego. ¡Huy! ¿A qué huele aquí? Huele como… Como cuando fuimos al restaurante donde me pidió matrimonio mi marido. Las cositas esas así que están tan ricas. Trufas. Eso es. Huele a trufa, ¿no?

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