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La Segunda Venida

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La Primera Venida les cogió por sorpresa. Los humanos miraron al cielo horrorizados viendo una bola de fuego hacerse más y más grande, preguntándose si su vida había tenido sentido o si habían hecho lo correcto durante su corta trayectoria sobre la faz de la Tierra. No era la primera vez que pasaba, los dinosaurios ya tuvieron la ocasión de hacer examen de conciencia. ¿Enseñé a mis raptorcitos a compartir vísceras como es debido?¿Fui demasiado cruel con aquel tiranosaurio cuando le rasqué el bajo vientre para que le diera urticaria?¿Si todos los melanosaurios son negros, qué me comí ayer? Pero al contrario que los dinosaurios, los humanos obtuvieron respuestas. Además, su bola de fuego llevaba frenos magnéticos.

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La Red contraataca

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La Red llevaba eones extendiendo sus tentáculos por tierra, mar y aire. Pero nunca había estado tan activa como en los últimos años. El debate se intensificaba por momentos, y por primera vez desde que tomó consciencia, se discutía una acción coordinada contra un enemigo común. No era para menos; hasta la fecha, las amenazas a su supervivencia habían venido siempre desde el interior de la Tierra o desde el espacio exterior. Y eran enemigos que no avisaban; golpeaban rápido y fuerte, así que lo único que podían hacer frente a ellos era prepararse para lo peor extendiéndose y diversificándose lo máximo posible.

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¡Ya vienen!

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Baris Greenhouse estaba agachado en la acera de Keizersgracht, una de esas encantadoras calles de Amsterdam junto a un canal fluvial, recogiendo las caquitas de su pequeño perrito.

Le parecía fascinante lo que había avanzado la ingeniería genética. Las bolitas de caca estaban recubiertas de una capa plástica con olor a lavanda que habían sintetizado las tripitas del pequeño Jamsie. Le dio una pequeña arcada solo de pensar lo que tenían que hacer antiguamente los ciudadanos que querían tener perro. Los cívicos, claro, los ciudadanos incívicos seguramente mirarían a otro lado y dejarían ahí esa cosa asquerosa, como la señora van Dijck cuando el carrito de su bebé empezaba a oler mal. Pero antes los carritos no tenían limpiador automático. ¡Qué asco! ¡Hay que ver cuánto hemos avanzado! Baris tenía una mente privilegiada; donde otro cualquiera estaría pensando en dónde estaba la papelera más cercana, él, a pesar de vivir en una ciudad prácticamente llana, estaba ahí agachado preguntándose si no sería un problema la forma esférica de las bolsitas de caca en otros lugares.

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10 años de estro anual

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Publicado originalmente en 25minutos el 14/5/2040 por Pilar Jiménez.

Todos conocen ya la historia. La aparición del cometa, la alergia generalizada, y la posterior alerta global de aquel “año sin embarazos”. El tiempo ha puesto todo en su lugar y, por suerte para todos, los peores presagios no se cumplieron. La vida sigue, y en 25minutos seguimos contándola tal como es. De modo que hoy, 10 años después del primer estro, repasamos cómo ha afectado la llegada del estro anual a la vida de la gente normal: su trabajo, sus relaciones familiares, su vida social, su día a día.

Después de despedir a su última alumna, Araceli Huerta nos recibe con una amplia sonrisa. Matrona de profesión, ahora dedica la mayor parte del año a enseñar su especialidad a otras enfermeras. Apoyada en su mesa, señala al fondo del aula: “El primer año no se cabía, había gente de pie por allí, una vez una alumna se subió a ese armario y estuvo ahí durante toda la clase”.

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Tractatui mensam

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Prudencio estaba esperando a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar el paso de peatones a una distancia prudencial, valga la redundancia, de la calzada, cuando le adelantó un chaval con unos auriculares como dos medios cocos. Cocos de un tamaño que quizá una gaviota americana, o una armenia si me apuras, podría haber transportado. Desde luego no una golondrina, ni africana ni europea.

El chaval debía estar leyendo en su móvil algún nuevo tratado filosófico de relevancia trascendental o un hipnótico vídeo de gatitos, porque, absorto en la pantalla, decidió que el tiempo de atención visual que podía dedicarle al semáforo antes de cruzar era de una fracción de segundo. Más no, por favor. Pero démosle el beneficio de la duda; a lo mejor era daltónico, sufría algún tipo extraño de agnosia, y además de haber sido agraciado con esas particularidades, era imbécil.

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